Cuentos de terror

Testimonios del más allá: "El refugio"

Mercedes fue docente de un centenario colegio de Guaymallén donde un alumno, trágicamente fallecido, se niega a partir. Su relato a radio Nihuil dio origen a este cuento

La casa emergió vacía como nunca antes, con la noche instalada detrás de las ventanas, las únicas apagadas a esa hora. La puerta sin llave, los sonidos suspendidos y la falta del aroma que delatara qué había preparado su mamá para la cena. El niño advirtió que había un hueco en la realidad, tan atemorizante como el que crecía en la boca de su estómago. Decidió interrumpir el miedo llamando a sus padres. Sólo una voz respondió y después, el pequeño también se sumó al silencio infinito.

Amparo y crueldad

Podría suponerse que ser hijo de una de las maestras de la centenaria escuela de Guaymallén le otorgaría al niño una protección adicional. En parte esto era cierto, ya que las docentes y celadoras lo trataban con especial cariño, no sólo por extender el afecto que su madre despertaba, sino por el carácter tranquilo y la predisposición al estudio que siempre destacaron al muchachito.

Las características que lo hacían amable para los adultos eran apreciadas de diferente modo por sus compañeros, que a veces le jugaban algunas bromas rayanas a la crueldad.

La peor fue cuando le hicieron creer que habían escuchado a un gato en el patio trasero de la escuela, reservado como depósito. No les permitían a los alumnos ingresar a ese espacio, porque además de las sillas para los actos se acumulaban materiales de construcción que podían ser peligrosos si cayesen sobre alguno de los chicos.

Lo llevaron azuzando la curiosidad y la piedad por el gato inexistente, diciéndole que sólo él, por su pequeña contextura, podría pasar por el hueco del alambrado que estaba allí desde mucho antes que ellos llegaran al colegio. El niño los siguió, sintiéndose ungido por una misión importante, pero cuando estuvo en el terreno prohibido, todo cambió.

Casi susurrando, le contaron no sólo que no había ningún animalito que rescatar, sino que debía quedarse quieto y en silencio. “Las maestras no nos dejan entrar acá no porque sea peligroso, sino por el fantasma”. Agregaron que debía quedarse inmóvil y mudo, porque el fantasma de un alumno rondaba agazapado y cualquier sonido o movimiento harían que lo atacara. “Te muerde con unos dientes amarillos, llenos de gusanos”, dispararon.

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Lo abandonaron cuando él trataba de controlar el temblor que el miedo le imponía, para así alejar la posibilidad de que el fantasma lo atacara. Lo encontró su madre horas después, alertada por su ausencia en el aula, sin entender por qué, si lo había llamado tantas veces con la desesperación en la voz, nunca le había respondido. Lo que comenzó como una cruel mentira, se convirtió en un doloroso presagio.

Ausencias

Sus colegas advirtieron aún antes del inicio de ese día de clases, que algo anormal sucedía. Una de las maestras y su hijo no habían asistido y la alarma que sentían tenía base y fundamento: los relatos que la joven mujer le había hecho a alguna de sus compañeras. El esposo era agresivo a tal punto, que ya no le quedaban fuerzas para disimular las marcas que le dejaba en el cuerpo. No había maquillaje que pudiese disimular el dolor.

La policía escuchó mentiras y contradicciones al llegar al domicilio de la docente. El hombre hablaba de un viaje que su esposa decidió abruptamente, llevándose al hijo de ambos. Luego decía que lo había dejado por otro hombre y finalmente, que se fue con el niño después de una discusión “como la tiene cualquier matrimonio”.

La verdad llegó cuando uno de los agentes advirtió tierra removida en el fondo de la propiedad. Intuían lo que iban a encontrar, pero también sabían que no estaban preparados para lo que iban a ver.

Territorio conocido

Las maestras saben que es él, porque se aventura a ganar los pasillos de la escuela cuando no hay niños, sobre todo en días de jornadas, donde sólo el personal docente ocupa las instalaciones.

Quedó anclado en la impecable blancura de su guardapolvo y su camisa, sólo interrumpida por el azul oscuro de la corbata. A veces alza la mano en un saludo tímido y de alguna manera se las arregla para que sólo lo vean personas que no se asustan con su trágica presencia. Saben quién es y a quién está buscando.

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Lo que desconocen es que de esa noche no le quedó nada, salvo la persistente sensación de correr, de escapar. Cuando abrió los ojos por primera vez en ese nuevo y extraño nacimiento, reconoció de inmediato el lugar: era el patio prohibido. Las sillas apiladas, los restos de un escritorio y los tarros de pintura estaban en el mismo lugar donde los vio por última vez. Se tranquilizó no sólo por estar en un ámbito seguro, sino por el sol sobre su cabeza, tibio conjuro para las sombras que empezaba a recordar.

Estaba en el espacio vedado, el hogar del fantasma. Sus compañeros decían que era un alumno el que se escondía en la oscuridad y esperaba agazapado el momento de atacar. En incontables días con sus noches esperó inmovilizado de terror, hasta que los niños volvieron. Algunos se acercaban al patio prohibido y contaban la historia del alumno fantasma, el que fue asesinado por su propio padre junto a su mamá, que era maestra de la escuela.

Cuando escuchaba eso, la urgencia de escapar regresaba. Se atropellaba los escombros, las sillas y los ruidos ahuyentaban a los narradores, porque constituían la certeza de que él seguía allí, a pesar de haber muerto a fines de los 80.

Era el niño que se negaba a abandonar el territorio más seguro, tal vez con la ilusión de ver en alguna de esas mujeres de impecable guardapolvo, el tranquilizador rostro de su mamá.

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