Gisela Emma [email protected]
Consternación, impotencia, decepción, desamparo se entretejen en la trama de sensaciones de la comunidad artística mendocina ante la noticia de la desaparición de otro espacio de arte escénico. El teatro Argonautas, que abrió sus puertas hace diez años como un espacio de experimentación e investigación alejado de conceptos “industriales o facilistas”, apagará sus luces por última vez este domingo.
Desde ahora, cual verdaderos Argonautas ayudados por aliados inesperados, La Rueda de los Deseos, compañía que tuvo en esa sala un ámbito de libertad creativa para aplaudir, tendrá en la sala Ana Frank un lugar donde seguir desarrollando sus estudios, esos que han dado al mundo frutos tan preciados como El más antiguo beso de la tierra o Javiera,historias que se despliegan.
Y justamente esas dos son las joyas elegidas por el director del elenco, Fabián Castellani, para “dormir” a su sala, como durmieran a Argos en la célebre leyenda griega. “Así, será seguramente menos doloroso, para él, y para nosotros”, expresó el también actor.
Por eso, hoy, mañana y el domingo será la última oportunidad de asistir a esas propuestas en la sala que las vio nacer. Las funciones serán financiadas por el Gobierno provincial, el teatro Independencia y el Instituto Nacional del Teatro, con entrada solidaria. “Canjearemos las entradas por alimentos no perecederos para la Escuela Campesina de Lavalle”, anuncia Tutuca.
Cuando los sueños se diluyen
Muchos son los interrogantes que disparan estos hechos, pero si hay algo que queda sobre el tapete son las deplorables políticas culturales que la provincia ha evidenciado y acumulado gestión tras gestión, y que han terminado con salas oficiales como Luis Politti, Armando Lucero, el Centro Cultural de las Artes o el propio teatro Mendoza, además de sitios independientes como Viceversa y Trinidad Guevara.
Pese a este factor crucial, en la decisión del cierre han intervenido diversas causas, que Castellani enumera: “No hay un solo motivo: cansancio de nosotros, el mantenimiento del lugar se hace cuesta arriba, casi no contamos con apoyo oficial y eso te obliga a improvisar; la respuesta del público es escasa... se han estrenado, por ejemplo, espectáculos internacionales y ha ido poca gente. Quizá en este momento no es tan necesario el espacio, pues no hay un apoyo real”.
La desazón se percibe en el tono de Tutuca, discípulo de maestros como Eugenio Barba, quien reflexiona: “El teatro ya no está dentro de los planes del capitalismo. Imaginate si a eso le agregás un teatro que demora mucho en ofrecer un producto terminado. Va en contra de la inmediatez y lo que valora el consumismo”.
“Es más, es muy loco pensar que algo así haya tenido cabida en el sistema. Por eso para nosotros es un festejo haberlo sostenido durante diez años”, destaca, y sintetiza, a modo de manifiesto: “Hacemos teatro porque creemos que lo efímero es tan importante como lo perdurable”.
Por eso, hartos de insistir en trámites burocráticos inconducentes, estos “navegantes” optaron por proteger su esencia. “Decidimos que es mucho más importante para el grupo conservar su fuerza interna, más que mantener un espacio que nos lleva mucha energía. Tenemos que cuidar nuestra salud. Sacrificamos el espacio para protegernos como grupo”, concluye.
La carta del director de la sala
“Para La Rueda de los Deseos el cierre definitivo del teatro Argonautas genera una mezcla rara de sensaciones. Hay tristeza porque perdemos nuestra casa, porque Mendoza pierde otra sala de teatro independiente, una de las pocas que existen fuera del radio céntrico (...)
“Pero también hay alegría, porque fueron diez años de hacer realidad una utopía. Diez años de teatro, música, artes visuales, poesía, cuentería, danza, títeres en el barrio. Diez años de talleres, seminarios, cursos, encuentros, festivales. Argonautas acogió en su barco a artistas de Perú, Ecuador, Colombia, España, Austria, Grecia, Chile, Cuba, Brasil, Italia, Puerto Rico y de diversas ciudades del país. Diez años de crear belleza, de generar preguntas, de sacudir estructuras”
Sabemos que otros desafíos están por venir, y necesitamos fuerzas para seguir combatiendo. Cerrar no significa bajar los brazos. Amamos una profesión que es despreciada, o peor, ignorada por gran parte de la sociedad. Eso la hace no comercial, y ya sabemos que hoy lo que no vende no debería existir. Por eso sabemos que seguir haciendo teatro será tan difícil como siempre, como lo es para cada una de las personas que aman este arte en Mendoza. Y que cada paso será en la búsqueda de que otros puedan transitar esta profesión con menos dureza. Por lo pronto las manos amigas de la sala Ana Frank nos permitirán seguir avanzando en nuevos proyectos”.




