Emigrar

Son padres de 5 hijos y por el corralito tuvieron que emigrar a España: cómo es su vida 25 años después

Una familia mendocina tuvo que tomar una difícil decisión: quedarse en Argentina y hacer malabares para sobrevivir o buscar un nuevo rumbo en Tenerife

Hoy las consideraciones a la hora de tener hijos son muchas y sobre todo por lo económico. Pero hay quienes formaron su familia y enfrentaron los riesgos de un país inestable contra viento y marea. Esta es la historia de Verónica Mejias y Carlos Jatib que junto con sus 5 hijos se enfrentaron a una difícil decisión: quedarse y hacer malabares para vivir o rehacer su vida en el exterior.

En conversación directa desde España, Diario UNO mantuvo una cálida y sentimental charla con Verónica, quien nos contó sobre cómo es el momento en que uno decide dejar todo e irse del país, adaptarse, trabajar para tratar de darles la mejor calidad de vida a sus hijos y finalmente, ver resultados luego del riesgo.

El corralito y el comienzo de una crisis que parecía no tener escapatoria

Postales del corralito, 2002, Argentina.

Postales del corralito, 2002, Argentina.

“Cuando uno está fuera, aprende que hay otra manera de vivir”, empieza a decir Verónica. Madre y esposa de una familia ejemplo de cómo un ave fénix renace entre las cenizas. Verónica y Carlos se conocieron, se casaron y tuvieron hijos (Emilia, la primogénita, Santiago, Yamil, Juan, los que siguen, y Lucía, la más pequeña) y todo iba bien como sacado de un cuento.

Él tenía un puesto semijerárquico en la fábrica de jugos Tang, pero en octubre de 2001, perdió el trabajo y con el dinero de la indemnización, compró dólares para ponerlos en el banco.

Parecía una mala racha momentánea hasta que en diciembre el corralito los dejó a ellos sin nada, y al banco con todo. “Ahí ya estábamos abiertos a la posibilidad de irnos del país”, comienza Verónica.

La crisis económica en Argentina a principios de los años 2000 marcó profundamente al país, afectando a toda su sociedad. El “corralito” ocurrido el 1 de diciembre de 2001 fue una de sus consecuencias, cuya medida gubernamental restringió el acceso de la población a su propio dinero depositado en los bancos. Esta situación fue el punto de quiebre para esta familia.

Carlos Jatib en el aeropuerto de Mendoza con hasta entonces, sus 4 hijos.

Carlos Jatib en el aeropuerto de Mendoza con hasta entonces, sus 4 hijos.

A raíz de esto, en febrero ya estaban desesperados porque la situación que había en el país era inmanejable y gracias a un conocido que vivía en Canarias, que les comentó sobre la posibilidad laboral allá “en el lapso de una semana tomamos la decisión de irnos de Argentina”, dice.

Así es como empezó el recorrido de esta familia. Con la única posibilidad de entrar al país como turistas, en marzo de 2002 él fue a trabajar a Tenerife por 7 meses como fontanero de construcción (en negro), que en Argentina sería el plomero, y ella, con hasta entonces cuatro hijos, se mudó a la casa de su mamá en Mendoza.

Con una nueva vida y un esfuerzo descomunal, Carlos consiguió el dinero para comprar los pasajes y traer a su familia a España. Todos esos meses compartió el piso con un hombre también mendocino y cuando llegaron se fueron a vivir a un departamento pequeño equipado con lo necesario para vivir con lo justo y en un barrio de casas de autoconstrucción constituidas en su mayoría por inmigrantes, totalmente diferente a los barrios mendocinos.

Se quedó embarazada de la más pequeña apenas llegó al país europeo, Lucía nació el 1 de julio de 2003 y, como el departamento tenía solo dos habitaciones para 7, compraron una cucheta para los demás, mientras que la bebé dormía con ellos en la misma cama.

Verónica Mejías y Carlos Jatib junto a sus hijos en España.

Verónica Mejías y Carlos Jatib junto a sus hijos en España.

El costo que hay que pagar para adaptarse a un nuevo país, vida, trabajo y costumbres

La adaptación de sus hijos fue considerablemente buena; empezaron las clases apenas llegaron y en el colegio los recibieron muy bien. De hecho, como en España se pide un libro por asignatura y adelantado a principios de año, afirma que “Era un dineral que no podíamos asumir, yo me vine con lo opuesto y mi esposo ganaba como para pagar el alquiler y la luz y el agua y la comida”, señala Verónica.

La escuela fue de gran ayuda y contención; les dieron los libros gratis durante muchos años, les daban calzado, bolsas de ropa que Verónica asegura jamás les hubiera podido comprar.

Después de 3 años, Carlos dejó la obra y empezó a trabajar por su propia cuenta ayudado por su esposa para hacer trabajos de pintura, “y así fuimos tirando”. Comenta que a los hijos les costó muchísimo menos el proceso de adaptación que a ellos y que lo único que tenían en común con el lugar donde estaban era el idioma. “Las costumbres son completamente diferentes, los modismos para hablar también. Hay muchísimas palabras que son de uso corriente y tuve que aprender el significado de todo”, detalla.

Entre lágrimas Verónica despide a su hermana Soledad en el aeropuerto.

Entre lágrimas Verónica despide a su hermana Soledad en el aeropuerto.

Entre tantos cambios, Verónica comenta que su luz en medio de la oscuridad fue que naciera Lucía, su hija más pequeña, un regalo entre tanta crisis. “Hace 24 años que llegué, han pasado muchas cosas, pero fuimos como mejorando poco a poco regularizando nuestra situación, con el permiso de residencia y trabajo para empezar a trabajar en condiciones legales”.

Fuimos intercalando trabajos del servicio técnico autónomo con trabajos de obra por muchos años, hasta que el proyecto empezó a caminar solo. Ella, además, daba clases particulares, fue secretaria, camarera, pastelera, estudiante y madre para que sus hijos pudieran acceder a una educación.

“Si me preguntan si volvería a asumir este riesgo, sí lo volvería a hacer, aunque es difícil y requiere esfuerzo y mucha cabeza, tiene un costo afectivo irreparable. Pero pensando en las oportunidades a las que han tenido acceso mis hijos y en la vida que tienen hoy día, no lo pienso dos veces. Con los ojos cerrados lo volveríamos a hacer”, finaliza Verónica Mejías.

Lo que nadie te cuenta de emigrar

Emigrar no significa dar vueltas al mundo y conocer países, en algunos casos, sí, pero todo eso tiene un costo. Un costo muy alto de pagar. Cierto es que es un tema sumamente complejo en muchos aspectos. Verónica cuenta que te chocas con gente muy buena y te encontrás cada vez más con gente muy racista.

Verónica y Carlos disfrutando un paseo por España.

Verónica y Carlos disfrutando un paseo por España.

“Hay gente a la que el color de la piel le determina que lo traten mejor o peor, que sufra por sus rasgos. A nosotros nos da vergüenza decirlo, pero como no tenemos rasgos típicos latinoamericanos, no hemos sufrido discriminación", señala Verónica detallando lo importante que es no romantizar la emigración.

Afirma que no le aconsejaría a nadie que dejara su país por el hecho de que es una decisión muy difícil porque no todas las personas reaccionan igual ante un cambio de ese estilo.

"En todo hay luces y sombras. Yo no le creo a nadie que te diga: 'Ándate, que te va a ir re bien, que es otra vida'. A lo mejor no todo es tan bueno como algunos lo intentan hacer ver”, explica además lo difícil que es hacer las cosas en regla porque es más largo el camino: “hay gente que se ha tomado atajos y después no han ido bien las cosas”, dice.

Adaptarse a las costumbres también es un aspecto que cuesta mucho. Más allá del idioma, hay que acostumbrarse a los modismos y a su forma de ser. Explica que ellos, por ejemplo, no se pasan la ropa como hacemos los argentinos. “Son más acomplejados; no tienen esa cultura del intercambio, del trueque, de rebuscársela como tenemos nosotros."

Otro de los costos a pagar es a nivel afectivo. Si bien sus hijos tienen amigos en España, ellos, en cambio, dejaron todos sus vínculos en Mendoza y han tenido que cargar con el peso de no tener familia allá y sufrir las consecuencias emocionales.