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La película maldita de Don Quijote

El director Terry Gilliam demoró casi tres décadas en poder estrenar su cinta. Inundaciones, enfermedades, problemas legales y aviones entrometidos fueron algunos de los múltiples obstáculos que el realizador tuvo que sortear. Está disponible en Netfflix

Transcurría 1989 cuando el director norteamericano Terry Gilliam ­-uno de los integrantes del legendario grupo Monty Phython y realizador de los filmes Brazil, Pescador de ilusiones y 12 monos, entre otros- tuvo la idea de adaptar uno de los clásicos de la literatura universal: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra, en una versión libre, con todos los riesgos que tamaña empresa implicaría. Pero ni en sus más terribles pesadillas podría haber llegado a vislumbrar que este proyecto sería su propia lucha quijotesca, ya que recién pudo estrenarlo en el festival de Cannes de 2018. Ahora está disponible en Netflix bajo el título de El hombre que mató a Don Quijote.

La historia sigue a Toby, un director al que todos llaman “genio” (el alter ego de Terry Gilliam) que está filmando en España y accidentalmente encuentra un DVD con la película con la que se graduó, una adaptación de Don Quijote. El recuerdo lo lleva de regreso al pueblo donde la filmó y al reencuentro con Javier, el zapatero que interpretó al ingenioso hidalgo, que a partir de la cinta asumió para siempre la identidad de su personaje.

El primer intento de Gilliam de concretar esta cinta fue en el año 2000, con un presupuesto de 32 millones de dólares y los actores Jean Rochefort y Johnny Depp en los roles protagónicos. Los problemas no tardaron en llegar: la frágil salud de Rochefort, locaciones que se inundaban permanentemente y aviones de la Fuerza Aérea española que aparecían de improviso, ya que estaban cerca de una base de entrenamiento. Las compañías aseguradoras no quisieron enfrentar los costos y la película se suspendió indefinidamente. Este fracaso quedó reflejado en el documental de Keith Fulton y Louis Pepe titulado Lost in La Mancha (2002), que fue recibido con beneplácito por la crítica.

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El segundo intento llegó en 2010 con cambios en los papeles principales, a cargo de Ewan McGregor como Toby y Robert Duvall como Javier. La nueva dupla no alcanzó a rodar ni una sola escena porque McGregor se bajó del proyecto por problemas financieros.

El tercer intento es el que ahora podemos ver en Netflix, con Jonathan Pryce como Don Quijote y Adam Driver como Toby, quienes comenzaron a rodar en 2017. Antes de su estreno, la “maldición quijotesca” depararía una última complicación para Terry Gilliam: le dio un infarto, pero pudo reponerse a tiempo para llegar a Cannes.

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Explico estos pormenores porque podrán leer, al inicio de la película, un breve texto: “Y ahora…después de más de 25 años de hacer y deshacer” seguido del nombre de Terry Gilliam, es decir que el mismo director comienza con un reconocimiento a todos los años que le llevó concretar su complicado sueño.

La narración se inicia de manera intensa y atrapante, con Toby dirigiendo, rodeado de un grupo variopinto, habitual en cualquier rodaje: asistentes, extras, técnicos, productores y tras los créditos, director y equipo se van a cenar, donde continúa el debate sobre el trabajo. Uno aporta hacer una escena “como en el libro”, mientras otro responde: “¿Hay un libro? ¿Tenemos los derechos?”. Nos preparamos para que el humor y el contraste entre este grupo de norteamericanos que ignoran mucho –o todo- de Don Quijote y los españoles siga su curso. Pero nada de esto se cumple.

Jonathan Pryce compone un Quijote intenso, agradable, gracioso y su contraparte, Adam Driver, director de cine y Sancho Panza en la visión del viejo zapatero, es convincente y eficaz. El problema es que el guion (coescrito por Gilliam y Tony Grisoni) no sabe cómo manejar y mantener cierta coherencia e interés. Cierto es que el director tiene afición a mezclar realidad y fantasía (como en 12 monos), de la mano de una enfermedad mental, pero lo que comienza con los delirios de Don Quijote, de ver gigantes donde hay molinos, se va adueñando de Toby. Para ello hay saltos entre sueño y vigilia, paralelismos entre lo que sucedía en 1605 y la actualidad (la inquisición y el actual maltrato a los inmigrantes) que fuerzan esos límites hasta la confusión y el aburrimiento.

Y un dato que quizá no sea tan grave, pero que hace a la credibilidad, es que todos hablan inglés, incluso Don Quijote, a pesar de la aclaración de que están filmando en España. No tiene sentido que cuando los españoles (de la talla de Rossy de Palma y Sergi López) interactúan solamente entre ellos, sigan hablando el idioma de Shakespeare.

Una fotografía deslumbrante, comprometidas actuaciones (incluso de actores en roles menores, como Stellan Skarsgård) no alcanzan. Demasiado caos externo en las casi tres décadas de esta película terminaron por llevar la confusión a sus mismas entrañas.

Trailer de El hombre que mató a Don Quijote subtitulado en español (HD)

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