Como le sucede al nuevo habitante de una ciudad, el primer episodio de Better Call Saul no tiene un rumbo certero. Alguno dirá que hoy en día con un GPS se soluciona. Pero olvida quien sostenga esa premisa, que sin un sentido de la orientación que contemple la lógica de los movimientos de una ciudad, no hay GPS que salve. También puede suponerse que es porque Saul Goodman (Bob Odenkirk) aun es Jimmy McGill, el verdadero nombre de su partida de nacimiento.
Más certero podría resultar decir que el dúo de creadores de la serie, Peter Gould y Vince Gilligan, tenían el pequeño problema de contar cómo McGill se convirtió en Goodman seis años antes de conocer a Walter White (2008), cuando el mundo entero sabría de la existencia de Saul, prácticamente sin la menor idea de que en realidad era McGill. Entonces, el cada vez mejor Odenkirk debe mostrarse amable, altruista y con una lealtad que por lo poco que parece tener de inteligente se parece a la traición. Y sostener eso es difícil hasta para los creadores de Breaking Bad. Así que, excepto unos primeros cinco minutos en blanco y negro maravillosos –porque en la cara de Goodman se ve la estela del horror dejado por Walter White y en su nostalgia la increíble cima que alcanzaron los que secundaron al mítico Heisenberg– y un final que pone la tensión adecuada para que todo comience a funcionar como se espera, el primer capítulo resulta tan solo una antesala.
Saul aparecerá recién en la segunda entrega. Para ser más precisos, allí aparecen los primeros síntomas de lo que será lo que ahora todos saben: que en un momento McGill pierde toda su resistencia al desvío, al camino no menos riesgoso que propone el atajo del crimen –cuando no al sofisticado pero súper estresante que propone la elusión– y se convierte finalmente en Saul Goodman y celebra su logro a pura publicidad televisiva de Better Call Saul. Una escena en el desierto de Nuevo México (donde Walt y Jesse hicieron de las suyas) resuelta a pura verborrea (pero no cualquiera: una de alto diseño comunicacional), que a su vez viene de un par de escenas en la casa de un mafioso mexicano que aparece en el final del primer capítulo, marcan el estilo de conducción de Better Call Saul. Un estilo que puede gustar más o menos que el de su antecesor o de cualquier otra serie favorita, pero que como todo estilo de conducción invita a subirse al viaje y dejarse llevar hacia los horizontes que proponga quien está al mando. Que seguramente lo hará sin GPS.


