Historias de ciudad

Testimonios sobre la existencia de Fermín, el fantasma más ruidoso y famoso de San Martín

Los relatos coinciden y vienen de personas que no tienen relación entre sí y que ocuparon la antigua construcción en épocas diferentes, pero que describen los fenómenos de manera idéntica. Incluso cuentan lo mismo aquellos que se definen como totalmente escépticos y que solo confían en la razón y la ciencia.

Todos ellos han escuchado los pasos, han visto abrirse y cerrarse puertas, que se encienda la luz sin motivo, que se active el sistema de alarma sin explicación, que rueden por el salón tapitas de gaseosas sin que nadie las haya lanzado. Tan frecuente han sido estos fenómenos, que los que han trabajado allí bautizaron “Fermín” a lo que ellos creen es un espíritu, un ánima, un alma en pena.

En la esquina noroeste de 9 de Julio y Pasco, de la ciudad de San Martín, se levanta un antiguo e histórico edificio. Gran parte de esa manzana tiene casas antiguas, pero ese especialmente tiene historia. Fue un almacén de ramos generales.

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De buena construcción, elegante y cuidada, con pisos de madera y ventanales grandes, el edificio es bonito y pintoresco, aún hoy.
Allí funciona ahora un pub, que solo abre al público unas pocas noches a la semana.

Pero antes de esto, fue una pizzería durante unos cuantos años, tanto que perteneció a dos dueños diferentes. Se llamaba “La Donna Pizza” y se comía bien allí. Se comía en el lugar y también se vendía para llevar. Tan bien funcionaba el lugar, que además de pizzas había un cocinero que preparaba platos a la carta.

Donna Pizza funcionó allí hasta 2002, cuando la intendencia demócrata. Más allá de la crisis económica que atravesaba el país, el último dueño debió cerrar porque “la intendencia tuvo un conflicto con la empresa constructora que estaba remodelando la 9 de Julio y me dejaron todos los escombros en la puerta durante meses… y no entraba nadie”, recordó Ángel Mauad.

Pero, en cierta forma, para Mauad dejar ese local fue un alivio, porque recuerda haberse tenido que levantar a la madrugada para ir a apagar las luces del local, que él mismo había dejado apagadas, o desactivar la alarma, que sonaba sin cesar por ninguna razón lógica.

“Un día me encontré con la policía, que quería entrar al local porque los vecinos habían escuchado ruidos y la alarma sonaba. Entraron, revisaron todos y no encontraron nada. Yo ya les había dicho que no iban a ver a nadie, pero ellos insistieron. Después les conté sobre Fermín, pero no me creyeron”, dice Mauad.

Mauad y todos los que trabajaban allí, le habían dado ese nombre a… lo que fuera que producía esos fenómenos inexplicables. Los testigos sobran. Pasos en el entrepiso de madera, las puertas de los hornos pizzeros que se abrían y cerraban solas, las luces que se prendían y se apagaban sin motivo, las ollas que se movían, las tapitas de cerveza y gaseosas que rodaban de la cocina hacia el salón.

“Un día voy al local a la tarde, porque me llamó el pizzero. Me dijo: tenemos que hacer algo, porque hoy Fermín está insoportable. Había días en que los fenómenos eran constantes y algunos se ponían muy nerviosos”, dice Mauad.

Pero, lo llamativo, es que este relato no es solo de él y no está ubicado solo en el tiempo en que él era el dueño del lugar. Lo mismo cuentan los dueños anteriores.

“El pizzero era el primero que debía llegar al local, para hacer la masa, porque vendíamos pizzas caseras. Y siempre pedía no llegar solo, porque tenía temor. Nosotros siempre creíamos que era una excusa”, recuerda Florencia, una de las dueñas anteriores.

“A mí me contaban todo lo que ocurría, los pasos en el entrepiso especialmente, pero yo no creo en esas cosas y no las tenía en cuenta”, dice.

“Yo a todo le encuentro alguna explicación física, química, material. Para mí no existen las ánimas ni nada de eso, no creo en nada”, insiste la mujer. “Yo le decía al pizzero que se dejara de joder, que todo era porque no quería venir temprano. Y si sentía ruidos, yo le trataba de hacer entender que se debía a que el ambiente estaba frío y que, al prender los hornos, la madera empezaba a crujir”, cuenta Florencia.

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Pero la mujer recuerda que “una mañana tuve que ir al contador, a hacer algunos papeles. Y el contador me pidió un facturero que estaba en el negocio. Fui hasta allí y, cuando entré, empecé a escuchar pasos, No era la madera que crujía, eran alguien que caminaba, acompasadamente. Se escuchaba claramente el ruido del paso, cuando apoyaba el taco y el resto del pie. Entonces se me vino toda mi teoría al piso. Y si, me asusté”.

Dice que “se me ocurrió hablarle a eso. Le dije: 'Mirá, vengo a buscar unos talonarios y me voy. ¿Ves? Voy hasta el mostrador, saco los talonarios de la caja y me voy'. Mientras yo hablaba, los pasos dejaban de escucharse. Le hablé hasta que hice todo, lo más rápido posible y me fui. A la noche, cuando conté en la pizzería lo que me había pasado, todos se me reían, porque yo había sido hasta ese momento la única incrédula”.

Donna Pizza ya no está allí. El edificio, amplio, de techos altos y de estilo señorial, todavía denota su origen almacén de ramos generales de turcos luchadores.

Los empleados del lugar, algunos habitués y un grupito de amigos que se juntaban a jugar a las cartas por las noches, al cierre, están dispersos por la ciudad.

Todos recuerdan Fermín. Y algunos dicen que todavía se lo escucha, caminando por los techos de la manzana.

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