Néstor Tato Moreno (52), realizador, especialista en posproducción y militante, se opone a ciertas concepciones vigentes en el campo cultural.

Cine antielitista

Por UNO

Por Gisela Emma [email protected]

Néstor Moreno, el Tato, es, sí, un hombre “del palo” del cine. Si hay un sector identificado –prejuicio mediante– como elitista, es el suyo. Y él lo reconoce: “Veo un problema en cómo se aborda la educación audiovisual, centrada en alimentar la supuesta creación de un gran autor que en realidad es fruto del trabajo de un equipo, entonces todos los demás son unos pelotudos que lo siguen y alimentan su ego”.

Decidido a desterrar esta concepción individualista y consciente de que la única forma de generar una industria en la provincia es la organización, el mendocino fundó en 2006, con un grupo de colegas, la Asociación Mendocina de Cine y Artes Audiovisuales. “La mayor parte de mi día se la lleva la militancia”, cuenta Tato, quien realiza hoy experiencias de mapping, técnica audiovisual que fue disfrutada recientemente por miles de mendocinos en el espacio Le Parc. Asomémonos, ahora sí, a la historia de este hombre y sus singulares concepciones sobre el campo audiovisual.

–¿Dónde naciste?–En San Rafael, hace 52 años. Vengo de una familia de clase media de trabajadores.

–¿Cómo te encontraste con el cine?–De muy niño, pues mi padre trabajó un tiempo de proyectorista, entonces iba al cine muy seguido y no pagaba entrada. Iba a las 2 de la tarde y me quedaba a la doble función. Veía de todo, desde westerns hasta películas de Sandro con mi niñera. Y ese eclecticismo lo he mantenido en el tiempo.

–Contame cómo fue tu paso por el sistema educativo.–Fui a una escuela agraria en San Rafael hasta primer año de la secundaria, cuando nos vinimos a la ciudad y entré en el Normal, pero por una serie de percances disciplinarios terminé en un instituto de artes lleno de repetidores (risas).

–¿Tenías afición por otra rama del arte?–Estudié flauta traversa en la Escuela de Música durante la secundaria. Siempre tuve inclinación hacia el arte, aunque hice un año fallido en la Facultad de Agronomía, durante la época del proceso. Recuerdo que nos criticaban hasta por tener el pelo largo, así que dejé, agarré la mochila y viajé varios años, sobre todo por Argentina. Un día decidí ir a estudiar Composición Musical a Buenos Aires. Allí conocí a quien es mi mujer desde hace 30 años.

–¿En qué momento hiciste el viraje de timón hacia el cine?–Ya en Buenos Aires tenía mi cámara Súper 8 y siempre experimentaba. Intenté entrar en la ENERC (Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica), pero no lo logré. Y eso quedó flotando. Nos vinimos a Mendoza y en el 88, en plena hiperinflación, nos fuimos a Estados Unidos, donde nos quedamos 15 años, y ahí sí hice la carrera de cine.

–¿Qué los motivó a partir?–En principio quería estudiar, nunca pensamos quedarnos tanto, pues siempre supimos que nuestro lugar en el mundo era este. Me tocó una facultad alucinante, donde aprendí de todo, desde a editar en 16 milímetros y cortar negativos para cine hasta dirigir en un estudio de televisión.

–¿Cuál era el nombre de la carrera?–Producción de Cine y Televisión, era eminentemente técnica. Lo que más me interesaba era la posproducción, cosa rara en un estudiante de cine, que en general sólo piensa en ser director, cuando es un trabajo que funciona en equipo y cada parte es vital. Luego me especialicé en esa rama, en la que trabajo hasta hoy.

–¿Allá diste tus primeros pasos en el mundo laboral?–Así es. Creo que las cosas te pasan por dos motivos: uno lo aprendí de mi esposa, que es la persistencia, y el otro es que la vida te da oportunidades en cierto momento y lugar, pero para enfrentarlas tenés que estar listo. Me pasó algo loco: un profesor que había sido productor de La familia Ingalls decía que teníamos que ser profesionales aun en las clases porque nuestro próximo cliente podía estar al lado nuestro. De los 30 alumnos de mi promoción era el único latino y, curiosamente, un año antes de terminar una compañera me recomendó para trabajar como posproductor. Fui uno de los primeros editores bilingües no lineales de la época. Hasta que un día, en el 94, un colega me cuenta que Direct TV quería armar un proyecto para Latinoamérica. Cuando entré en los estudios me encontré con el centro más moderno del mundo, era de ciencia ficción. Me contrataron y ahí estuve siete años.

–¿Por qué se volvieron?–Por lo que te decía: este era nuestro lugar. Obviamente estaba más que cómodo en lo económico, pero por suerte me casé con una mujer increíble, que entiende la vida como yo, y queríamos una vida distinta a esa, basada en el trabajo y el consumo.

–¿Qué buscaban?–Una vida de libertad, en la que puedo internarme un mes en la Cordillera a hacer un documental. Creo que el mendocino sobrevalora lo de afuera. El problema del periférico es que se valida en función de su éxito en el centro. Si en lugar de verte como periferia te ves como otro centro, podés hacer lo que querés donde querés. El federalismo no va a nacer en Buenos Aires porque de repente ese centro se haga consciente, tiene que nacer del trabajo de la periferia.

–¿Cómo siguió tu camino cuando retornaste?–Lo más importante fue que fundamos la AMCAA, que hoy es muy respetada en el país pues somos la que mayor antigüedad tiene. Y desde ahí, de a poco, generamos un cambio de paradigma en cuanto a esto de creer que no sirve mancomunarse. Ese mal se combate con organización y militancia.

–¿Qué pensás de la división, quizá caprichosa, entre cine industrial y cine arte; quiero decir, entre esta intención de concebir un filme como un producto o como una obra?–Estoy en desacuerdo total con esas polarizaciones entre arte e industria. Hay que destacar un concepto: cuando hablamos de industrias creativas, hablamos del proceso de reproducción de una obra de arte, como la grabación de un disco o la distribución y construcción de una película, porque el cine es esto, un proceso de trabajo en equipo con personal remunerado. Y acá surge un serio problema entre los que consideramos que esta industria es de trabajadores y no para burgueses que explotan gente con la famosa excusa de hacer arte.

–Este es uno de los temas en los que hace hincapié la AMCAA.–Exacto, trabajamos para que en Mendoza se genere una industria audiovisual. Pero para eso hay que profesionalizarse y eso significa ver esto como un trabajo. Si uno recibe un subsidio del Estado, tiene la obligación de hacer una película atendiendo los convenios de los sindicatos de cine y tele. Por esto es tan importante que se apruebe la Ley de Cine, que contempla la construcción de una industria sustentable, a mediano o largo plazo, a partir de plata que entre y no que salga. Estoy en contra de que el gobierno saque $2 millones para que alguien se dé el gusto de hacer cine. Sobre todo en un país que tiene un sistema de subsidios como el Incaa. Nuestra ley prevé créditos a través del Fondo para la Transformación y la creación de una Film Comission para atraer producciones y generar un flujo constante de producción.

–Una vez en un curso de cine me dijeron que uno diferencia a alguien que sabe porque nombra al director, en cambio la “gente común” nombra a los actores…–Menos mal que no estaba ahí, me vuelvo loco. Creo que hay que romper con esa posición elitista y burguesa respecto del hecho artístico. Sobre todo en el formato audiovisual, por caso: hoy, que proliferan las multipantallas, hacés un corto, lo colgás en YouTube y lo ven miles de personas, y no puedo descalificarlo porque no se ve en una sala. Me parece genial, aunque algunos se escandalicen, que cualquiera pueda expresarse, a lo mejor de ese modo empezaremos a escuchar las voces de la gente y no sólo de gente que quiere hacer cine para satisfacer su ego.

–¿Creés que esto puede tener que ver con que la gente que accede a estudiar cine proviene, en general, de clases acomodadas?–Esto pasa en todas nuestras escuelas. ¿Sabías que nuestro país es el que mayor cantidad de alumnos de cine tiene en el mundo? Y justamente una de las falencias del rubro es que ponen al realizador como artista único, que hace que se alimente mucho el ego y poco el producto. En realidad, el cine es un medio maravilloso en el que te comunicás con el espectador. Es, ante todo, entretenimiento y eso es algo que todos parecen haber olvidado, de los Lumière para acá. Eso no implica que tenga que ser vacío. Ahora, si hago una película que no entiende nadie, ¿soy un genio? No, soy un pelotudo (risas).

–Otra dualidad maniquea es “cine independiente versus comercial”. Algo curioso, por ejemplo del Bafici (Festival de Cine Independiente de Buenos Aires), es que la mayoría de los filmes de los realizadores que levantan la bandera de la independencia fueron subsidiados por el Incaa o por alguien…–Absolutamente. Y este es todo un tema, porque el subsidio, salvo los gringos que “la tienen atada”, es la única forma de sobrevivir, a no ser que tengas un tío sojero que te pague la película (risas). Ahora, como hacedor tenés que asumir la responsabilidad de que ese dinero es de la gente y que al menos debés ofrecer algo que te trascienda.

–Hablando de proyectos, ¿en qué trabajás hoy?–Sigo con trabajos de posproducción y efectos para clientes de afuera, como ESPN y Disney. Y localmente me he abocado al terreno documental. Hace dos años hice De idas y vueltas, en Ranquil Norte, el año pasado La otra vendimia, sobre la Vendimia Gay, para la Televisión Digital Abierta, y ahora estoy con Entre dos mundos, sobre un puestero de Barbas Blancas, 70 kilómetros al sur de Malargüe. Lo esencial del proyecto es que el protagonista y yo estamos muy involucrados. Esta es la única forma en que concibo mi trabajo, simplemente me sale así, pues el proceso implica una modificación profunda de tu visión de algo que antes te resultaba ajeno. Y esto es lo que me fascina del documental: tenés que saber que tu trabajo es aprender a ver.