Por Gisela Emma Saccavino
“Es un antishowman”, dijo de él Hugo Varela, su actual compañero de escena. Y la definición es más que gráfica, pues Cacho Garay, ese menduco de andar cansino que conquistó a la nutrida audiencia de Videomatch en el 2000, parece haber hecho de la parsimonia su filosofía de vida, arriba y debajo del escenario parece mantener una calma envidiable.
Ese ritmo aletargado, combinado con el delirante humor musical del cordobés Hugo Varela, dio origen a Dos de oro (mejor que un cuatro de copas), el espectáculo con el que los artistas llenan todas las noches el teatro América de Mar del Plata.Desde esa ciudad, súper distendido –¿podría ser de otro modo?–, el maipucino contó detalles del show y reflexionó sobre la labor del humorista y su personalísimo estilo.
–¿Cómo conociste a Hugo?–Mirá (pausa), Hugo es un ídolo para mí desde hace muchísimo tiempo, hace más de 30 años que está instalado en la gente, y lo conocí por la televisión. También tuve la oportunidad de verlo en alguna ocasión en el teatro y lo tengo como uno de mis ídolos, como a Luis Landriscina, otro amigo y compadre con el que compartí escenario, así como con Facundo Cabral (extensa pausa)… La cosa es que un día, por agosto, un señor que está aprendiendo algo de teatro, que se llama Carlos Rottemberg (risas), se comunica con mi productor para proponerle la idea de hacer algo con Hugo, y ya le había hecho la propuesta a él. Yo le dije: “Lo voy a pensar, mientras digo ya que sí”.
–¿Y cuándo empezaron a dar forma al espectáculo?–Vino Hugo a verme a Buenos Aires. Subió al escenario, saludó, habló tres minutos e hizo reír a la gente 15 (risas). Ahí nos fuimos a cenar, charlamos y decidimos hacer algo juntos y de qué modo íbamos a fusionarnos. Me contó que quedó sorprendido al verme en el teatro porque pensó que yo era un tipo que contaba chistes nomás, no sabía bien cómo era mi estilo, y hay mucha gente que aún no lo conoce, que cree que cuento chistes como en un asado, pero quienes me han visto saben que es una propuesta más amplia.
–Hugo definió tu estilo como un “antishow” y, en cambio, calificó el suyo de “humor musical”, ¿cómo es el engranaje de dos estilos en apariencia dispares?–En realidad ustedes que me conocen saben que acá no hay personaje, que yo arriba y debajo del escenario soy igual. Un viejo chacarero que me conoce dice que soy como la acelga, que el anteaño pasado y el año pasado no valía nada y este año… tampoco (risas). Pero bueno, dice el hombre: “No tendrá precio, pero a mí me gusta”. Además juego con el ridículo, y la gente suele temerle a eso. Por ejemplo, nadie dice en el café: “Che, vos sabés que vino un tipo, me hizo un chamullo, me lo creí y me sacó 200 pesos”. O un tipo que viene con el ojo morado no cuenta: “Mi señora me tiró con un cucharón”. Dicen: “Me pegué con la puerta”. Yo traslado al humor ese tipo de vivencias de las que la gente se niega a hablar. Las cuento en primera persona y se ríen mucho. Y algunos por ahí me miran desde la platea con un guiño de aprobación.
–Contame cómo es Dos de oro…–(Hace otra de sus largas pausas). Aparecemos en el escenario los dos juntos. Conversamos como si estuviéramos solos. Después uno se va con la promesa de regresar con una propuesta de hacer un tema en conjunto. Pero resulta que él se demora, yo lo tengo que ir a buscar, luego reaparece él y yo no estoy, y así estamos todo el tiempo desencontrados hasta que por fin coincidimos nuevamente y conseguimos hacer el tema juntos. Y bueno ahí…
–Esperá, ¡no contemos el final!–Viste como era antes en el cine, que se usaba darle propina al alumbrador. Un día uno no le dio y se quedó con la mano extendida. “Tomatelas”, le dice el tipo. El alumbrador apagó la linterna y antes de irse le dijo al oído: “El asesino es el médico” (risas).
–¿Y van a inventar algún rumor para copar las tapas de las revistas, tipo “guerras veraniegas” de vedettes?–No, no. Porque esas no son noticias, son pedidos de auxilio. Nosotros, gracias a Dios bendito y a la gente, tenemos todos los días la sala llena. La gente viene a divertirse sin importarle nada de nuestras vidas privadas. Pagan una entrada para entretenerse con Varela y con Garay, y no para apenarse por nuestras vidas íntimas.
–¿Cuántos años hace que hacés temporada de verano?–Empecé en el 2003 en Carlos Paz. Fue una temporada maravillosa. Ese verano nació el Chanchi (su hijo) y ese fue un premio de oro. Desde ese año he trabajado ininterrumpidamente en esa ciudad y en Mar del Plata.
–¿El verano es el momento más fuerte para un humorista en términos de rentabilidad?–Es una época importante. Pero por suerte yo estoy de gira todo el año por la Argentina y algunos países limítrofes. Es cierto que para algunos humoristas el verano es la época de cosecha; pero para mí es la temporada de siembra, porque después salgo de cosecha todo el año. Viajo por cada ciudad, por cada pueblo a modo de agradecimiento a esa gente que me conoció allá por el 2000 a través de la pantalla de Videomatch. Esto también ha tenido su costo, como alejarme de amigos o un divorcio. Son cosas que vienen aparejadas y que cuesta superar, pero para mí responderle a la gente es lo más importante.
–¿Y qué lugar en tu vida tiene hoy la televisión?–Propuestas siempre tengo, pero me gusta ser como la avispa: picar y volar. Quedarse en la televisión le rinde a Jorge Rial, a Tinelli, a Mirtha, a Susana, a los grandes conductores, los que tienen un espacio liderado por ellos. Pero para el resto de los que quieren aprovechar la lucecita encendida es una picadora de carne. Y con tal de que no se apague a veces caen en esa desesperación de empezar a hacer o decir cosas que no se condice con aquello para lo que la gente los eligió.
–Por lo que percibo, una de las claves de tu vida consiste en tomarte la vida con calma… ¡eso es muy menduco!–Y sí, yo estoy convencido de que la vida no es una carrera donde gana el que la termina primero. No tengo ningún apuro de ver la bandera a cuadros. Los que tienen que andar apurados en la vida son Schumacher, Yacopini, el Orly Terranova, porque de eso depende lo que están haciendo. Ahora, por ejemplo, nos estamos yendo con mi novia a un parador a comer un asado y tomar vinos mendocinos.
–Bueno, Cacho, ojalá que esta fórmula que tanto éxito les reporta continúe y puedan alguna vez traer ese espectáculo a Mendoza…–¡Ojalá! Mirá, yo creo que en la vida tenemos un gran juez, que es Dios, y los que componen el jurado, que es el público. Si ese gran jurado determina que sigamos, llevaremos este espectáculo a la calle Corrientes. Y es una prioridad hacer algo muy “gordito” en Mendoza.




