Juan Alberto Fiorito, el Betto, era un mito viviente. Ahora es una leyenda. Murió este lunes lluvioso, a la siesta, y dejó a todo el Este mendocino, a San Martín y especialmente a su entrañable pago Palmira, sumido en la más profunda desolación. Fue, por lejos, uno de los músicos más talentosos de la historia regional y su partida, con apenas 55 años, provocó una enorme sorpresa y dolor.
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Esencialmente tecladista, pero con tanto talento que era capaz de aprender a tocar un instrumento desconocido en apenas 10 minutos. “Yo lo vi. Le trajeron una especie de acordeón a piano, que jamás había visto, y a los 10 minutos estaba tocando jazz como si lo hubiera hecho toda su vida”, recuerda uno de los tantos amigos.
Todos conocían al Betto, todos los músicos y las bandas tocaron con él alguna vez.
Autodidacta, con oído absoluto, el Betto jamás pasó desapercibido. Capaz de dar un concierto o guitarrear con los empleados municipales mientras comía un choripán, Fiorito esencialmente jugaba con la música. Siempre.
Nacido en Palmira, en el barrio Covipa, lugar que jamás quiso abandonar pese a que siempre tuvo miles de ofertas para subirse a cualquier banda, a cualquier grupo, a cualquier proyecto musical. “Creo que el Betto fue demasiado jarillero para ser famoso”, cuenta un amigo.
Otro hace su perfil: “Era un tipo querible. Tocó con todos. Folklore, rock, tango, música popular, hasta algo electrónico hizo”.
Luego agrega: “Bueno para los asados y el vino. Si llevaba el teclado le podías pedir cualquier cosa y, si no la sabía, la sacaba de oído. El conocimiento del instrumento era asombroso. Su ductilidad también. Para viajar era un tipo con muy buena onda. Se reía siempre, se divertía. Tomaba mate con cedrón; siempre”.
Dice este amigo y músico: “Anoche pensaba en el velorio: Si todos los que tocamos con él hubiéramos ido a despedirlo, no entrabamos en la cancha del Club San Martín”.
“A cualquier músico que le preguntés de San Martín, tocó con el Beto. En Rivadavia, en Palmira, en Mendoza. Tocó con las Blancablus ‘Ese maldito piano´. Además de buen tecladista era buen guitarrista. Se podía decir que era guitarrista y pianista y no como solemos decir nosotros ´un tecladista que toca la guitarra´”.
Y este amigo sentencia: “Era un niño que no creció nunca, gracias a Dios. Coqueto con su edad, siempre cumplía 38… Ayer nos enteramos muchos que era del 63, como Fito”.
Hay miles de anécdotas y algunas son parte de la leyenda, difícil de confirmar. Una de ellas dice que una noche, mientras animaba una cena en la Bodega del 900, lo escuchó un comensal: Gustavo Santaolalla. Impactado por su talento, se lo llevó de viaje a Estados Unidos. Al poco tiempo, pese a que al Betto le iba muy bien, el talentoso decidió volverse a Palmira, porque extrañaba mucho su pueblo.
El músico Anuar Mansur confirma esta anécdota y agrega que "Santaolalla ya había escuchado hablar de él. Incluso el Betto había ido a Brasil con las Blacanblus".
Dice que Fiorito "era un virtuoso. El 80 por ciento de los músicos del Este hemos aprendido de él. Sabía enseñar y era muy generoso, pero también extremadamente exigente a la hora de tocar y tenía un carácter fuerte sobre el escenario".
El Betto había tenido un problema de salud hace dos meses y estaba internado en el Hospital Perrupato.
Sus restos son velados en una de las salas velatorias de Salvador Milio, en la calle San Martín 625, de Palmira, y será inhumado a las 16 en el cementerio jarillero.




