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En la literatura y el imaginario popular hay historias de amor. En ellas puede haber desencuentros, amores contrariados, separaciones forzadas u otras calamidades, como Tristán e Isolda, Florentino Ariza y Fermina Daza, o la universal Romeo y Julieta. Pero ninguna como la de Teo y Ana, ya que el protagonista muestra una característica distintiva única: lleva el amor tatuado en el alma y de forma indeleble. Ambos son un monumento al amor. el eterno, el comprometido. Un monumento vivo donde dos viejitos pasean, frágiles, pero unidos por nuestras calles, desafiando al tiempo y el olvido.

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Casi sobre el final de la charla donde se entrevistó a la pareja, y que pareció más bien una tarde de relatos de cuentos por parte de un abuelo, Teo disparó un pequeña frase, tras contar su larga y singular vida, que podría haber pasado inadvertida. "Nunca claudiqué", y a pesar de que estaba hablando de su carrera profesional, explicó el porqué de su amor incondicional.

El anciano hace honor a su compromiso matrimonial, a pesar de sus propios años, y de que su esposa ya tiene un gran deterioro mental y ya casi nada recuerda porque tiene Alzheimer. "Me hago cargo de todo: desde darle de comer, higienizarla, o levantarla y acostarla. ¿Cómo no hacerlo, si la amo?", dice Teo, quien fiel al espíritu de ambos, le buscó la vuelta a los elementos, hasta para poder ambos -inseparables- disfrutar del aire libre.

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La historia de Ana y Teo trascendió bastante más allá de su escenario natural, en la localidad de San José, Guaymallén. Diarios y canales de todo el país replicaron el relato de esos dos ancianos que a sus 85 años, lejos de quedarse en su casa, siguen saliendo a pasear "lo más lejos que se pueda", afirma él.

Para ello, y pese a ya no poder manejar su auto, el ingenioso marido de Ana, acondicionó un triciclo a pedales, lo hizo biplaza, y le agregó un motor eléctrico que les permite salir juntos.

La tortuosa vida de un niño suizo

Para entrar en contexto, lo mejor es primero conocer a Teo. En realidad se llama Teodoro Rolf Therensperger, nació en Suiza, y junto a su papá, su hermano de un año y medio, y su mamá embarazada, llegaron en 1937 a nuestro país cuando él tenía apenas tres años.

Desembarcaron en Misiones, y el durísimo viaje le pasó la más alta factura a la familia, ya que a los 11 días nació su hermanito, y después del parto, la madre muere "por mala praxis". Ahí comienza el martillo de la vida a machacar al rubio niño nacido en Berna, que al final, demostró ser del mejor metal.

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"Mi papá nos dejó al cuidado de una familia alemana, y se fue a Buenos Aires, de donde volvió a los seis años, casado", relata. Para continuar con el parangón con alguna novela clásica, la madrastra era una mujer muy mala, y los hizo sufrir toda la niñez, donde peregrinaron por Misiones, Buenos Aires y distintas ciudades de Córdoba, y finalmente Mendoza.

Su inteligencia, y tradicional predisposición suiza para las herramientas de precisión, hicieron de Teo un excelente tornero y matricero, además de esa raza de operarios que se los llaman "ingeniosos", para separarlos de los "ingenieros", que son los que han obtenido un título.

"A los 11 años comencé a trabajar con los tornos. Vivía en Villa Ballester (Buenos Aires) y hacía esos pequeños tornillitos que se ponen en los lentes, con un tornito revólver", recuerda el suizo.

Luego el destino lo trajo a Mendoza, y a sus 18 años conoció a una bella mendocina llamada Ascensión Herrera -Ana-, cuando ambos fueron bautizados en la Iglesia Bautista. "Me enamoré de ella y fuimos amigovios".

Pero luego se fue a Buenos Aires a estudiar en el seminario bautista y la vida los separó. Don Therensperger tuvo otro amor, Sara Fernández, donde ambos eran misioneros de su religión, se casaron en Uruguay y tuvieron cuatro hijos.

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Nuevamente la fatalidad volvió a emboscarlo en el camino de su vida, y se quedaría viudo muy joven.

Luego tendría un segundo matrimonio, con Rosa Negri, a quien conoció en el Hogar El Alba, creado por el inglés William Morris, pero la muerte también le arrebataría su amor en pocos años.

"A todas mis esposas las amé de la misma forma, pero el destino hizo que su fueran muy pronto, y ahora gracias a Dios le puedo seguir brindando amor a Ana", explicó el hombre que no tiene vergüenza en contar que terminó la escuela primaria a sus 16 años -en la nocturna- y que sin embargo logró terminar el seminario y hacerse un conocedor "enciclopédico" y autodidacta, gracias a su amor por la lectura.

Mendoza y el reencuentro con Ana

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Nuevamente el destino trajo a Teo a nuestra tierra, y tal como el Florentino Ariza de García Márquez, el amor por Ana estaba lejos de haberse apagado. Ella también se había casado, tenido tres hijos y enviudado.

Con 60 años cumplidos, el suizo, pastor bautista;  y la mendocina, nacida en Monte Comán, San Rafael, pudieron al fin unirse en cuerpo y alma, y se casaron. "Pensamos llegar juntos a los 90 años", dice risueño Teo, que abraza a Ana, y esta sonríe, casi sin entender de que se trata, pero feliz por ver a esa persona que tanto la mima y cuida.

"Nos casamos en 1994, y el próximo 20 de octubre vamos a cumplir las Bodas de Plata", anuncia con alegría Teo.

Desde ahí conocieron la felicidad, y "durante 23 años fuimos a 23 lugares distintos de vacaciones", recuerda Teo, que ya el año pasado no pudo renovar por la edad su licencia de conducir y esto les frenó en cierta forma la vertiginosa dinámica de los esposos amantes.

"Lo importante es el amor, pero al amor no hay que declamarlo, hay que practicarlo. Los matrimonios en crisis se rompen porqué se concentran en la propia crisis, y no en el amor que los unió" "Lo importante es el amor, pero al amor no hay que declamarlo, hay que practicarlo. Los matrimonios en crisis se rompen porqué se concentran en la propia crisis, y no en el amor que los unió"

Teodoro Rolf Therensperger

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El Alzheimer, un nuevo desafío

La vida le planteó al octagenario otro desafío en la vida. "Ana se enfermó de Alzheimer y además casi no podía tragar. Además de llevarla al médico compré un libro llamado Cuando la Memoria Desaparece, que es de gran ayuda, no sólo al enfermo, si no también a la familia", explicó el tornero, que aún demuestra su ingenio y pasión por la técnica.

"Como a Ana y a mi nos gusta mucho pasear, y no podíamos ir en auto, nos hicimos socios del baneario El Olmo (Villanueva) y para poder ir tranquilos todos los días y llevar nuestra cosas, compré un triciclo a un señor vecino de acá de San José, que lo trajo de Estados Unidos y nunca lo usó, ya que falleció al poco tiempo, y lo modifiqué a nuestras necesidades", contó el ingenioso suizo, sobre el vehículo que tanto llama la atención cuando ambos abuelos (tienen 20 nietos y 17 bisnietos) salen a pasear.

El triciclo funciona ahora con un motor eléctrico, alimentado por baterías y dispone de los lugares para ambos en forma de tandem. Tiene luces reglamentarias (frontales, de posición y guiñes), además de una radio, que permite conectarle un pen drive.

Y todo el barrio sale a la calle a ver el espectáculo más bello del mundo: dos viejitos que se aman, y desafían al tránsito, al tiempo, al peligro, y al olvido, paseando en un estrafalario vehículo, movido por algo más que electricidad. Cuando le preguntan a Teo que es el amor para él, como buen pastor señala: "hay que leer la Biblia", e inmediatamente señala el capítulo de Corintios 13.