"¿Cómo quisiera morirme? Sin causar molestias a los demás".
Así contestaba José Genoud parte del cuestionario publicado en la sección De puño y letra de la revista mendocina Primera Fila. Corría agosto de 1992 y Genoud no era Genoud. Era El Pepe. Quienes lo conocieron profundamente asociaron aquella declaración pública con la decisión de quitarse la vida en su casa de la Quinta Sección durante la noche del 25 de septiembre de 2008.
La maldita enfermedad había vuelto, justifica hoy, once años después de la tragedia, parte de su círculo íntimo. A pesar de la extirpación del tumor, más allá de las sesiones de quimioterapia y de los tratamientos en renombrados centros médicos del exterior.
La maldita enfermedad había sido consecuencia directa del estrépito y el escándalo por las coimas en el Senado nacional, episodio político y sindical del 2001 que marcó el comienzo del fin de la Presidencia de Fernando De la Rúa.
En febrero de 2007, el juez Daniel Rafecas elevó a juicio oral y público la causa por cochecho contra Genoud, Alberto Flamarique (ex ministro de Trabajo de De la Rúa), ex legisladores nacionales peronistas, el ex SIDE Fernando De Santibañes y Mario Pontaquarto, ex asesor y denunciante arrepentido.
Sin embargo, el ala política sigue abonando otra teoría, distinta, como desencadenante de la tragedia. El Pepe sabía que nada debía preocuparle del juicio de las coimas: él se mató por otra cosa. ¿Por qué? ¿Por la maldita enfermedad? No. Por una profunda desilusión. Personal. Un engaño artero. Una traición imposible de sobrellevar, repiten con la voz quebrada por la ausencia del líder, del referente. De esa especie de padre. En la política. Y en la vida.
Aquel 25 de septiembre de 2008 era jueves. A las 23.47, la edición papel de Diario UNO ingresaba a las máquinas rotativas. La histórica redacción de Pedro Molina 345 de Ciudad lucía despoblada hasta la mañana siguiente.
El jefe de Cierre y un diseñador gráfico fueron los últimos en irse. A bordo del mismo auto, atravesaron el centro rumbo a Guaymallén.
Conversaban de cosas de la vida. De las travesuras del hijo de 3 años del primero y de la debilidad por los juegos en computadora del segundo. Hasta que el Nokia N85 del periodista sonó interrumpiendo la conversación.
¿Sabías que se suicidó José Genoud? -preguntó la voz de una informante del otro lado de la línea.
Los próximos quince segundos fueron todo vértigo: el remís dio un volantazo para volver a la redacción y comenzó la etapa de verificar si semejante información era cierta. Dos llamados fueron suficientes para saber que sí.
De pronto, José Genoud -El Pepe- primer vicegobernador de Mendoza desde el retorno de la democracia, senador nacional por Mendoza durante 15 años y oportunamente tercera autoridad del país en la línea de sucesión presidencial, se había matado en su propia casa de calle Paso de los Andes casi Emilio Civit.
Era el mismo José Genoud que terminó políticamente hundido. Marcado por el caso de las coimas en el Senado. Por aquello de la ley de flexibilización laboral aprobada a fuerza de la tarjeta Banelco, según la versión de Mario Pontaquarto. Porque el radicalismo tocaba las puertas del infierno. El radicalismo que él tanto amaba. El de Balbín. El de Mathus Escorihuela. El de Alfonsín. Aun el de Felipe Llaver.
Y todo eso estaba por publicarse, con fotos y testimonios del momento, en la nueva versión del Diario UNO del día siguiente. Entonces, las rotativas debieron detenerse para dar lugar a la noticia, que sería de impacto nacional.
Luces de alerta
Hay quienes juran que sabían que Genoud iba a morir un día por mano propia. No solo por aquello de morir "sin causar molestias a los demás" de 1992 sino porque durante su larga carrera había valorado y pregonado suicidios famosos asociados a la honorabilidad.
Como el de un ministro francés acusado de corrupción cuya inocencia quedó demostrada tiempo después de la dramática decisión.
Que Genoud hubiera sido "extremadamente calentón", como recordó un amigo, también hacía previsible el desenlace. Que el político radical tuviera armas de fuego a la mano, también. Como la de calibre 40. La última que usó en la vida.
El horror
El peronista Carlos Ciurca, ministro de Seguridad, confirmó la muerte de Genoud a periodistas y fotógrafos apostados en la vereda de Paso de los Andes al 1.000.
Liliana Curri, por entonces fiscal de Capital, tuvo a su cargo la investigación judicial, que incluyó la recolección de pruebas y testimonios más el relevamiento de la escena del crimen, incluida la incautación del arma homicida.
La versión de la esposa, Rosita Latino, única persona que estaba con Genoud aquella noche, sirvió para confirmar que el drama sucedió después de la cena, cuando él se encerró en la habitación matrimonial.
Estaba furioso. Alcanzó a llamar a Nelson Reynoso, amigo y colaborador entrañable. Le anticipó el final. Le contó el motivo. A los gritos. Y le pidió que no tratara de evitar lo inevitable. Pero Reynoso voló desde Carrodilla hasta la Quinta Sección para interponerse entre Genoud y la muerte. Para salvarlo y convencerlo de que había que seguir adelante. A pesar de todo. Pero la muerte pudo más.


