Investigaciones científicas recientes determinaron que la presencia de sustancias tóxicas en las aguas marinas afecta el funcionamiento celular de las especies voladoras. Un nuevo estudio realizado por expertos del Instituto Max Planck de Inteligencia Biológica analizó cómo el mercurio y los químicos permanentes dañan las mitocondrias.
Estas estructuras funcionan como pequeñas centrales eléctricas dentro de las células, y su deterioro compromete la supervivencia de las aves en entornos salvajes. La contaminación acumulada en el océano llega incluso a zonas remotas a través de las corrientes y el aire, infiltrándose en las redes alimentarias globales.
Los científicos centraron sus observaciones en la pardela de Scopoli, una especie que anida en la isla de Linosa, situada en el canal de Sicilia. Este enclave volcánico funcionó como un laboratorio natural para evaluar el impacto de los contaminantes industriales en áreas aparentemente prístinas. Los resultados indicaron que el mercurio y los compuestos PFAS alteran la eficiencia con la que las células producen energía. Este fenómeno genera un desgaste invisible que debilita a los animales frente a desafíos naturales como las largas migraciones o la crianza de los polluelos.
El impacto del mercurio en el estudio de las especies marinas
El mercurio llega a las aguas mediante la actividad minera, la quema de carbón y la gestión deficiente de residuos. Una vez en el agua, las bacterias transforman este metal en metilmercurio, una forma altamente tóxica que se acumula en los depredadores superiores. El estudio demostró que niveles elevados de mercurio provocan fugas de energía en las mitocondrias de las aves. Al volverse más permeables las membranas celulares, la energía se escapa sin producir la molécula necesaria para el movimiento y la vida, forzando al metabolismo a trabajar en exceso para compensar la pérdida.
Por otro lado, los químicos denominados PFAS, utilizados habitualmente en productos industriales y domésticos, presentan un comportamiento diferente pero igualmente nocivo. Aunque no causan fugas directas, estas sustancias bloquean los mecanismos de seguridad que protegen a las células del daño oxidativo. Al anular este sistema de defensa, la contaminación química en el océano incrementa el riesgo de fallos biológicos a largo plazo. Las células parecen eficientes a simple vista, pero carecen de la flexibilidad necesaria para evitar el deterioro interno ante el estrés ambiental.
Consecuencias de la contaminación en la reproducción
La dieta de los animales analizados en el estudio resultó determinante para entender el grado de exposición a los tóxicos. Aquellos ejemplares que se alimentan en niveles más altos de la cadena trófica o que buscan comida cerca de las costas presentaron mayores concentraciones de metales pesados. En las aves macho se registraron niveles superiores de mercurio, ya que las hembras logran expulsar parte de estas toxinas durante la puesta de huevos. Esta diferencia biológica marca una vulnerabilidad distinta entre géneros frente a la degradación del hábitat.
La pérdida de eficiencia energética ocurre precisamente en los momentos de mayor demanda física, como la temporada de reproducción. Durante esta etapa, los adultos deben alternar viajes largos de alimentación con periodos de cuidado intensivo en el nido. Si la energía disponible disminuye por culpa de la contaminación, el éxito de la crianza se ve seriamente amenazado. El océano actual presenta múltiples factores de estrés, incluyendo el cambio climático y la sobrepesca, que potencian los efectos negativos de los químicos en la salud de las poblaciones marinas.




