Si llega el fin del mundo, que me encuentre aquí… al pie de la cordillera frontal, con el solcito en lo alto, algo de nieve entre los yuyos, vacas a lo lejos, silencio campestre, el viento que golpea la cara, una copa de vino en la mano y fuego en la parrilla. Que me encuentre aquí, en la estancia Wamani de San Carlos, Mendoza.
Esa de 32.000 hectáreas que un grupo de magnates tecnológicos compró allá por 2023 y que, según el propio dueño mayoritario Martín Varsavsky, será su refugio de paz cuando el hemisferio norte no pueda escapar de la Tercera Guerra Mundial.
No hay un búnker subterráneo. Tampoco uno antiaéreo. Pero el aire es diferente. Y se respira mejor.
La inmensidad del campo, los animales que te miran con curiosidad y los picos de casi 5.000 metros, que esconden su color chocolate en el blanco nevado, te hacen sentir especial. Porque el lugar lo es. Porque sabés que solo algunos privilegiados tienen esa vista. Y porque te dejás llevar para quedar envuelto en una vida agreste que corre a su propio tiempo, uno muy diferente del que corre en la city.
Lucía, Camila, Luciano y Martín nos recibieron en la estancia mendocina de la que habla el mundo… y esta es la historia (un pedacito).
El campo del fin del mundo, en Mendoza
Son las 12. El sol calienta nuestra espalda. El camino es de tierra, pero está impecable. Es el que va a la Laguna del Diamante, saliendo de Pareditas. Todavía quedan vestigios de la última nevada al costado de la ruta.
Tomamos la Ruta Provincial 101. Esta ya es de ripio y tiene unos cuantos serruchos, pero en camioneta ni se sienten. “Antes estaba mejor”, nos cuentan. Es la que nos dejará en la estancia de Varsavsky, un capo tecnológico que nació en Buenos Aires hace más de 60 años y vive desde los 16 en el exterior.
Camino adentro pasamos otros puestos. Les damos permiso a las vacas para que crucen sin miedo. El arroyo viene bien cargadito. Acá, ya parece primavera. Unas lomas nos tapan la nevada cordillera. “Bajando los caracoles está la estancia”. Y ahí vamos.
El cambio energético ya se siente. Estamos inmersos en la montaña; en campos que quedaron aislados con la llegada de la nueva Ruta 40. Ni siquiera hay señal de teléfono.
“Wamani es un destino remoto en San Carlos, Mendoza, al sudoeste de Pareditas”, dice la página web que lo promociona.
Y así es. Y hasta se puede llegar en avión privado o helicóptero.
Un rancho remoto para escapar del mundo
“La Argentina toda es un refugio”, dice Varsavsky, partiendo no solo de las experiencias pasadas de la primera y la Segunda Guerra Mundial, sino también de que es el bien llamado granero del mundo.
Y 32.000 hectáreas casi vírgenes rodeadas de un paisaje paradisíaco, vaya si lo son.
Pero en los tiempos en que no son aprovechadas por sus millonarios dueños, funcionan como un atractivo proyecto turístico que desde principios de 2026 comenzó a recibir huéspedes; en su mayoría estadounidenses y españoles cercanos a Varsavsky.
El empresario argentino hizo buena parte de su vida en Estados Unidos y ahora está radicado en Mallorca, España. Su esposa es alemana. Sus hijos, españoles. Es reconocido mundialmente por crear un unicornio cada un lustro. El último está enfocado a la fertilización asistida. Y ya está trabajando en su próximo proyecto.
Compró la estancia a distancia. Sin conocerla. Y cuando llegó por primera vez, enloqueció. "Nunca vimos a Martín tan entusiasmado con la compra de una propiedad", cuentan quienes lo conocen.
Del desarrollo también forman parte otros cuatro empresarios tecnológicos, pero solo uno de ellos viajó hasta San Carlos. El enamorado del proyecto es él.
Cuatro mendocinos en una estancia lejos de todo
“Acá todos los días son domingo y todos los días son lunes”, dice con sabiduría Martín Salcedo, un campechano que vive en la estancia. Hace los mejores asados –literal-, se ocupa de los animales, guía las cabalgatas y conoce este campo de memoria. Porque no es cualquiera: es uno de los dueños anteriores del puesto.
Desde chico, solía acompañar a su padre en los viajes a San Carlos cada 3 o 4 meses. En la pandemia su vida dio un giro y terminó afincándose en la estancia. Tras la muerte de su papá, junto con sus hermanos decidieron poner en venta el campo… ese campo que sigue siendo su lugar en el mundo.
El otro que pasa casi 24/7 en la estancia Wamani es Luciano, un sancarlino egresado de escuela técnica que se da maña para todo. ¿Hay que arreglar el generador? Él sabe. ¿Hay que arreglar el techo? Él sabe. ¿Hay que meterse campo adentro con la camioneta? Él lo hace. ¿Hay que palear nieve? Más vale.
Es sub 30, como Cami y como Lucía; que son amigas y también sancarlinas.
Camila ama la naturaleza. Es guardaparques. Sabe de montaña… y también de diseño, de idiomas y de cocina. Un combo ideal para este mini equipo de trabajo que sostiene la estancia y recibe turistas, mientras los dueños hacen su vida en el Norte.
Lucía es la encargada del lugar, pero también –principalmente- es la que hace la magia: es la arquitecta que comanda y hace realidad los proyectos que desde miles de kilómetros va soñando Varsavsky.
Los 4 son parte de la esencia del lugar, de su encanto, de la experiencia. Comparten sus días junto con los huéspedes y están en cada detalle. Juegan de local y se nota.
Vida al natural en un refugio de montaña
El frío es crudo en el invierno y en verano, la temperatura no supera los 30 grados. El sol quema, pero el viento no cesa. Solo los arriesgados se meten al arroyo que atraviesa el campo con su agua helada.
De día, caballos, comida tradicional, caminatas por la montaña, aventura en quads o en bicicleta. De noche, el placer hecho cielo. Frazada, fogata y estrellas.
Wamani es entregarse y dejarse llevar. Aún con Zonda, aún con nevadas. Aquí, la naturaleza manda.
El casco principal de la estancia cuenta con un gran espacio común. Allí se cocina, se come, se comparte. Todo está a la vista. De cara a los cerros, en dos construcciones, las habitaciones. Sencillas, campestres, para 12 personas. Entre ellas, la galería en la que todo pasa. La que a un costado tiene la parrilla, la que al oeste tiene un paisaje soñado, la que te invita a la sobremesa eterna y la que, entre charla y charla, te hace sentir como en la casa de tus abuelos.
Aquí no hay luz eléctrica; hay energía solar con una batería de litio y, como back up para cuando es necesario, un generador.
Sí hay internet satelital. La llegada de Starlink cambió la forma de comunicarse de los puesteros de la zona, que hasta hace poco solo contaban con handy.
También hay una estación meteorológica que mide desde la radiación del sol y la velocidad del viento hasta las precipitaciones. Es clave también para la utilización de la pista de aterrizaje de la estancia.
Desde aquí hay 13 kilómetros hasta el pie de la montaña Wamani, así bautizada por los estancieros. Uno de los próximos objetivos es armar allí un espacio para que los amantes de la aventura puedan acampar.
Pero la joya de Wamani está un poco más al noroeste… entre dos quebradas, a la vera del arroyo Cortaderas…
En el camino nos topamos con dos refugios de montaña. Están hechos de barro y pasto. Hace décadas que están en el lugar y hasta una familia vivió por años en uno de ellos. Lucía los está refaccionando para que también puedan ser utilizados por los dueños y turistas. Estufa a leña, silencio, fogonero y aventura asegurada en proceso.
Seguimos en camioneta. Ya son casi las 6 de la tarde y el sol empieza a esconderse entre las montañas. Ahora sí… El sonido del agua río abajo es todo. Se ve una plataforma de madera y en ella 5 domos resistentes al frío.
Las camas dan a una pequeña laguna que hoy está congelada. El domo principal es el espacio común en el que Camila enseña a los turistas a hacer sopaipillas.
Vino, comida rica, música, naturaleza, aire puro, agua, paz. Y mientras tanto, Lucía no deja de imaginar ni un segundo qué otro toque puede darle a cada rincón del campo.
Ya se ve la luna. Dejamos atrás el refugio con la promesa de volver, aunque no llegue el fin del mundo. La huella nos guía antes de que baje la noche por completo. A nosotros aún nos queda un largo trecho hasta casa.
En pocas palabras
- Magnates tecnológicos: compraron la estancia Wamani en Mendoza como refugio ante la Tercera Guerra Mundial.
- Refugio de paz: la estancia de 32.000 hectáreas ofrece un entorno natural aislado y paisajes imponentes.
- Experiencia turística: el lugar combina vida agreste con comodidades y proyectos de aventura para visitantes.





















