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Un Centro para Víctimas de Violencia de Género

Cuando todas las puertas parecen estar cerradas, encontrar una que se abre y nos cobija es esperanzador. Eso sienten las mujeres que son o han sido víctimas de violencia de género. Aquellas que encontraron en el Centro Chiara Luce una puerta que se abría, una oportunidad.

Este centro, de Fundación Accionar, está ubicado en y trabaja con mujeres víctimas de violencia de género de toda la provincia, e incluso de provincias aledañas. En él, las mujeres aprenden a conocerse, a valorarse y a vivir.

El espacio donde funciona fue donado por el Programa Vendimia Solidaria, de Fundación Grupo América, a través de su presidente Daniel Vila.

En un comienzo el lugar se pensó sólo como un refugio, pero luego se fueron dando cuenta de todo lo que se podía hacer allí. "Entonces, se le hicieron algunas modificaciones. Y todo eso también fue gracias a Vendimia Solidaria", comentaba Vilma Jilek, directora del Centro.

Al desarrollar su actividad veían como se naturalizaban ciertas formas negativas de relacionarse y de convivir. Así, empezaron con un trabajo preventivo, de asistencia psicológica, asesoramiento legal, y asistencia social. Comenzaron trabajando con toda la familia.

Por esto, además de trabajar con las mujeres, dan apoyo escolar a los niños de la zona, tratando de llegar a las familias para prevenir, reforzar y mejorar los vínculos dentro de la misma.

Las personas víctimas de violencia, tienen su sistema de defensas operativas muy débiles. Están inmersas en un gran proceso de dependencia, de recibir y aceptar órdenes, y no logran ver ese control exacerbado como algo negativo.

Son mujeres que "por lo general han perdido iniciativa, motivación, y tienen grandes temores. Son influenciables y están muy desorientadas, con grandes dosis de incertidumbre como para asumir una actitud firme ante su realidad. Tienen mucha soledad, han ido perdiendo contactos sociales, familiares y amistades. Existe una pérdida de equilibrio emocional, están siempre al borde. En muchas situaciones, yo te diría en casi la mayoría de las situaciones quienes dan la fuerza para empezar un tratamiento son los hijos" señalaba Vilma Jilek.

Cuando llega un caso nuevo a Accionar, una psicóloga realiza algunas entrevistas hasta poder establecer el nivel de violencia en el que vive la mujer. Luego se hace un diagnóstico y se distingue entre tres niveles de violencia: leve, grave o extrema.

La primera es cuando las mujeres están inmersas en situaciones disfuncionales y no cuentan con las pautas de conducta necesarias para superarlas. Hay una disposición para el cambio, donde la mujer pide ayuda. Es el único caso en el que aisladamente se puede trabajar con ambos miembros de la pareja.

Luego están las situaciones graves, donde el agresor no coopera porque no tiene conciencia de lo que está pasando, minimiza las situaciones del día a día y se va instalando como habitual una violencia que va en aumento. Empieza con una desvalorización, un ninguneo, una humillación de la persona. La que a su vez está cada vez más débil, más sometida y con más culpas. Se cae en la violencia física y en la mayoría de los casos también en la violencia sexual y el sometimiento económico.

Finalmente, están los casos de violencia extrema donde la problemática compromete la vida de la mujer, terminando muchas veces en . "Hay detrás de esto, una situación deliberada, macabra, de no querer o no poder ver la realidad. Y además querer seguir adelante con la situación por parte de la víctima", enfatizaba Vilma.

De acuerdo a la complejidad de la situación es el equipo interdisciplinario que actúa, y el tiempo que lleva el tratamiento. Siempre respetando los momentos de la paciente.

Finalmente, cuando ya empezaron el proceso de cambio se las acompaña para ir participando en otros espacios, para trabajar nuevas redes de contención social, familiar y laboral. "Se las ayuda a ver las potencialidades que tienen para el estudio, el trabajo, para crecer como ser humano. Es la etapa de fortalecimiento y apunta siempre al empoderamiento de la mujer y a la no victimización de la misma. Lo importante es ver que todas son capaces de ayudarse y ayudar a otras", explicaba la Directora del Centro.

Para Vilma Jilek "todo esto no se podría hacer si Vendimia Solidaria no hubiera creído y continuara creyendo en nuestro proyecto. Por eso tengo una gran admiración por Daniel, por esa capacidad de convocar a la gente para que colaboren. Porque hay que tener tiempo, ganas y una motivación altruista importante".

Un caso. Una vida

Liliana González, se crió en el desierto lavallino. Terminó sus estudios en la ciudad de . Tiene 53 años, y una linda familia. Es madre de cuatro hijos y tiene dos nietas. Pero nunca fue empoderada, elogiada, valorada.

Liliana fue víctima de violencia de género.

Su vida no fue fácil, sufrió mucho, lloró aún más. Sin embrago, hace unos años, tras una pelea tomo coraje, el que le imprimió uno de sus hijos y luego de denunciar a su pareja, se acercó a Fundación Accionar. "Mis hijos me dieron ánimo para denunciar. Yo no me animaba. Trate mucho de salvar el matrimonio pero no pude, mis hijos me ayudaron a dar el primer paso. Estuve 23 años con él, siempre hubo violencia" describió Liliana.

Ella no tenía quien la escuchara, o no sabía con quien hablar. "Él siempre me decía vos sin mí no sos nadie. No vas a poder. Y pude", remarcó esta valiente mujer.

Así, comenzó su tratamiento, se separó y sólo se dedicó a trabajar. Cuando creyó haberse recuperado conoció a otra pareja y tuvo una recaída. "Volví a elegir mal. Él me fue cerrando el círculo y perdí todo. Me fue aislando, se ponía celoso de mis hijos. Hasta que le dije que me iba, y me golpeó. Estuve tirada inconsciente durante horas. Nací de nuevo", comentó Liliana.

Su tratamiento fue un proceso largo, que consistió en conocerse y descubrir sus cualidades "Yo aprendí a hacerme valorar, a tener mi carácter. Ahora me veo bien, hice un cambio en mi vida, volví a ser yo. Trabajo para mí y mis hijos", sostuvo Liliana.

Se trata de conocerse desde otra óptica, de hacerse consciente de lo vivido y no guardar rencores. En llegar al fondo de la problemática para no volver a repetir su historia. En buscar sus sueños y luchar para conseguirlos.

Hoy, Liliana ya no es una víctima. Es la protagonista de su propia historia. Se arregla, trabaja, aprende, viaja, y disfruta de la vida.

Tiene problemas, como todos, pero encontró en ella la fuente inagotable para hacerles frente. Tiene coraje. Tiene ganas y sobre todo tiene sueños por cumplir.

Sabe que cuenta con toda un red de profesionales y de mujeres que han pasado por lo mismo y que están dispuestas para cuando ella los necesite.

Ella misma ayuda a otras mujeres a salir adelante, es parte de la etapa final de su tratamiento. Demostrarse que es capaz, que puede. Que siempre hay otros caminos. Que este es sólo el principio de un montón de cosa nuevas por vivir. Que sólo tiene que mirar hacia adelante.

Ella dice a quién quiera oírla "he avanzado mucho y voy por más".

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