Fernando G. Toledo
Editor de espectáculos
Hagamos de cuenta de que un concurso internacional de haiku (la composición poética japonesa) premia como ganador a un texto más o menos así:
Nunca lo olvides:
Lo esencial para el ojo
Es invisible.
¿Cuál sería la reacción inmediata? Probablemente, de protesta: la utilización de una frase extraída de El Principito, de Antoine de Saint Exupéry (“L'essentiel est invisible pour les yeux”, en el original) ha sido utilizada para la construcción del poema. El único aporte del labrador del haiku ha sido, a lo sumo, acomodar la métrica, utilizar el hipérbaton (cambiar el orden de las palabras) y encontrar una musicalidad subrayada por la versificación.
Un mendocino acaba de protagonizar un hecho análogo esta semana. Armando Macchia resultó el ganador del Premio Internacional de Microrrelato Museo de la Palabra, dotado de 20 mil dólares, imponiéndose entre más de 22 mil relatos. Su cuento, El francotirador, dice así:
Todos los días, mientras esperaba el ómnibus, un niño me apuntaba desde un balcón con el dedo, y gatillaba como un rito su arma imaginaria, gritándome “¡bang, bang!”. Un día, solo por seguirle el rutinario juego, también yo le apunté con mi dedo, gritándole “¡bang, bang!”. El niño cayó a la calle como fulminado. Salí corriendo hacia él, y vi que entreabría sus ojitos y me miraba aturdido. Desesperado le dije “pero yo solo repetí lo mismo que tú me hacías a mí”. Entonces me respondió compungido: “sí señor, pero yo no tiraba a matar”.
Es probable que a más de uno le resulte familiar este relato. La esencia del cuento, las anécdotas y el remate corresponden a un chiste popular con numerosas variaciones que han sido repetidas desde hace décadas en salones, programas de TV, revistas (Condorito incluido, recuerdan algunos), diarios y radios. Ninguno de los 36 jurados del premio español, al parecer, captó la familiaridad o poco les importó.
Pero la cuestión resulta interesante para preguntarse por los límites del arte y del plagio en el arte. Sabemos que la cita se utiliza en el arte moderno como fuente de otras obras (recordemos, al azar, Tierra baldía, de Eliot). Pero, en el contexto de una obra mayor, cuyas búsquedas sean más amplias y profundas, una cita, aun textual, puede ejercer como un resorte hacia esas extensiones y esas profundidades. Pero en un microrrelato, como en un haiku, la concentración verbal es tal que, precisamente, la “idea principal”, el “argumento” está tan anudada a su expresión que no pueden separarse. Si lo que va a contarse es una historia conocida tiene que ser subvertida por los métodos narrativos para que parezca nueva. Si va a contarse una historia nueva tiene que ir encontrando palabra a palabra la construcción precisa.
Nada de ello sucede en El francotirador. La historia no es nueva. No está replanteada. Su reescritura responde, más bien, según parece, a un maquillaje para disimular su preexistencia.
En una entrevista en un diario provincial –en la que el autor de la nota defiende el hecho de que si hubo plagio eso “no es la cuestión” (¿?)– Macchia dice haber soñado el cuento, pero no menciona frontalmente el hecho posible: que uno también sueña cosas preexistentes, cosas que otros ya soñaron antes. Lo esencial es no plagiarlo a los ojos de todos.

