Entrevista

Es cubano, se exilió en Puerto Rico, formó un imperio de la carne y hoy tiene una bodega en Mendoza

Guillermo García Lamadrid es empresario. Vendió una exitosa firma dedicada a la venta de carnes y en el 2005 ya estaba invirtiendo para elaborar vinos. Cómo fue que un ciudadano del mundo se enamoró de la provincia

Abierto, generoso y amable. Así es Guillermo García Lamadrid, el empresario cubano dueño de la Bodega Lamadrid, ubicada en Agrelo, Luján de Cuyo, que fue elegida para realizar el tradicional agasajo que Bodegas de Argentina prepara cada año luego del Carrusel de Vendimia.

Se trata de un lugar de ensueño, donde los viñedos enmarcan amplios jardines y una tradicional casa de campo, con algunos toques modernos, donde se instalará dentro de poco un restó.

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Guillermo García Lamadrid con el escudo de su familia materna detrás, en la bodega que bautizó en homenaje a su madre, Matilde Lamadrid

Guillermo García Lamadrid con el escudo de su familia materna detrás, en la bodega que bautizó en homenaje a su madre, Matilde Lamadrid

Sin embargo, detrás del nombre Lamadrid, se desarrolla la historia de una familia de exiliados luego de la revolución comunista en Cuba y quienes construyeron un imperio de la industria cárnica en Puerto Rico.

Guillermo García Lamadrid abrió las puertas de su bodega para dialogar con Diario UNO y compartir su vida, que bien podría convertirse en una novela.

Una niñez nómade

Quizás porque él sabe lo necesario que es sentirse bien recibido es que se ha especializado en ser buen anfitrión. Su vida, que ha estado marcada por el éxito empresarial y económico, no comenzó de esta manera. Desde su nacimiento en 1950, en Sancti Spiritus, un pueblo ubicado en el centro de la isla de Cuba, su niñez fue una etapa difícil, que lo llevó a separarse de su madre, a comienzos de los 60'.

"¿Sabes por qué la bodega se llama así? es en honor a mi madre, Matilde. Lamadrid era su apellido. El vino tiene una similitud con ella, que es la sensibilidad, esa sensibilidad que llevó a dejarme ir, a los once años, solo desde mi país hacia Miami. Esa apertura marcó mi vida", cuenta Guillermo y la apertura no son solo palabras. También es una puerta, impresa en las etiquetas de sus vinos. Es la puerta que su madre le abrió para que se vinculara con el mundo. Destino que Guillermo cumplió, y sigue cumpliendo, al pie de la letra.

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"Mi madre era de Asturias y mi padre de Galicia, yo nací en un pueblito cubano llamado Sancti Spiritus, en el barrio Toyo. Era un barrio muy pobre. Yo nací en 1950 y estuve en Cuba hasta 1961. Salí escondido porque en los 60' mi padre perdió todos sus negocios en la revolución cubana. Era dueño de frigoríficos, hacía matanza de reses y de cerdos y elaboraba algunos subproductos. Los negocios los inició en 1949. Era de oriente, compraba ganado y lo llevaba a La Habana, era trenero, que es quien lleva el ganado en los trenes y los tiene que mantener parados porque si se caen, se mueren".

Llevando reses desde la provincia de Oriente de Cuba -precisamente Santiago de Cuba- hacia La Habana, indefectiblemente se debe cruzar Sancti Spiritus. Era 24 de julio, la fiesta de Santiago Espirituano. Allí se conocieron los padres de Guillermo, se casaron y nacieron sus hijos.

"En el momento de la revolución, mi padre quiso defender sus bienes, hubo pequeñas guerrillas internas, pero fueron controladas por la revolución comunista. Mi padre tuvo que salir de Cuba porque lo iban a fusilar. En 1961, cuando tenía once años, mi familia me sacó de Cuba. Tuve la oportunidad de tener mi visa y poder salir, pero me fui solo".

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Guillermo recuerda con mucho amor ese sacrificio de su madre. "Creo que ella me ayudó a estar en donde estoy ahora, fue quien con su renunciamiento me dio la oportunidad. Su cariño se convirtió en un sacrificio, de dejar que su hijo se vaya solo. Mi mamá se quedó con mi hermana en la isla. En esos momentos no se podía distinguir si nos íbamos a volver a ver o no", contó emocionado.

En Miami una familia le dio refugio. Pasó por momentos difíciles, él y su familia siempre habían vivido en el campo, él y su hermana tenían la costumbre de vivir pegados a su madre. "Pero salí y como tú no sabes qué te espera, es algo que tú no defines, sí que fue importante el momento. Cuando me iba a subir al avión y miré para atrás, en ese momento vi que mi madre estaba llorando".

Desde ese momento y hasta que se volvió a reunir toda la familia en Miami pasó un año. Pero para la avidez de un niño, un año puede ser una vida entera.

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"Yo pensaba que mañana iba a ver a mi mamá, o que pasado mañana, pero ese día no llegaba nunca. No teníamos muchas noticias de Cuba, a veces era muy difícil porque cuando nosotros salimos de mi pueblo nos fuimos para la Habana con lo puesto, salimos a dar una vuelta y no volvimos más. Mi padre estuvo envuelto en acciones contra el régimen comunista, nos alojamos en la casa de familiares que ya habían salido de Cuba. Era una casa medio escondida, y nos decían que tratáramos de no salir tanto, que no fuéramos al patio, ni para la calle. Queríamos tener cierta privacidad, no sabíamos qué iba a pasar con la contrarevolución, muchos fueron al paredón y otros pudimos salir".

"De repente era un niño sin casa, sin escuela, sin pueblo. Hay cosas que uno trata de olvidar, o no las tiene tan vívidas, porque fue una etapa muy dura".

En Cuba no les quedaron casi parientes, todos los que pudieron se "regaron" -así lo dice Guillermo- por otros países.

"En cuanto a nosotros, tuvimos que hacer una vida muy disciplinada en los comienzos. Se alquiló una casita y recibió la ayuda que le daba el gobierno americano a los exiliados cubanos; 200 dólares al mes, y una lata de jamón, una lata de mantequilla de maní, ¡eran un montón de cosas buenísimas y nosotros nos las comíamos todas!".

En esos momentos el padre empezó a trabajar en una empresa relacionada con la industria cárnica, en una empresa que venía de Nueva York e iba a instalar una subsidiaria en La Florida, y a la misma vez, en Puerto Rico. En este país se instalaron las Fuerzas Armadas Norteamericanas y se consumía enormes cantidades de alimentos.

"Mi padre fue a Puerto Rico como proveedor de estos grupos de bases militares. Se armaba el contenedor en los Estados Unidos de todo lo que se consumía, que era muchísimo. Un día, a mi padre le dijeron que tenía que mudarse a Puerto Rico, porque el negocio iba muy bien y así fue como la familia García Lamadrid se instaló en la isla portorriqueña.

La vida en Puerto Rico

La familia García Lamadrid no pudo haber llegado a su nuevo destino en un día más indicado, casi premonitorio de cómo sería su vida en este país: lo hicieron el 23 de junio de 1963, el día de San Juan, en el que también se festeja el día de la Capital puertorriqueña.

Se trata de una celebración muy especial, donde no faltan los bailes, las flores, y demostraciones de la fe católica, mezcladas con rituales populares para la buena suerte.

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Guillermo y su familia pensaron que toda la vida en Puerto Rico era una fiesta. Si bien no se cumplió a rajatabla, porque debieron trabajar y mucho, el día de San Juan con sus bailes típicos y su colorido particular fue la puerta de entrada a una existencia muy distinta de la que habían llevado hasta ese momento.

Para Guillermo, Puerto Rico encierra los mejores años de su vida de adolescente. Entró en un colegio Jesuita, el colegio de San Ignacio, una institución educativa a la que era muy difícil ingresar, pero el jefe de su padre consiguió una recomendación del cardenal de Nueva York Joseph Spellman, y no solo fue admitido, sino que obtuvo una beca para estudiar. "Le tengo mucho cariño a ese colegio, sembraron en mi la necesidad de ayudar a la gente, tal y como lo enseñan los jesuitas", destacó.

Sin embargo, el chico que ya para entonces tenía 13 años no se quedó en casa solo a estudiar, también tuvo que ayudar económicamente porque no había dinero y menos para darse algunos gustos, como ir al cine. Para eso había que ser buscavidas. "Empecé a repartir periódicos por las mañanas, tenía una ruta de un periódico llamado The San Juan Star; también recorté patios -se refiere a trabajar como jardinero- esto era buenísimo porque me pagaban muy bien. Hice también algo de limpiar zapatos, pero no seguí porque no era hábil para eso y pagaban poco", cuenta mientras los recuerdos de esa niñez le hacen sonreír.

Desde ese momento, el trabajo marcó toda su vida. "En los veranos me la pasaba trabajando en lo que fuera, tiendas por departamentos, o donde pudiera conseguir. Fue parte de mi educación".

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El éxito del negocio familiar no tardó en llegar. La experiencia de su padre y su fuerza y deseos de salir adelante siendo inmigrante le sirvieron de trampolín de lanzamiento, sumado a que el negocio de la carne en Puerto Rico se volvió próspero.

Al mismo tiempo, el conflicto entre Cuba y Estados Unidos comenzó a ceder en intensidad. "El dueño de la empresa mandó a llamar a mi padre y le dijo, vente para los Estados Unidos que vamos a abrir otro negocio. Pero mi padre se negó. Su vida y la nuestra ya estaba arraigada en Puerto Rico". Entonces, su padre, que ya había tomado otros riesgos muy grandes en su vida, no lo dudó. Fue a un banco y pidió un préstamo para comprar la empresa, de la cual ya era el vicepresidente. El banco no solo no dudó en darle el préstamo sino que hasta se lo tenía preparado.

De empleado a empresario

En 1973 y luego de recibirse de licenciado en Mercadeo y Finanzas, Guillermo ingresó al negocio de su padre. Lo hizo, literalmente, desde abajo. "Me gradué un viernes y el lunes a las 5 de la mañana estaba trabajando".

En la compañía pasó por todas las instancias. "Mi padre no me dejó colgar ningún diploma, porque aquí los diplomas no hacen dinero, el dinero te lo vas a ganar tú", y así lo hice. Empezó limpiando baños, pasó por el almacén, descargó contenedores, manejó montacargas y camiones, fue vendedor y supervisor de ruta.

En ese periodo armó su equipo y eso es un talento nato que Guillermo reconoce tener. Facilidad e intuición para armar buenos equipos. De hecho, una de las actividades que más disfrutaba hacer en la empresa era escuchar y hacer de "psicólogo" con los empleados.

Eso mismo ha trasladado al 2022 y a la Bodega Lamadrid. "Desde Iris, la señora que trabaja en la cocina, hasta la persona que está en mi lugar cuando yo tengo que viajar, -y lo hago muy seguido- Víctor "Bubby Orsingher, tenga la seguridad de que los quiero y los trato a todos por igual, para mi son familia".

Si bien empezó desde muy abajo, enseguida su padre tuvo confianza para dejarlo al mando y salir a viajar. La compañía comenzó a exportar a toda Centroamérica, a los países que tenían permiso para recibir productos cárnicos portorriqueños.

Para cuando despuntaban los 80', tanto su padre como él tenían una fortaleza bien definida en la empresa, en cuanto a la personalidad y en cuanto a lo que quería hacer cada cual.

El sector de la carne lo siguió manejando el padre y él se dedicó a conseguir otros productos para diversificar el negocio.

"Me monté en un avión y salí sin tener idea de cuál iba a ser tu futuro, pero eso te da una clase de amplitud para pensar que el mundo entero es una oportunidad".

Lo que hizo fue adquirir todos los otros productos que van en el centro del plato. Fue a comprar pollo, pescado, cerdo, recorrió Estados Unidos, Europa y Asia, de punta a punta.

"Esta fue la enseñanza que me dio mi padre, mucha gente hace negocio por teléfono, pero para él lo mejor era ir a los lugares. Eso de estar cara a cara con la gente con la que uno hará negocios, que te vean , te conozcan y darles la mano, que sepan de ti, de tu historia, de donde vienes y que te interesa ir para adelante".

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Ya en 1985, el padre le dio a Guillermo una carta que todavía atesora y en la que le decía 'mira, este ya es tu negocio, vete armando tu equipo, vete desarrollando tu forma, porque tú eres el CEO pero yo soy el presidente y mando más que tú', lo decía para que yo supiera que él me apoyaba, porque si bien hizo mucho dinero, lo que mejor hizo fue seguir viviendo su vida, como a él le gustaba".

Su padre falleció en 1989, y desde allí, Guillermo se hizo cargo del negocio completo, que siguió creciendo. La prosperidad que obtuvo puede ser resumida en una frase de García Lamadrid "todo el mundo que comía, comía algo de mi firma".

A comienzos del 2000, las ganancias trajeron nuevas inversiones. Así fue como llegaron a Puerto Rico unos inversionistas americanos, de Boston y le hicieron una oferta para comprar la empresa. La oferta fue extremadamente buena, pero su experiencia como líder también les interesó a los americanos, y lo tomaron como socio, con una parte de las acciones a su cargo.

"Puedo jactarme de haber vendido el negocio dos veces. La primera me quedé con acciones, que los americanos después quisieron comprarme", y allí se desvinculó definitivamente.

Cómo ingresó al mundo del vino

Tras esa operación Guillermo recuerda que quiso tomarse unos días de descanso en una casa de verano, en República Dominicana, con su familia (su esposa y sus hijas). "Estuve tres días tirado al sol y dije, yo me pongo a hacer algo, sino me voy a morir, hasta me dieron palpitaciones". La familia, que ya lo conocía perfectamente, supo que había que apoyarlo. Junto a un grupo de amigos, que se reunían a comer asados al estilo argentino -ya que uno de los integrantes del grupo, llamado Ariel, es de este país- decidieron emprender un viaje a Sudamérica. Corría el año 2004 y se embarcó con estos compañeros a recorrer Argentina y Chile en un tour gastronómico y vitivinícola.

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A pesar de pertenecer a la industria de los alimentos, García Lamadrid no incursionó en el vino hasta el 2005, cuando compró su primera hectárea sembrada de vides en Mendoza.

A pesar de pertenecer a la industria de los alimentos, García Lamadrid no incursionó en el vino hasta el 2005, cuando compró su primera hectárea sembrada de vides en Mendoza.

"Primero estuvimos en Buenos Aires, nos quedamos unos días allí, comimos rico y tomamos vino. Luego viajaríamos a Mendoza y Chile a visitar bodegas". El motivo del viaje no fue otro que pasarla bien, pero el empresario quedó prendado de la Argentina y particularmente de Mendoza, sus paisajes y sus viñedos.

Al poco tiempo, estando Guillermo en uno de sus restaurantes llamado "Tierra del Fuego" llegaron a cenar Alberto Arizu y su mujer, Alicia, los dueños de Luigi Bosca.

"Ellos se emocionaron mucho al pedir sus vinos y ver que se los teníamos, hicimos una amistad inmediata y Alberto me propuso venir aquí, porque él me abriría todas las puertas. Al mes, ya estaba viajando. No soportaba más el retiro".

Lo que siguió fue una serie de casualidades: la persona que Arizu designó para acompañar a García Lamadrid resultó ser Víctor Honore, un ex compañero del Colegio San Ignacio de Puerto Rico, que incluso había compartido entrenamientos deportivos en la escuela.

La suerte de haber ingresado el día correcto al lugar indicado, y con la persona justa, volvió a repetirse . Ese hombre comenzó a ser su mano derecha en Argentina, desde que compró su primera viña, en el 2005, hasta el día de hoy.

En el 2007 adquirió el predio en donde se levanta la Bodega Lamadrid, un lugar de ensueño, elegido por Bodegas de Argentina para realizar el tradicional almuerzo de Vendimia el pasado marzo.

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Guillermo García Lamadrid observando el fruto de su tierra

Guillermo García Lamadrid observando el fruto de su tierra

Sin ser nativo del mundo del vino Guillermo se siente como en su casa. "En el tiempo en el que empecé aquí en Agrelo conocí a Héctor Durigutti, un joven que recién estaba empezando y estaba haciendo sus propios vinos. Los probé, me encantaron y le propuse que trabajara conmigo".

Actualmente, Durigutti trabaja por su cuenta pero sigue acompañando a García Lamadrid por una cuestión de lealtad a quien confió en él desde sus inicios.

En cuanto a los vinos que elabora García Lamadrid cuenta con el apoyo de una de sus hijas, Gabriela (tiene dos más: Nicole y Beatriz). Gabriela es sommelier y ha participado en la elaboración y aporte de ideas para algunos de los varietales.

"Definitivamente me siento muy envuelto en este negocio porque quiero que sea exitoso, me siento envuelto porque quiero que sea un poco como poner mi granito de arena para el crecimiento de Mendoza, a la que siento como mi propia casa, y si uno no lo impulsa, esto no sucede".