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Akelarre: las hogueras siguen ardiendo

La película del mendocino Pablo Agüero llegó a Netflix luego de convertirse en el filme más premiado de la última edición de los Premios Goya. Una historia de inquisidores y supuestas brujas que ejemplifica la oscuridad que se han visto obligadas a transitar las mujeres sólo por serlo

Akelarre, la película del director mendocino –radicado en Francia- Pablo Agüero, se estrenó el pasado jueves en Netflix (también en forma gratuita en la plataforma de cine argentino CINE.AR), luego de convertirse en la película más premiada en la última edición de los Premios Goya, en la cual obtuvo cinco estatuillas: Diseño de vestuario, Maquillaje y peluquería; Efectos especiales, Música y Dirección artística.

Además, a partir de su estreno en Netflix, se ha convertido en una de las producciones más vistas no sólo en nuestro país y España, sino también en decenas de países de todo el mundo, como Alemania, Italia, México, Brasil, Costa Rica, Uruguay, Paraguay, entre otros.

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Akelarre cuenta la historia de un grupo de jovencitas que son acusadas de brujería en el País Vasco Francés en 1609, basándose en una versión libre de la caza de brujas real que llevó a cabo Pierre de Lancre, autor del Tratado de brujería vasca: Descripción de la inconstancia de los malos ángeles o demonios.

Ana, de 17 años (Amaia Aberasturi), es parte de una fiesta en el bosque junto a un grupo de amigas, donde el baile y el canto son algunos de los protagonistas. Los hombres de este pueblo de pescadores, se han hecho a la mar y no volverán hasta después de la luna llena. Las participantes de esa fiesta son arrestadas y acusadas de haber realizado una celebración en honor a Satanás. Ana, narradora por excelencia y consciente del poder que ejercen sus palabras en quienes la escuchan, tratará de entretener a los inquisidores con sus relatos fantásticos y así, como una astuta Sherezade, ganar tiempo para que los hombres lleguen del mar y puedan ayudarlas. Es una carrera contrarreloj donde se juegan nada menos que la vida.

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Aberasturi está acompañada de un notable elenco, que incluye a muchas actrices en roles debutantes, fruto de un casting que les exigía hablar español, euskera y saber cantar. El resto del elenco, en el cual está nuestro crédito argentino, Daniel Fanego, fueron seleccionados cuidadosamente para acoplarse a esta poderosa producción.

Agüero se erige como un gran director no sólo por sus películas anteriores, sino por cómo emplea cada uno de los recursos narrativos y visuales en esta cinta para que se ensamblen con la historia, potenciando –sin moralizar ni explicar en demasía- aquello que quiere contar: las mujeres vistas como objeto o catalizador del mal.

La fotografía (a cargo de Javier Agirre) mantiene la frescura y luminosidad de las víctimas incluso cuando están recluidas en el calabozo, en tanto que los inquisidores se ven rodeados de atmósferas oscuras, en tanto las torturas se suceden para que ellas confiesen sus supuestos crímenes contra la fe. Agüero nos ahorra tener que presenciar demasiado de esta crueldad y por decoro, nos oculta lo peor.

El director ha contado en varias entrevistas que se inspiró en el libro La bruja, de Jules Michelet, para escribir el guion junto a Katell Guillou. El conocimiento de lo que significa la mirada machista y lasciva de la curia en aquellos juicios, está perfectamente graficado. Hace unos años leí un libro imprescindible sobre el rol nefasto de la Inquisición: Historia del diablo, del historiador francés Robert Muchembled. En parte del libro se incluyen fragmentos de libros o tratados de los inquisidores y entre ellos figura la historia de una mujer, de notable belleza, a la cual acusaron de bruja, porque la belleza la interpretaban como un vehículo del accionar del demonio para tentar a los hombres.

Los inquisidores revisaron el cuerpo desnudo de la joven para hallar la llamada “marca del diablo”, que podía ser desde un lunar hasta una mancha de nacimiento. No le encontraron nada, pero entre ellos confesaron que se habían sentido excitados en el proceso. El diablo había actuado y por eso condenaron a la mujer a la hoguera.

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En Akelarre sucede algo similar entre Ana y el juez inquisidor (Àlex Brendemühl). Él se pierde en el deseo prohibido por esa jovencita, pero no se hace cargo. Ella es la culpable, ella es la tentación. Las acusadas de brujería bromean sobre el sexo y, en el caso de Ana, sabe del poder de su sexualidad. “Lo tengo hechizado”, dirá sobre el juez, en un juego de palabras donde se entremezclan la seducción y las acusaciones de brujería. Ella sabe de su encanto y, junto a sus historias, las volverá armas para tratar de salvarse ella y sus hermanas en el sufrimiento.

¿Seguimos hablando de la película y del pasado? Cuándo un violador se excusa diciendo que la víctima estaba vestida de manera provocativa, ¿no vuelve a encender una hoguera? La mujer como culpable por ser objeto de deseo es una de las más aberrantes situaciones que vivimos como género y, como vemos en la película, durante siglos se cobró la vida de miles y miles de mujeres. Como hoy, porque sin cambiar demasiado los argumentos, las hogueras siguen ardiendo.

Akelarre - Trailer (HD)