El Teatro Independencia y AVOME presentaron al consagrado pianista junto a la Orquesta Filarmónica de Mendoza dirigida por Alejandra Urrutia. Bien puede considerarse este concierto entre las mejores representaciones de los últimos tiempos. Foto

Bruno Gelber: un concierto esplendoroso y con ensoñación poética

Por UNO

Por Cristina AlfonsoEspecial para Diario UNO

El Teatro Independencia y AVOME presentaron, a sala llena, al consagrado Bruno Gelber junto a la Orquesta Filarmónica de Mendoza dirigida por Alejandra Urrutia, con un programa compuesto por dos de los representantes más destacados del romanticismo musical: el noruego Edvard Grieg (1843 - 1907) y el alemán Robert Schumann (1810 - 1856).

La imagen majestuosa del sol emergiendo grandioso en el horizonte, en diálogo matinal ypastoril entre la flauta y el oboe, abrió el programa con tonos poéticos, sonoridades plenasy ensamble perfecto de las partes. Bien puede considerarse este concierto entre las mejoresrepresentaciones conjuntas de los últimos tiempos.

Otro buen ejemplo con la Orquesta Filarmónica lo constituyó, la semana pasada, el concierto homenaje al compositor alemán Richard Strauss (1864 - 1949), al cumplirse 150 años de su nacimiento, con el director invitado Gustavo Fontana.

De Grieg se interpretaron dos de sus obras destacadas: la Suite no 1, op.46, de “Peer Gynt” yluego el famosísimo “Concierto para piano y orquesta” en la menor, op. 16.

Acorde con el movimiento artístico romántico de la época, Grieg contribuyó a crear -talcomo lo hiciera Jean Sibelius en Finlandia, por ejemplo- una identidad nacional a través de la adaptación de temas y canciones del folklore noruego dando a conocer, de este modo, la cultura del país más allá de sus fronteras.

La obra original “Peer Gynt”, Opus 23 (estrenada en 1876) es una música escénica para orquesta, soprano y coro creada por Grieg con textos del dramaturgo noruego Henrik Ibsen y por encargo de éste. Luego el compositor prescindió de los diálogos hablados y cantados para transformar la partitura en la “Suite no 1” op. 46 y en la “Suite no 2” op. 55, ambas para orquesta y con cuatro movimientos cada una.

El concierto, se inició con La Mañana (Allegretto pastorale), la primera pieza de la “Suite no 1”, una música matinal por excelencia, luego La muerte de Ase (Andante doloroso), Ladanza de Anitra (Tempo di Mazurka) y En la gruta del rey de la montaña (Alla marcia emolto marcato), cuyo tutti estruendoso y redoble de timbales contundentes, condujeron a los primeros aplausos efusivos.

Luego entró el gran Bruno Gelber, cuya interpretación del “Concierto para piano y orquesta”, en la menor, op. 16 de Grieg superó las expectativas. Este reencuentro con los mendocinos significó también un reencuentro con la partitura, tal como lo expresó Gelber para la prensadel medio. Se trata de un reencuentro que no significa de ningún modo una mera repetición automática de la obra sino un constante diálogo con el lenguaje de los sonidos. Gelber inició dicho diálogo con esta partitura cuando tenía tan sólo 14 años, interpretándola por primera vez, en el escenario del Teatro Colón. Y tal como él comentó, con “pantalones largos”.

¡El comienzo fue perfecto! En el allegro molto moderato, el piano y la orquesta brillaron con todo su esplendor. Y en muchos momentos la partitura le permitió al solista lucir sus cualidades virtuosísticas y líricas, así como también bellos pasajes en la cadencia compartidos con la flauta y el corno. El adagio sorprendió por la musicalidad conjunta y la ensoñación poética.

El tema de danza popular, alegre y rítmica del último movimiento -allegro moderato molto e marcato - quasi presto - andante maestoso, significó una verdadera apoteosis orquestal que contrastó seguidamente con el remanso expresivo presentado por la flauta. El concierto retomó el brío inicial y, tras la cadencia, finalizó con un cantabile majestuoso y brillante. Durante largos minutos y todos de pie, aplaudieron emocionados.

Gelber volvió a demostrar sus condiciones superiores y su técnica extraordinariamente segura. Si bien hoy en día, técnica segura poseen muchos, los genuinos intérpretes no son tantos. Estos atributos, junto a su disciplina férrea y su serenidad superior, hacen que se lo siga considerando un verdadero artista.

La segunda versión (1851) de la “Sinfonía no 4”, en re menor, op. 120 de Robert Schumann se escuchó después de la pausa. Esta sinfonía, de carácter melancólico y enérgico a su vez, tiene la particularidad de que sus cinco movimientos se ejecutan uno tras otro, sin pausa entre ellos.

Muy compenetrada de las obras, Urrutia, la joven artista chilena, dirigió con talento y precisión, mostrando una orquesta diáfana y a su vez, con buen caudal sonoro. Supo ensamblar las partes tanto las  puramente orquestales como las que llevaban piano, con buenos planos de matices y vientos afinados. Fue un excelente trabajo de todo el elenco.

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