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Escoleosis, la columna torcida de Ariel Robert

La soberanía, así en la Tierra como en el Cielo, está constituida de palabras, madres e hijas del pensamiento

Por UNO

El verdadero exilio es habitar otra lengua, decía la crítica literaria Gabriela Borrelli Azara. Contundente.

Hoy, debido a la globalidad y al desarrollo extraordinario de las comunicaciones, el exilio puede ser involuntario y en el propio lugar de residencia. O sea, aquello de que la única verdad es la realidad se relativiza, esto dicho sin la mínima intención de debatir sobre la máxima de Perón.

Un niño que en su primera infancia está impactado por varias horas de televisión, si por decisión familiar, por azar o accidente está expuesto a señales provistas por las cadenas internacionales, seguramente podrá emocionarse en su juventud cuando vea flamear la bandera de rayas blancas y rojas horizontales y una cuantas estrellitas blancas sobre un rectángulo azul ubicado arriba a la izquierda. Y no deberíamos culparlo si cuando crezca dude sobre la inexorable existencia del sol sobre la nuestra, la enseña nacional (Argentina, debemos consignar).

Así como las imágenes se incorporan sin decisión, las palabras -en otro idioma o acaso en otro dialecto- penetran y nos van constituyendo. Sí, tanto como eso. Somos la consecuencia de las palabras.

¿Qué es mejor? ¿muro o pared?

Ambas nos llegan desde el latín antiguo. Y funcionan como sinónimos perfectamente, pero según los antecedentes, muro tiene su primer origen en "construir" y pared en "dividir".

Sin que podamos definir bien los por qué, en Argentina, utilizamos de manera mucho más frecuente la palabra pared que muro, y aunque debido a sus orígenes pared serviría mejor para los interiores y muro para el exterior, aquí solemos no hacer esa distinción.

Llamarle confusión sería impropio, porque su ubicación no es determinante para nombrarla de una u otra forma, pero sí es interesante deducir cuándo solemos utilizar una y cuando otra.

Intendentes ignorantes, funcionarios precarios intelectualmente y algunos ingenieros civiles indolentes, suelen estropear, destruir y también ocultar hermosas y potentes manifestaciones de artistas plásticos. Así es como ocurrió alguna vez con la obra que estaba pintada en la pared Sur en el edificio del Instituto Nacional de Vitivinicultura; también "blanquearon" algunas expuestas debajo de puentes, y desaparecieron, por ejemplo, dos hermosas obras de Ricardo "el Gringo" Embrioni . Una en lo que fue el edificio del Diario Mendoza, de espaldas al café del ACA y la otra en el legendario café Bomarzo, en la esquina de Rivadavia y San Martín, hoy Liverpool, vaya diferencia denominativa.

A esas obras, hayan sido realizadas por jóvenes inspirados e ignotos o por artistas consagrados como el mexicano Diego Rivera, las llamamos mural y para eso no existe siquiera un tímido sinónimo.

De la misma manera, cuando la pasión política popular proponía (extraña y antigua interpretación de hacer justicia) "paredón, paredón para todos los milicos que vendieron la nación", a nadie se le hubiese ocurrido decir "muralla, muralla" .No obedecía sólo a una cuestión de rima fonética. Paredón designaba claramente el lugar adonde se fusilaba a los condenados (a veces con juicio previo, la mayoría sin posibilidad de defensa).

¿¡Qué tiene que ver?!

Desde que definieron en Estados Unidos que Donald Trump sería el presidente, hemos visto, leído y oído bastante sobre la promesa del mediático empresario en relación a la construcción del "muro".

Toda la intelectualidad de acá, de allá y del más allá ha destilado millones de palabras para denostar la idea y al autor de la misma.

Que aquí, en el extremo Sur del continente, hablemos de aquél proyecto, se debe a dos cosas: a que solemos mirar más a los lejanos vecinos que a los más próximos, y que estamos invadidos por los medios (incluidas redes, diarios, televisión, radios) que producen en aquél soberano país, tan parecido a un imperio clásico.

¿Ficción o realidad?

La dificultad -cada vez más profunda- para distinguir entre las instancias de realidad y ficción no nos justifica para que convirtamos la una en otra debido a la ausencia de conocimiento. Lo del muro no es una amenaza para nosotros, como tampoco una oportunidad.

Sería oportuno recordar (o adquirir la información correcta). La frontera actual entre México y Estados Unidos es de 3057 kilómetros. Seis estados mexicanos y California, Arizona, Nuevo México y Texas en el norte.

Antes de Trump, otros varios iluminados presidentes y gobernadores fueron construyendo un "muro" que hoy tiene 1126 kilómetros de extensión. No virtual, físicos. Vallas. Cercos electrificados. Muros, también, claro. Patrullajes de 24 horas. Millones de dólares. Completar lo que falta sólo puede argumentarse en un acto simbólico o en algún negocio con alguna cementera por algunos dirigentes que, comprobando ya la ineficacia casi absurda de los límites físicos, insisten. E insisten en que sus conflictos siempre, de manera ineluctable, son "culpa de los otros". En eso nos parecemos y bastante.

Mirar a la distancia es más que televisión.

Con la precaución que toda buena decisión y medida de nuestro gobierno nacional actual requiere (por su inclinación al arrepentimiento), celebro que la ENACOM, entidad que regula los medios de difusión, por fin, haya instado de manera enfática a la única, monopólica, hegemónica y privilegiada empresa de televisión satelital paga, para que suba a su grilla las señales de los canales de televisión de aire de las provincias argentinas.

Esto, más allá del interés particular que cualquier podría endilgarme y no se equivocaría, responde a algo que hace a la soberanía. Sí. A la de los estados provinciales, pero también a los de la Nación.

La exclusión de nuestras señales locales en esa grilla ha provocado enormes perjuicios económicos a las empresas de televisión locales, pero mucho, muchísimo más relevante es que las sociedades de cientos de localidades, no sabían si abrigarse con 40° Celsius, y si iban a disfrutar de un feriado largo el 4 de julio.

Independencia.

Podría sonar exagerado, excepto se piense y analice su verdadera dimensión y alcance.

La Independencia hoy depende de la construcción de un discurso propio, mediado y no mediado, que ponga en conocimiento público, lo que ocurre aquí pero además, lo que aquí hacemos.

Desde todas las disciplinas y en todos los ámbitos, la independencia ya no en términos bélicos ni heroicos, se sustenta en habitar nuestra propia lengua, distinguir nuestros paisajes y generar hechos tangibles e inmateriales que nos identifiquen, que nos reúnan, que nos amiguen con nuestra Argentina y esencialmente, entre quienes la vivimos con intensidad.

FUENTE: borrar

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