Murió el martes, después de salvar a un niño de 6 años que había caído a un canal de riego. Pero la historia de Carlos Hugo Godoy, el hombre de 62 años que entregó su vida ese día, es una sucesión de gestos profundamente piadosos, humanos, cargados de ternura y también sufridos. Años atrás ya le había salvado la vida a una mujer y su hijo en circunstancias parecidas.
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Tenía 15 hijos y 40 nietos y estaba estudiando para terminar la secundaria.
Eran cerca de las 18.30 del martes. Carlos vivía en El Espino, uno de los distritos más humildes de San Martín.
El hombre ya había dejado preparada sobre la cama la ropa que se iba a poner para ir a la escuela. Hace un tiempo había decidido cursar la escuela secundaria, a pesar que ya tenía 62 años. Iba al CEBJA 3-052 José Ignacio Gorriti y sus compañeros, todos muchísimo más jóvenes que él, le llamaban con cariño El Abuelito.
A pesar de ser un hombre de trabajo rudo, de manos callosas, ya había incorporado varios conocimientos de informática, aprendido algo de inglés y estaba entusiasmado. Era aplicado en sus estudios y los docentes admiraban su voluntad y su inteligencia.
Tenía 15 hijos y 40 nietos y gran parte de su familia no sabía que estaba estudiando. Guardaba eso para sí.
Muy silencioso y de andar pausado, sus compañeros de estudio solían pedirle consejos y Carlos aceptaba el desafío y la charla. Por eso y por su dedicación, era muy querido en la escuela.
Pero ese carácter amable era propio de él. También en el barrio lo conocían por eso. Además siempre tenía tiempo para saludar y charlar con los jóvenes y los niños.
Justamente esa tarde de martes un vecinito suyo, Kevin Gutiérrez , de 6 años, le había pedido que le hiciera un barquito de papel. El pedido era normal. El niño, y otros del lugar, solían pedirle a Carlos que les hiciera algo: un barquito, un avión… Era habilidoso, un artesano natural que sabía hacer manualidades, arreglos, artesanías…
Era muy frecuente que los niños de la barriada se juntaran a la orilla del canal, que corre a la vera del Carril Norte, cuando este traía agua y se pusieran a jugar. Algunos le pedían a Carlos que les hiciera barquitos. Ahí, en el cruce del callejón Esperanza, la vida se transformaba en una pequeña fiesta, una alegría humilde y sencilla.
Carlos conocía a todos y conocía muy bien la zona y ese canal. Hace ya varios años se había arrojado al agua, después que una vecina y su hijo cayeran al agua. Pudo salvarlos. Sin tragedia, el episodio quedó apenas como una anécdota del pueblo que se contaba en las reuniones familiares.
Pero el martes 19 de noviembre, esa tarde sofocante, el destino iba a ser impiadoso.
Quizás Carlos Godoy haya visto la secuencia o, quizás, haya escuchado un grito desesperado. Lo cierto es que se dio cuenta de que Kevin, su amiguito de 6 años, se había caído al agua y era arrastrado por la corriente junto a su barquito de papel.
Carlos no dudó. Se zambulló. Después de luchar, de que a él y a Kevin la correntada los arrastrara varios metros y que otros vecinos corrieran por la orilla para tratar de ayudar, el pequeño fue empujado por Carlos fuera del agua, mientras los vecinos lo agarraban desde el margen. Pero el agua siguió empujando a Carlos, que ya había agotado sus fuerzas para salvar al niño.
El frío parte policial indicó que “un llamado al 911 alertó que dos personas habían caído al canal y estaban siendo arrastradas por la corriente. Cuando efectivos de la subcomisaría Ingeniero Giagnoni llegaron al lugar, los vecinos ya habían logrado rescatar con vida a Kevin Gutiérrez (6) y le habían practicado maniobras de reanimación cardiopulmonar. Luego el pequeño fue trasladado en vehículo particular al hospital Perrupato. Pero el hombre fue arrastrado varios metros hacia el Este y, para cuando se logró rescatarlo, los médicos del Servicio de Emergencias Coordinado sólo pudieron constatar el deceso”.
Los restos de Cargos Hugo Godoy fueron velados en la sala 4 de la empresa Salvador Milio, en Alem 121, en el centro de San Martín e inhumados en el cementerio de Buen Orden, no muy lejos de dónde vivía.
Carlos ya no podrá aceptar la invitación de sus compañeros del CEBJA de jugar un picadito en el recreo. Ya no deberá esforzarse para respetar las normas de convivencia y no fumar durante tres horas en la escuela. No podrá retribuir con una sonrisa tímida el cariño de sus maestros, de sus compañeros adolescentes, de sus vecinos, de Kevin, que seguirá jugando en las calles del barrio.
En su cama quedó la ropa tendida y lista, la mejor muda, la más pulcra, la que tenía lista para ir a hacer, por fin y después de tantos años de trabajo de sol a sol, sus estudios secundarios.




