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Con Camino a la Paz todos salimos ganando

Un viaje que nos desnuda en cada kilómetro, desde Buenos Aires hasta Ciudad de La Paz (Bolivia). Una road movie que nos moviliza en todos los puntos cardinales, una ópera prima para asombrarnos con los paisajes de nuestro ser interior.

Por ahí va la cosa en Camino a La Paz, el filme de Francisco Varone que ofrece una mirada contemplativa y reaccionaria a la vez, porque pone primera en momentos intimistas, cierra las ventanillas cuando la tormenta exige acción y sale a flote del lodo de los pensamientos subiendo el volumen de la realidad social de esa época.

Sebastián (Rodrigo de la Serna), un joven recién casado sin futuro aparente, se refugia en su Peugeot 505 SR, y en su banda de cabecera Vox Dei para sobrellevar la rutina.

De repente encontrará en Jalil (Ernesto Suárez), un viejo musulmán con algunas manías, a un compañero de ruta para salvarse del ostracismo. Transitarán un camino de aprendizaje mutuo, arrancándolos de la superficie para pisar terreno en lo profundo.

La travesía que emprenden tendrá los efectos menos esperados, sensaciones inauditas para rutas vacías, fiestas árabes en pueblos fantasmas o moteles con jacuzzi.

Camino a La Paz no parece la primera película de Varone, quien viene del mundo publicitario y aquí demuestra sus conocimientos en narrativa cinematográfica y recursos técnicos, apoyándose en ellos para crecer e iniciar así una carrera promisoria en la gran pantalla.

En este sentido, el director sabía que la historia no tenías mayores pretensiones: sólo debía buscar la dupla actoral perfecta. Gran desafío en el cine argentino actual, que muchas veces se vale de estrellas de televisión para seguir en cartelera.

De la Serna venía con "chapa", pero Varone lo conocía muy bien. El actor de éxitos TV viene del teatro, pero ha equilibrado su carrera con elogiadas obras cinematográficas y se caracteriza por encarnar personajes que le dejen alguna gratificación personal, más allá de lo laboral.

Había que encontrar al "viejo" . Varone quería un rostro "anónimo". Y ahí estuvo la directora de casting Eugenia Levin, quien recomendó a un mendocino, Ernesto Suárez, el Flaco le decían, y el cineasta no dudó en viajar con De la Serna para conocerlo. Compartieron unas pastas en El Bermejo, en la casa del Flaco y lo vio actuar en su salsa (Lágrimas y risas, el unipersonal que mejor lo desnuda de cuerpo y alma). Listo. Sólo tenía que convencerlo.

A los 74 años (esto fue en 2014), con una valija enorme cargada de experiencia teatral, prestigio regional y fama en el pueblo, querido y respetado como pocos en la escena independiente, maestro inflexible en el arte de mamar las tablas en comunidad, ahí partió el Flaco Suárez para hacer su debut cinematográfico de la forma deseada. Cumplió su sueño una vez más Jalil, o el Flaco, lo mismo da, porque de eso se trata la vida: de vivir para soñarla.

Más allá de la película, sus distinciones en festivales y un premio revelación para Suárez, todos salieron ganando desde aquella juntada en El Bermejo. Y nosotros, los espectadores, ganaremos también si vamos a verla al cine.

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