Las capas polares rara vez colapsan de golpe o con un estruendo repentino. La mayoría de las veces, el proceso ocurre en silencio, mediante un deslizamiento constante e implacable hacia el océano. Ríos masivos congelados se arrastran desde el centro de Groenlandia y la Antártida hasta el mar, y es este movimiento el que determina cuánto subirá el nivel de las aguas globales. Durante años, seguir este rastro fue una tarea casi imposible debido a las tormentas de nieve y la oscuridad invernal, pero los satélites cambiaron radicalmente el panorama al permitir una observación sin interrupciones.
Un registro satelital de diez años permitió a los científicos observar por primera vez el flujo glaciar en ambos continentes sin vacíos de información. Esta visión a largo plazo resultó fundamental, ya que la velocidad del hielo funciona como uno de los indicadores más precisos sobre cómo reaccionan los gigantes congelados ante un mundo que se calienta. Los instrumentos de radar lograron ver a través de las nubes y la noche polar, lo que generó mapas de velocidad que abarcan desde el año 2014 hasta el 2024.
El análisis de estos datos representó un gran descubrimiento para la comunidad científica. Los mapas mostraron que el hielo se mueve a ritmos muy variados, desde apenas un metro por día hasta casi 15 metros diarios en las zonas más activas. Gracias a la constancia de las mediciones, que en la costa antártica se tomaron cada seis o doce días, los investigadores detectaron cambios sutiles que antes pasaban desapercibidos y que ahora explican la dinámica de la pérdida de masa polar.
Lo que ven los satélites en la Antártida y Groenlandia
En la Antártida Occidental, el glaciar Pine Island destacó por su inestabilidad. Los registros indicaron un aumento constante en su velocidad justo en el punto donde la plataforma se levanta del suelo y comienza a flotar. El flujo en esa zona pasó de unos 10 metros por día a casi 13 metros diarios durante la década de estudio. Los expertos vincularon esta aceleración con el agua oceánica más cálida, que adelgaza las plataformas flotantes y empuja la línea de asentamiento hacia el interior del continente.
Por otro lado, la historia en el norte es diferente y está marcada por velocidades extremas. Varios glaciares de descarga en Groenlandia funcionan como embudos que transportan el hielo hacia el mar a ritmos vertiginosos. El glaciar Sermeq Kujalleq, por ejemplo, alcanzó velocidades de hasta 50 metros por día, lo que lo convierte en uno de los más rápidos de la Tierra. La resolución de las imágenes permitió rastrear este movimiento a través de valles y crestas con un nivel de detalle inédito.
Un futuro dependiente de la observación continua
La velocidad del hielo no es solo un número abstracto, sino el dato que define cuánto material entra en el océano y eleva el nivel del mar. Según la Organización Meteorológica Mundial, el deshielo terrestre es una de las fuerzas principales detrás de la subida de las aguas, junto con la expansión térmica de los océanos. Groenlandia y la Antártida poseen suficiente agua congelada como para alterar las líneas costeras de todo el planeta si su pérdida se acelera sin control.
Para mantener esta vigilancia, la misión Sentinel-1 y su futuro componente, el Sentinel-1D, resultan piezas clave. La capacidad de obtener imágenes continuas, sin depender del clima o la luz solar, transformó la glaciología. Lo que antes requería años de combinación de datos de múltiples sensores, ahora se produce de manera anual e incluso mensual, lo que ofrece una herramienta esencial para monitorear las regiones más sensibles del mundo frente al cambio climático.






