Fuerza escénica demoledora

Gisela Emma Saccavino

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“Hola sí, sí, ¿altavoz? Altavoz? ¿Probando el altavoz?” La energía arrasadora del ultrahiperkinético Alfonso el Ponchi Barón parece no agotarse. Y esa vocación “demoledora” ha sido, no hay dudas, la que lo ha conducido a adueñarse de cuanta escena ha pisado.

Osado navegante de lenguajes como el movimiento (que no la danza pura, la que confiesa que “lo aburre”) y el teatro (“mi verdadera esencia”, agrega), Ponchi reconoce en sus dos maestros iniciales a sus progenitores artísticos: “Yo digo siempre que mi papá Teatro es el Flaco Suárez, y mi mamá Danza es la Vilma Rúpolo. La mayor parte de mi formación escénica viene de ellos”.

Al estilo del célebre “pulir y encerar” con que el Señor Miyagui transmitió a Daniel Sam la clave de la sabiduría oriental en Karate kid, el más grande maestro de actores de nuestra provincia, Ernesto Suárez, le dio al histriónico Alfonso una escoba cuando éste le confesó que quería dedicarse al arte escénico. “Al principio no entendí y le dije ‘Flaco, pero yo quiero hacer teatro’. ‘Y bueno por eso’, insistió, ‘ponete a limpiar la sala’, y ahí comprendí la esencia del teatro: el trabajo, especialmente para un artista latinoamericano, que debe tener la capacidad de resolver todo, y eso me parece lo más mágico de nuestra identidad”.

Así, Alfonso partió a Buenos Aires, donde se mantiene activo desde hace siete años con propuestas performánticas que lo han convertido en un mimado de la crítica. Y fue La idea fíja, la multipremiada propuesta de danza-teatro (los intérpretes bailan completamente desnudos una buena parte de la obra) que desde hace tres años se sostiene a sala llena en la Capital, el papel que lo afirmó como un “genial intérprete”.

Barón vuelve hoy la tierra que lo vio nacer con Un poyo rojo, propuesta de teatro físico donde conviven “el humor, la improvisación, el clown, la sexualidad, la acrobacia y la sensibilidad” con la que, junto con su compañero Luciano Rosso y su director, Hermes Gaído, colman las expectativas del exigente público porteño.

–Dice el director que aún están “ecualizándose”...

-Es real. Esta obra surgió hace cuatro años, y anduvo muy bien incluso en España, donde los chicos la llevaron hace un tiempo. Pero resulta que en un momento los dos intérpretes tuvieron una ruptura artística y “el poyo” estuvo durmiendo un tiempito. Hasta que a mitad del año pasado me llamaron para reponerla, la reestrenamos a fin de año y bueno sí, la “repuse” (risas), porque la rompimos: hicimos nueve funciones a sala llena.

–Hay en la obra una buena dosis de improvisación, otro de tus fuertes…

-Claro, es que la propuesta nació así. A la hora de crearla se usó material que brotó de la improvisación y luego quedaron elementos fijos, por lo que tiene una estructura armada, un esqueleto al que respondemos. Lo que sucede dentro de esa estructura se va refrescando en cada función y está totalmente vivo.

–Hay también una radio en vivo, que opera, de algún modo, como una tercera protagonista…

–Exacto. Es un recurso que tenemos superestudiado y que funciona siempre. Y en el 100% de los casos nos pasa que hay gente que no puede creer que la radio esté en vivo. Simplemente les cuesta entender que trabajemos con ese nivel de comunicación que tenemos con Luciano, que lógicamente tiene que ver con que ambos venimos del deporte, la danza y el teatro.

“Nadie es profeta…”

–En Buenos Aires tu nombre resuena en el ambiente. Pero acá el público casi no ha podido disfrutarte…

–Quizá mucha gente me conoce poco porque por suerte pasa algo hermoso, que es que cada día surgen artistas nuevos y muy bien formados, pero toda la gente con la que trabajé no sólo me recuerda, sino que sigue estando viva en mí y en mi cotidianidad. Sin ir más lejos, el Flaco estuvo parando en mi casa con su hija hace tres semanas. Y yo desde que me fui he vuelto todos los años a Mendoza, ya sea con una obra o para dar algún taller.

–¿Y qué te llama a volver?

–El hecho de transmitir conocimientos nuevos que adquiero acá de gente de todo el mundo que quizá no llega a Mendoza, y que quiero compartir con toda la generosidad y el amor. Además vuelvo porque me encanta, es mi lugar, mi casa.

–En tu performance escénica se ve tu formación multidisciplinaria…

–Así es, primero vengo del deporte y aplico muchísimo de él en lo que hago, y me permite generar un lenguaje muy especial, que se mezcla con el teatro y miles de técnicas de danza. Ahora estoy a full con break dance, parkour, free dance, flying low, acrobacia. De todos modos considero que me vine a Buenos Aires con muchísimas herramientas, yo confío mucho en lo que se hace en Mendoza, de hecho a nivel teatral es una de las provincias más fuertes del país. Claro, cuando llegué pasé por lugares de la danza superformales como el teatro San Martín, el ballet del IUNA, la Compañía de Danza Contemporánea y el Combinado Argentino de Danza. Pero luego busqué mi camino, y creo firmemente que es uno el que debe hacer su camino, no se puede poner como excusa la falta de formación o que todo funciona en Buenos Aires. En Mendoza tienen al Flaco, que es un genio reconocido en toda Latinoamérica. Después hablan de Darín… ¡qué Darín!, Si el Flaco es un genio.

–Para crecer en Buenos Aires, ¿los requisitos de que hablás son vitales vitales?

–Es así, como te decía, yo vengo del deporte, me gusta competir y me vine a la capital con una actitud bastante demoledora. Acá todos llegan con miedo, justamente por esa fuerte competencia. Buenos Aires es muy heavy, si venís a medias tintas la misma ciudad te escupe y la gente no deja que te insertes. Yo, por el contrario, me vine con muchísimas herramientas. Y he sido retribuido, por eso tanto con La idea fija como con Un poyo rojo conseguimos llevar gente al teatro que no tiene nada que ver con el “palo” artístico. Al principio agotamos ese público y después empezaron a venir el carnicero, el verdulero, el sobrino del amigo del hermano del tío (risas); me parece que es un logro muy copado, y sobre todo porque se trata de una obra que tiene que ver con el movimiento, algo que aun hoy, con las ideas progresistas que circulan, sigue siendo resistido. Digo, aún pervive ese prejuicio de que “el bailarín es puto”, y creo que con estas obras y sobre todo esta actitud escénica “aniquiladora” lo hemos trascendido.

Ficha técnica:

Un poyo rojo

Dirección: Hermes Gaido

Con: Alfonso Barón y Luciano Rosso

Función: hoy a las 21 y 22.30 en la Nave Cultural (España y Maza, Parque Central, Ciudad)

Entrada: $40

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