Los kilómetros que separaban Mendoza de San Carlos de Bariloche se habían trazado para otro tipo de aventura. Cuando Juan, Lolo y Raúl decidieron que harían el Circuito de los 7 lagos tenían en mente el sosiego de la naturaleza, las vivencias de acampar en destinos imborrables y fortalecer su amistad. A fines de los años 70 estos estudiantes de Ingeniería buscaban que la ventana en el período de exámenes les diera un verano diferente.
Testimonios del más allá: "Pueblo fantasma"
Tres amigos pensaron que viajar a San Carlos de Bariloche sería el plan perfecto. Uno de ellos, Juan, contó en radio Nihuil que lo que empezó con euforia, terminó en terror
Los tres instalaron la carpa, las provisiones e inquietudes en el Citroën 3CV que a partir de ese momento se convirtió en el cuarto integrante de la travesía. Juan recuerda a ese compañero con orgullo, porque atravesó las diferentes geografías e irregularidades de las rutas con un rendimiento que algunos vehículos, con fama de lujosos, no hubieran resistido.
Tres amigos en la ruta que sólo pensaban disfrutar cada palmo de esa experiencia. No sabían que una amenaza, al acecho, los estaba esperando.
Cuidado con lo que deseas
Las horas en tránsito pasaban con desigual ritmo. Alternaban el manejo, el sueño y los mates para imprimir una noción de rapidez que superara la monotonía del velocímetro.
Tenían hambre, sueño y poco combustible, con lo cual el plan a corto plazo era claro: encontrar un lugar que los ayudara a remediar todo eso. La localidad de 25 de Mayo no debía estar muy lejos. Entonces fue como si sus confesadas necesidades se transformaran en un poderoso deseo, que se materializó en la súbita aparición de un pueblo.
Dos cortas hileras de luces los escoltaron en la ruta y casi de inmediato vieron una estación de servicio, señal inequívoca de su buena fortuna. En la esquina opuesta parecía haber un bar o un restaurant, algo oscuro a esas horas de la noche, pero con un par de autos detenidos en la entrada, con lo cual los tres amigos pensaron que a pocos metros de distancia también resolverían la cena.
Estacionaron junto a uno de los surtidores y esperaron que algún empleado de la estación de servicio saliera a atenderlos. Charlaron y repasaron los lugares que obligatoriamente querían conocer. Especularon el tiempo que les llevaría llegar a esos destinos.
Entretenidos en la conversación, no advirtieron que habían pasado varios minutos y seguían solos. Es más, cuando vieron pasar dos cardos rusos rodando, no pudieron reprimir las carcajadas.
No estaban en el desierto de una película clásica del Lejano Oeste para que eso pasara. Uno de ellos dijo que en las películas de terror también se veían y los tres dejaron de reír. La sensación de ese lugar se correspondía exactamente a eso. No era la soledad del desierto. Era el desamparo del terror.
Nada ni nadie
Decidieron entrar en las dependencias de la estación de servicio. Había un par de camperas abandonadas en los respaldos de las sillas. Volvieron a llamar a alguien, a quien fuera, ya sin la discreción en la voz, sino a los gritos.
Nada. La curiosidad los hizo más temerarios y entraron a otras habitaciones vedadas, para encontrar señales de actividades recientemente abandonadas.
Caminaron hacia la calle que separaba la estación de servicio con el bar. Seguramente, a juzgar por los autos estacionados, alguien podría indicarles cómo ubicar a los extraviados empleados. O quizá los encontrarían ahí, charlando para matar el tiempo en un pueblo donde no sobrarían los motivos para estar entretenido.
El lugar estaba en semipenumbra, con las cortinas impregnadas con un olor a aceite rancio y suciedad. Tres o cuatro mesas y sus sillas, con manteles que alguna vez habían sido rojos, se repartían el espacio estrecho, únicas dueñas del lugar.
No llamaron a nadie. Recorrieron los espacios en profana procesión para comprobar que estaban solos. Los que alguna vez estuvieron allí al parecer habían huido con tal premura, que dejaron las huellas de su presencia desperdigadas en vasos medio llenos y platos con la comida intacta.
De nuevo en la calle, el silencio que los rodeaba parecía ir apagándoles la garganta. Uno de ellos pudo esgrimir un argumento en voz alta. Tal vez el empleado de la estación (ahora creía que en un pueblo tan chico seguramente sólo sería uno) había ido unos instantes a su casa, que no podía estar lejos. Una buena opción sería recorrer el lugar hasta que volviera al trabajo.
Los tres subieron al auto y cuando el motor arrancó, el ruido se amplificó de manera brutal, en contraste con el mundo sofocado de sonidos. Sobrevolaba la sensación de estar invadiendo un terreno ajeno que los acompañó en el breve recorrido, porque el pueblo no era más que unas cinco cuadras de calles limpias y jardines prolijos. Debía ser un asentamiento de muchas décadas, porque las casas lucían anticuadas, como si tuvieran más de un siglo.
Cuando vieron dos jeeps estacionados frente a una vivienda común, pero que tenía pintada en el frente la palabra “Comisaría” en letras azules, creyeron que alguien podría ayudarlos a entender lo que estaba pasando.
La vida, ausente
La invitación de las puertas abiertas de la dependencia los condujo a una antesala pintada de un irreverente amarillo. Dos tazas con restos de café señalaban la presencia de alguien, pero nadie respondió a sus llamados.
Estaban rodeados de orden e indicios de vida, pero empezaron a entender que sólo tres hombres estaban presentes en las calles bajo esa noche y que eran ellos los nómades en esa realidad inverosímil.
Al desdibujarse los límites de lo creíble, con miedo volvieron hacia la calle para encontrar en la visión de su auto lo más parecido a la tranquilidad.
Mientras caminaban hacia el vehículo notaron que no habían visto ningún perro ni tampoco ningún gato que vigilara el orden nocturno desde los techos. Raúl miró las luminarias y los ojos de Juan y Lolo siguieron la misma dirección, sólo para comprobar que ningún insecto impactaba en ellas, deslumbrado por la irresistible atracción de la luz.
No había nada vivo en ese lugar, excepto ellos tres. Por eso comprendieron la urgencia de salir de allí lo más rápido posible, antes que esa naturaleza silenciada intentara callarlos para siempre.
Puro azar
Una frontera invisible los cercó en una región extraña. Sus límites se extienden a lo largo y ancho de lo que parece ser un pequeño pueblo, con las fachadas de la normalidad intactas. Durante las horas del sol, sus habitantes recorren las calles con estudiadas rutinas que asemejan las vidas que alguna vez tuvieron.
Van al almacén o al bar, trabajan, discuten y ordenan las casas algo viejas en las que permanecen. Las horas de luz son las de la tranquilidad, porque nadie llega ni puede entrar en sus dominios. Pero en la noche todo cambia, porque la oscuridad les recuerda la profundidad de su dolor.
Los atrapados hace poco tiempo recuerdan sus hogares y gritan los nombres de sus seres queridos, con la desesperación de lo irremediable. Los que llevan siglos allí, están secos de recuerdos y sus gargantas ya no pueden articular palabras de añoranza, sólo expulsar sonidos guturales, de animal herido.
A todos los reúne la desesperanza y no hay mayor terror en esas tierras. Sus gritos son tan duros, tan intensos que se superponen y mezclan, para terminar anulándose en un silencio que los cubre a todos como una mortaja.
A veces la frontera se quiebra e ingresan intrusos. Del lado del horror algunos se confunden y creen que son ellos los que están del lado correcto de la vida y ríen ilusionados con la esperanza de escapar. Otros, los que tienen algo de humanidad como última trinchera, les gritan para advertirles que se vayan, que corran, que no miren atrás y olviden ese lugar sin misericordia.
Si huyen o quedan atrapados no depende de los prisioneros o los libres. Es simplemente el azar y los oprimidos por la oscuridad se unen para odiarlo.
Si querés aportar a los Cuentos de Terror de Marcela Furlano y contarnos una historia que te haya sucedido, esperamos tu mensaje de texto o audio, los lunes en el programa "Días Distintos", de Radio Nihuil, los lunes de 13 a 15, al 261-6177997.







