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Con esta la luna, la novela de Marcelo Guerrieri inspirada en el voto "no positivo" de Cobos

El escritor, antropólogo y docente Marcelo Guerrieri acaba de publicar Con esta luna, una novela que arranca con el "no positivo" de Julio Cobos

Con esta luna, la nueva novela del escritor, antropólogo y docente Marcelo Guerrieri, arranca justo la noche en que un trío de amigos y un grupo de taxistas están siguiendo, atentamente y con el corazón en la boca, por la televisión, en un bar de Buenos Aires ubicado en la avenida Córdoba, el desenlace del conflicto con el campo.

“Se pudrió la pumarola. Desempata el vice”, alerta uno los personajes.

Julio Cobos está por definir el partido. Está por emitir su famoso “voto no positivo”.

El ambiente alcanza un máximo de tensión.

“Desde la avenida, el murmullo de un auto que pasa cobra protagonismo en el silencio total que se ha hecho en el salón del bar”.

Esa escena, cargada de dramatismo y de implicancias sociopolíticas, da pie a un relato que luego va discurriendo por otros andariveles, por otros bares y rincones de la noche en Buenos Aires, con situaciones que rondan lo costumbrista, lo policial, lo erótico y hasta lo fantástico.

Guerrieri nos lo va explicando en diálogo con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-¿Cuánto del antropólogo hay en tu paseo por Buenos Aires a través de esta novela?

-Es indisoluble. En mi caso, la mirada del antropólogo está pegada a la del escritor. No puedo ni quiero separarlas porque se retroalimentan.

-¿Cómo es eso? ¿Cómo funciona en tu caso?

-La mirada de la antropología te entrena para poder prestar atención a las relaciones sociales, a las diferencias. Es el métier del antropólogo: aparecer en un lugar, estudiarlo, observarlo y ahí llevarlo, en el caso del antropólogo, a una investigación; y, en el caso de la ficción, a una novela.

-La trama va desarrollando, al mismo tiempo, la mitología de los cafés de Buenos Aires. Algo de eso hemos hablado con otros escritores como Martín Kohan y Marcelo Birmajer.

-Sí. Yo me crie en Lomas de Zamora. Vivo en la Capital hace casi 20 años y esto de los bares y los cafés es parte de mi vida, también. Es algo que disfruto y con lo que conecto. Y está dentro de la identidad del porteño y del argentino en general, de las ciudades. Algo más citadino.

-Afuera se siente distinto?

-Yo viví un tiempo en Europa y lo extrañaba mucho. Por ejemplo, en Barcelona o en Bilbao no estaba esa lógica de ir al bar a leer e instalarse.

-En tu novela sí que está.

-Claro. Al principio, los tacheros del relato se juntan en un bar, el Córdoba. Es el típico bar de Buenos Aires donde uno se sienta a leer y a pasar el tiempo. Y ese local se cierra. Entonces estos empiezan a buscar un sitio donde recalar. Y hay otro grupo de taxistas que se juntan en el bar de una estación de servicio.

-Cambio de escenario.

-Empieza a cobrar más protagonismo el nuevo lugar. Es ese tipo de bares anónimos que están en las estaciones de servicio destinados a la nada misma, donde uno va a cargar nafta, pasa un segundo y sigue.

-¿De dónde lo sacaste a este, específicamente?

-Está inspirado en un bar real donde yo hice un trabajo de campo para la facultad.

-Volvamos a los taxistas.

-Lo que hacían ellos era transformar un lugar anónimo, que usaban como parada de descanso, en un lugar lleno de vida e intensidad, lleno de relaciones sociales. Y eso es lo que me pareció interesante: cómo el espíritu y la necesidad de encontrarse en un bar trascienden el escenario mismo.

-Con un añadido muy simpático: ese grupo de tacheros es conocido como los Cinéfilos. Los tipos se sientan a ver películas y a analizarlas, como si fueran miembros de un cineclub.

-Sí, fanáticos del cine que se saben de memoria los parlamentos de los personajes. Es una parada de descanso la suya. Son taxistas de la noche. Se toman un café, charlan entre sí. Es el equivalente de lo que hace cualquier laburante en una fábrica, en un taller, en una oficina. Un espacio donde interactuar con los compañeros.

-Habiendo tantos cafés en Buenos Aires, tan tipificados y con tanta personalidad, ¿por qué el café de una estación de servicio?

-Está buena tu pregunta. Lo que prima ahí es el espíritu del porqué uno se junta en una café. Un escenario más común, más estereotipado, no mostraría tanto, por contraste, este espíritu, o sea, la relación de los que nos juntamos ahí.

-Algo no privativo, no exclusivo de los cafés…

-Claro. Eso puede reproducirse también en otros escenarios como en la sobremesa de un asado o en un encuentro en la calle. Está la mitología de Buenos Aires como telón de fondo, sí, pero lo que hay más atrás aún, lo más rico, es el juntarse con otros a contarse historias y a pasar el tiempo y a acompañarse en un espacio público.

-Totalmente. Has logrado sacar la esencia de esa relación, porque no hay nada más adocenado que un café de estación de servicio.

-Me pasó, también, porque era un espacio que yo conocía. Iba ahí de madrugada con algunos amigos porque, cuando estaba todo cerrado, era el único lugar que permanecía abierto.

-Vas rescatando, en la trama, ritos como los tocadiscos, el escuchar música en vinilo…

-Eso pasa en una escena en la que se junta un grupo de amigos a festejar un cumpleaños en una terraza. Son todos medio setentosos. Yo creo que la buena música no tiene época. Hay canciones y músicos y autores que trascienden. Estos personajes son melómanos. Y así como escuchan a Bill Evans escuchan a Frank Zappa o a Larralde, una cosa bastante ecléctica. Y lo hacen en vinilo. Es otro ritual, ¿no?

-Como mendocinos nos llama mucho la atención que arrnqués tu libro justo en la noche del “voto no positivo” de Julio Cobos.

-En realidad, esa escena fue la que me impulsó a escribir este texto.

-¿Por qué? ¿Qué te movilizó?

-Esa época, durante el llamado conflicto con el campo, me parece de una potencia narrativa, simbólica, enorme, de cuestiones ligadas a nuestro imaginario nacional. La tensión campo-ciudad, peronismo-antiperonismo, civilización-barbarie. Todo eso estaba condensado en aquellos días y, a la vez, de manera escenográfica, dramática.

-Un momento de gran riqueza para un antropólogo…

-Las marchas a favor del campo en la ciudad eran una cosa que parecía extraña, pero, si uno raspa un poco, tiene que ver con ideología, con la manera en que se identifican a veces los sectores medios urbanos más allá del lugar de pertenencia. Y, de pronto, los actos en Plaza de Mayo, los actos del campo al lado del Monumento de los Españoles, con la carga simbólica que eso tiene; la votación en el Senado, el empate y el voto en contra del propio vicepresidente. Díganme si todo eso no conforma un escenario superpotente.

-Eso te dio el pie para la novela. ¿Cómo fue el proceso de continuarla?

-Me dije: quiero hacer algo con esto. La primera escena reproduce esa situación de la votación ante dos grupos de taxistas antagónicos. Arranqué y no sabía adónde iba a ir. Pero ahí está el motivo central de la novela. Es decir, no lo político sino lo antagónico, que se reproduce en personajes, en ambientes. Lo político pasa a ser marco y no centro.

-Hay un trío de personajes que conforman el eje del relato: Moreira, Andonaegui y el Gato. ¿Moreira sos vos?

-No. Hay algunos rasgos…

-Digo, porque es un investigador que hace sus estudios en el café… Se te parece mucho.

-Siempre pasa que uno toma elementos de la experiencia y los lleva a la ficción. El menos en mi caso, nunca soy yo en algún personaje, sino que, de repente, hay algunos elementos que me permiten hacer pie y construir el verosímil.

-¿Y cómo es el caso específico de Moreira?

-Es un estudiante de antropología. Ahí sí hay un montón de conexiones conmigo, obviamente. Pero, después, todo lo que pasa es ficción. También hay elementos míos en otros personajes. Cuando uno construye ficción hace eso.

-Además, desde la cita inicial que acompaña al título, ligás el personaje al Moreira de Leonardo Favio. ¡Otro mendocino!

-¡Era para que me entrevistaran desde Mendoza! (risas). A ver cuándo me invitan.

-Será un gusto, cuando se pueda.

-El Moreira tiene que ver, en primer lugar, con mi admiración por Favio. Me parece un autor increíble, fascinante. Sobre todo, por su apuesta pues, desde lo popular, construye una poética compleja, atractiva, interesante. Todo el que vio a Favio y sabe de cine o disfruta del arte, no puede más que fascinarse.

-Pero no se agota ahí la intención de la cita, ¿no?

-Hay algo de homenaje, como dije, pero también hay elementos de Favio que me sirven para traer a la novela.

-¿Cómo cuáles?

-Me gusta pensar todos los discursos de la cultura popular, dentro de los que están el cine, la música o la literatura, obviamente, como elementos para tender puentes con el lector. Entonces, algunas escenas de películas, algunos fragmentos de canciones, traen todo un clima, toda una simbología, que vienen a sumar a la trama.

-En todo esto de la cultura popular tus personajes oscilan, grosso modo, entre Favio y Roberto Arlt. Tienen bastante de Los siete locos.

-¡¿Vos sabés que sí?! Y es algo que empecé a descubrir después de publicada la novela, aunque parezca mentira. Bueno, hay cosas que uno las tiene tan incorporadas que no las hace en forma consciente.

-Exacto. En algún momento se recita textualmente a Roberto Arlt.

-Sí. Hay una escena de Los siete locos en la versión de Torre Nilsson. Por otra parte, me hacían notar que son siete los taxistas, que hay uno personaje muy místico que se puede asociar con el Astrólogo… Hay unos elementos de la Buenos Aires marginal, también. No lo hice de forma consciente. De la misma forma que hay otros autores que yo mamé y admiro.

-¿El personaje místico es el Gato, que ve el aura de las personas, o el gordo chamán?

-Los dos. El gordo chamán es Trompita, un personaje que quiero mucho. Tiene una cosa medio ligada a la tierra, muy carnal, que los putea y que, a la vez, conecta con el I Ching, con los sellos mayas. Es una especie de oráculo que consultan los taxistas y que vive en una cuevita en la estación de servicio.

-A partir de la cita inicial del Juan Moreira juntás la noche, los taxistas y los cafés. Como antropólogo, ¿creés que la identidad de Buenos Aires, esta ciudad tan distinta en el mundo, se encuentra en esos tres elementos?

-La identidad de una ciudad es tan compleja que no se puede definir desde un lugar único. Hay grupos que la viven de una manera, otros de otra. Hay algo que circula todo el tiempo dentro de esta idea de la ciudad: la cuestión del anonimato. Las grandes metrópolis lo tienen como identidad. Y un poco lo que pasa en mi novela es que eso se quiebra.

-¿Para transformarlo en qué?

-Hay algo de relaciones sociales más ligadas a lo suburbano o a lo rural, como el encontrarse, el tomarse el tiempo, que están incrustadas en un espacio que naturalmente no sería para eso. Por lo tanto, como decía antes, hay una tensión entre campo y ciudad; entre lo citadino, que es absolutamente intenso, que no para y que durante el día pasa desapercibido, y la noche, donde aparecen otros tiempos, otra identidad que permite ciertos encuentros diferentes.

-Hay un trasfondo sociopolítico en tu novela. ¿Vos creés que nuestro problema social, político, cultural, tiene una salida? ¿Cómo ves la realidad profunda del país, que vive en una crisis permanente, con temas económicos que han sido solucionados, técnica y teóricamente, hace 40 años?

-Nuestro país no es una excepción dentro de la disputa entre el capital y el trabajo, en términos muy generales, y con las variantes que tiene el capitalismo en cada época.

-¿Pero cómo afinamos esa mirada apuntando a la Argentina?

-Aquí es la tensión entre un país rico en términos de recursos y de capital humano, pero donde hay un problema de distribución enorme. El problema de la pobreza se explica por la riqueza, no por la escasez. No es un país escaso. Es un país que está mal distribuido. Y hay proyectos políticos que tratan de revertirlo. En algunos momentos avanzan, en otros retroceden. Eso es así. Va a ser así hasta que estalle el capitalismo y cambiemos el sistema.

-Otro ingrediente de la novela, que le da un toque muy particular, es la irrupción de lo fantástico, que nunca se sabe bien si ocurre de verdad o solo está en la cabeza de los protagonistas.

-Sí. Es algo que me interesaba trabajar. El género fantástico me fascina. Desde la irrupción de lo sobrenatural o lo extraño en el realismo, lo real es más real. Aquello que no se puede explicar, que el realismo reduce o ignora, el género fantástico lo pone en escena. Es decir, me gusta pensar lo fantástico como un realismo ampliado.

-Contanos cómo lo introdujiste en la novela.

-En esta novela es central. Hay un personaje que no se sabe si tiene características sobrehumanas o no. Todo el tiempo eso está en duda. Y en un momento se da un pie hacia algo más allá. Me paro en otro género. Me corro de lo fantástico y paso a lo maravilloso, en donde lo sobrenatural se hace presente.

-¿De dónde te viene esa visión de que, por ejemplo, el realismo mágico en realidad es realismo bien descripto?

-Tiene que ver con la mirada que fui construyendo a lo largo de mi vida y donde el arte tiene gran importancia, lo mismo que la antropología. Si te ponés a pensar, un tipo como Cortázar te decía esto mismo. Cualquier escritor del género fantástico explora y tiene su visión conceptual sobre eso.

-¿Cuál es la postura de Cortázar que rescatás?

-Cortázar era muy claro en eso. Decía que, en la realidad, como nosotros la nombramos, hay un montón de agujeros que no se explican y el fantástico viene como a completarlos.

-¿Y la mirada del antropólogo?

-La antropología ve cantidad de otras culturas, más allá de la occidental, para quienes la realidad es algo absolutamente distinto respecto de lo que nosotros pensamos. Por ejemplo, había sociedades para quienes las plantas eran hermanos. Como uno puede pensar un hermano de sangre.

-¿Entonces?

-Entonces, cuando ves cómo la realidad es tan maleable en función de los valores que se comparten en una cultura, uno puede poner todo el tiempo en duda lo real. Siempre es un discurso desde el poder lo que se considera lo real, más allá de las cuestiones físicas, por supuesto, como la realidad de una piedra que cae. Es algo desde lo cultural.