El secuestro que mantuvo en vilo a todo Mendoza: 10 horas en las garras de la muerte

"El secuestrador José Francisco Wiecek quería matar al negociador de la Policía primero y después al rehén -el quiosquero Marcelo Lencinas-. Finalmente iba a suicidarse. Él no quería salir vivo de ahí".

Hoy, casi 17 años más tarde, el tirador profesional de la Policía de Mendoza que evitó esa masacre ultimando al secuestrador, evoca aquel gravísimo episodio del 26 de diciembre de 2002 en un minimarket en Dorrego, Guaymallén. Durante diez horas Mendoza estuvo pendiente de cada movimiento y de cada silencio. Hasta que sonaron dos disparos.

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El captor, nacido en Lobos, provincia de Buenos Aires, había recuperado la libertad ocho meses antes. Estuvo en prisión por un golpe cometido a mediados de los ´80 en la entonces Compañía Argentina de Teléfonos (CAT), que más tarde pasó a llamarse ENTEL y finalmente Telefónica.

Cuando estuvo al filo

Aquella vez, Wiecek y dos cómplices se tirotearon con policías en la vereda oeste de la calle Chile de Ciudad, entre Las Heras y General Paz. La zona era muy frecuentada por operarios, administrativos y clientes de la CAT. A la vuelta, por Las Heras, funcionaban, casi pegaditos, dos epicentros de la cultura gastronómica popular mendocina: la pizzería El Rincón de la Boca y la parrillada Arturito. Tener una línea telefónica en casa o en un comercio  -solo había telefonía fija; los celulares no existían- era un logro que demoraba décadas. Muchos testigos dijeron haber estado en la escena tramitando ese servicio y/o pagando boletas.

Aquel día de 1984 Wiecek tuvo la intuición de que el atraco a ENTEL podía salir mal. Y la intuición no le falló: un compañero de andanzas terminó muerto y él y el tercer ladrón fueron apresados. Esta historia la cuenta el periodista y escritor mendocino Roly López en uno de los relatos del libro Textos de Periodismo para no morir en el bostezo (Diógenes, 2009).

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Tras las rejas

La estadía del Polaco en la Penitenciaría de Boulogne Sur Mer fue tranquila. Aun así, un día se juramentó que cuando quedara libre por cumplimiento de condena del robo en la calle Chile no volvería a pisarla. Aunque para eso tuviera que morir.

"Ya era un hombre mayor para volver a la cárcel", recuerda el tirador de élite. Hoy Wiecek estaría pisando los 70 años de edad.

Mientras estuvo preso El Polaco amó y fue amado. Y fruto de esa relación nació un niño que hoy tiene casi 25 años. Quien fue su mujer y el niño vivieron en Dorrego, a pocas cuadras del minimarket donde se produjeron el atraco y e final. Ella, que trabajó como doméstica en varias casas de la zona, murió en 2018.

La altísima tensión de tantas horas de cautiverio de Lencinas a manos de Wiecek, quien jamás soltó el arma de fuego y la pasó de una mano a la otra siempre sobre el cuello de la víctima- estuvo agravada por la altísima temperatura ambiente.

El delincuente llegó a esa situación escapando de un patrullero policial que lo perseguía por el asalto a un quiosco cercano a la cancha de Godoy Cruz, sobre la calle Balcarce. Iba con un cómplice, que cayó preso. Wiecek abandonó el auto rojo que abordaba y corrió esforzadamente, con desesperación, como quien pretende escapar pero ya no de la Policía sino de su destino de muerte.

Para la televisión

En 2004, el programa Documento Público, emitido por Canal 7, reconstruyó el grave episodio con actores y testimonios de protagonistas de la época. El cantante melódico mendocino José Armando Bendelé encarnó a Wiecek durante esa producción local, que se filmó en el mismo lugar donde ocurrió: el comercio situado en la vereda sur de la calle Adolfo Calle entre Cobos y Guido Spano.

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Lencinas fue entrevistado por Diario UNO en la vereda del local un día después del drama. Había decidido retomar la rutina de inmediato.

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Vecinos del negocio de Lencinas y pasajeros de autos y colectivos se detenían en la esquina de Adolfo Calle y Cobos para curiosear. Para ver en vivo y en directo la escena del tremendo episodio criminal que pasaría a la historia.

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Años después el comerciante vendió aquel inmueble -el drugstore aun funciona- e instaló una pizzería en la vereda de enfrente. Ese local está pegado al jardín maternal desde cuyo interior los francotiradores efectuaron los dos disparos decisivos: el que mató a Wiecek y el que le despejó el camino para atravesar la calle desierta, silenciosa y caliente. Hoy, Lencinas se dedica a otros negocios gastronómicos en Guaymallén.

El jardín maternal también sigue en actividad. Una docente que conversó con Diario UNO recuerda: "Vimos que habían cortado la calle -señalando la transitadísima Adolfo Calle- y que había muchos policías y patrulleros y gente que corría. Cerramos todo y nos quedamos con los pocos alumnos que teníamos: a esa altura del año, entre Navidad y Año Nuevo, había muy pocos niños acá".


-¿Cómo se enteraron del secuestro?

Nos llamaron por teléfono y nos pidieron evacuar el lugar. A las dos de la tarde salimos todos por el patio y de ahí el techo: salimos directamente a la calle Cobos (al noreste de donde ocurría el secuestro). Ahí esperaban los padres muy angustiados. Esa noche, después de las veinte horas nos devolvieron el jardincito y al día siguiente nos pagaron la rotura del vidrio de la ventana (desde adentro se efectuaron los disparos).

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Desenlace

La foto muestra la morguera policial estacionada de culata contra el local comercial y agencia de quiniela. El cadáver de Wiecek ha sido cargado minutos antes. El minimarket volvió a tener luz y electricidad, que había sido cortada para acorralar al captor y ofrecérsela como moneda de cambio a cambio de Lencinas vivo. Pero El Polaco estaba decidido a morir.

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El juez Manuel Cruz Videla, titular del Décimo Juzgado de Instrucción, estuvo a cargo del operativo. Dio la orden de disparar por el asesoramiento de los policías, que le decían que la noche se veía encima y que Wiecek, lejos de entregarse, estaba decidido a cometer una tragedia colectiva. A la mañana siguiente, el magistrado dio una conferencia de prensa en su despacho para fundamentar los motivos del desenlace.

"Anoche no pude pegar un ojo", confió, demacrado, con indicios evidentes de la tensión acumulada durante la jornada. Cruz Videla estuvo asistido todo el tiempo por el secretario judicial José Fugazzotto. Meses antes había publicado un libro contra de la aplicación de la pena de muerte y ese fue uno de los tópicos abordados con la prensa.

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El cautiverio ocurrió durante el último tramo de la gobernación del radical Roberto Iglesias. "Nos pasan todas", dijo un colaborador cercano y enumeró amargamente: la caída del Presidente Fernando de la Rúa (en diciembre de 2001), la superdevaluación, los bonos Petrom y la imposición del corralito financiero (2002). "Ah, y no quiero olvidarme del motín vendimial (marzo de 2000), apenas asumimos el Gobierno".

El vértigo de la hora le impedía acordarse de otro caso que sacudió al gobierno de El Mula: la desaparición de 600 armas incautadas por la Justicia durante años de procesos penales. Estaban guardadas en el depósito del Poder Judicial que funcionaba en la calle Sargento Cabral de Ciudad, a dos cuadras de la casa del ministro de Seguridad, Leopoldo Orquín.

Iglesias y su vicegobernador Juan González Gaviola estuvieron monitoreando el caso del Polaco desde Casa de Gobierno y la Legislatura. Alejandro Salomón y Mario Miguel Campos López eran los principales colaboradores de Orquín. El primero trataba directamente con la Policía; el otro, con las instituciones públicas y privadas.

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Como el suspiro y la sombra

Rapidez, precisión y decisión son atributos de un buen tirador profesional. También tener un buen oído. Y templanza. Y mucha paciencia. Y  ser discreto. Para no ser visto ni escuchado. Jamás.

"Soy como un suspiro, como una sombra. Cuando lo adviertas será muy tarde porque estarás muerto, y yo estaré muy lejos". Esta frase podría aplicarse perfectamente al perfil de un tirador respecto de su blanco. Sin embargo, el tirador del caso Lencinas acuñó una frase hace muchos años, cuando era niño. Una frase que gustaba decir a la madre cada vez que ella lo retaba por sus largas horas de jugar aquí y allá y en todas partes pero sin hacer caso a tantas llamadas a estudiar o a comer o a dormir.

-¿Dónde estuviste todo este tiempo? -le reprochaba ella, algo enojada pero temerosa de que al niño pudiera ocurrirle algo malo.

-Estuve en todas partes... y en ninguna -contestaba como una premonición.

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