Conchudo, la historia del paraguas y el bastón, la obra por cuyo título las autoridades del Ministerio de Cultura se rasgaron las vestiduras hasta que –al parecer– se adaptaron a que en todo caso la incomodidad es –o debería ser– un rasgo inmanente del arte, debutó el viernes sobre las tablas del teatro Independencia.
En clave tragicómica, el texto con el que Belén Cherubini (cuyo título original es Conchudo, el paraguas y el bastón) se quedó con el certamen literario Vendimia 2011 aborda el tormentoso vínculo entre tres mujeres –que, a juzgar por el célebre recurso del camisón y maquillaje blancos, podrían estar muertas– que componen una familia matriarcal integrada por la hija (la propia Cherubini), la madre (Guillermo Troncoso) y la abuela (Silvia del Castillo).
Un enorme aparador que el tiempo, el polvo y la negación se han encargado de “blindar” resalta en el fondo de la escena. Es que allí quedó, sepultado por la negación y el dolor, el conchudo (Francisco Molina), esa ausencia masculina que, a pesar de los intentos vanos de la madre, no pueden llenar.
La calidad de las interpretaciones de Troncoso (quien compone a una violenta madre castradora e inconmovible) y Del Castillo es tan potente que por momentos se convierten en el foco de la propuesta.
En el plano estético –que repercute sobre el conceptual–, la partitura escénica sobre la que el director de la obra, Daniel Posada, trama la puesta cae, por momentos, en el pastiche, o más bien la intromisión de elementos anacrónicos sobrecarga y genera “ruido”.
Por caso: el estilo del audiovisual que acompaña el inicio y el final de la pieza, la pelea entre la hija y sus álter egos y la madre bajo una llamativa luz flúor y una cortina musical “tarantinesca” o los perritos electrónicos kitch que irrumpen la escena navideña, no se condicen con la ambientación antigua –en la que contribuyen los muebles, el vestuario, el texto mismo– que impera en la puesta.


