Espectaculos Sábado, 4 de agosto de 2018

La tregua, una serie para contener el aliento

Un joven es asesinado en un pequeño pueblo y un investigador conflictuado irá tras el asesino. El argumento es trivial, pero esta serie no lo es.

La serie belga La Tréve (La tregua) demuestra que los tópicos de moda pueden seguir la corriente de falta de originalidad o combinarlos de una manera sugerente. El segundo caso es el de La tregua.

Abundan las series donde un homicidio sacude un pequeño pueblo y de la investigación se hace cargo un/a policía que tiene que sobrellevar las presiones del trabajo junto a las familiares.

En La tregua tenemos el tranquilo pueblo de Heiderfeld, al que llega el inspector Yoann Peeters junto con su hija adolescente Camille. El oficial vivió parte de su adolescencia en ese lugar y cree que el mejor espacio para que ambos superen la muerte de la esposa y madre.

Pero la tranquilidad durará poco al parecer en el río el cadáver de Driss Assani, un joven africano que es la nueva promesa del club de fútbol local. Todos creen que se trató de un suicidio. Excepto Peeters.

Pero evidentemente algo salió mal en esta investigación, porque en el inicio lo vemos dialogando con una terapeuta, evidentemente internado en un hospital psiquiátrico y lo que el oficial cuenta irá llevando a esta doctora y a los espectadores, por la secreta trama que hay detrás de ese homicidio.

En un momento de la serie (compuesta de 10 capítulos, con poco menos de una hora de duración) Peeters afirma "que no se puede confiar en nadie" y los hechos terminan dándole la razón. Las sospechas van de uno a otro personaje de este pueblo, donde todos tienen secretos y, en algunos casos tan graves, que seguramente tendrían motivos para asesinar a Driss.

Las líneas narrativas van hilvanándose y cada una aporta al inesperado final: por un lado está el relato de Peeters a la terapeuta, en segundo lugar la investigación en si misma y por otro, la vida de Driss, que se reconstruye con flashbacks y a partir de comunicaciones con su familia.

A medida que la investigación avanza, los verdaderos rostros de los pobladores se van conociendo, con subtramas que van desde el aborto, el nazismo y la xenofobia hasta el sadomasoquismo, sin dejar de lado la propia situación de la víctima, que deja su hogar con el sueño de convertirse en un astro del fútbol y termina jugando en un club de insignificante trayectoria.

Desde lo estético, varios episodios comienzan con sueños que los personajes tienen, que involucran siempre a la víctima y contribuyen a ahondar en esa atmósfera onírica y misteriosa que marca el pulso de la narración.

Con giros sorprendentes -sobre todo el del capítulo octavo, cuando ya son muchas las pistas descartadas- el policial y el thriller se mezclan en un relato que, si bien es solvente, por momentos cae en el exceso del recurso de ubicar a todos como sospechosos.

De todas maneras, el guión se sostiene y las actuaciones de protagonistas y secundarios son inobjetables. Son personas reales, lucen como tales y consiguen que el espectador vea sus grandezas y miserias de la misma forma.

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