Se salvó de milagro

Salió a correr por las montañas, se cayó y quedó al borde de un precipicio

Por UNO

Cristian Gorbea vivió una verdadera pesadilla cuando salió a correr por las sierras cordobesas, se perdió y quedó colgando al borde de un precipicio de 100 metros. Salvó su vida milagrosamente.

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Gorbea se perdió en Córdoba, durante una noche sin luna. Cuando amaneció entendió que había caído al vacío y una pequeña rebarba de la montaña lo había frenado. Hacia abajo tenía 100 metros de precipicio, hacia arriba, una pared de rocas. La historia de un accidente que terminó siendo "un renacimiento".

Faltaba poco para su cumpleaños número 50 pero Cristian le había dicho a su esposa que no tenía ánimo para festejar. No le había pasado nada malo, al contrario: tenía una buena familia, dos hijos sanos, una carrera en ascenso y un sueldo de gerente. Precisamente por todo eso, Cristian se sentía atrapado en lo que llama "una jaula de oro".

Luego de arrancar la marcha y cuando la noche caía, Cristian se salió del sendero y se perdió. El sendero estaba después de una luz química pero Cristián no la vio y siguió de largo. "Empecé a meterme en pajonales y el camino empezó a bajar abruptamente. Me daba cuenta de que lo razonable era volver y buscar el sendero pero seguí bajando, intentando encontrar un atajo en medio de la montaña".

Cristián miró hacia abajo, vio las luces de las linternas frontales de los otros corredores y decidió seguir bajando por fuera del sendero, seguro de que en algún momento iba a cruzarlos.

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"Seguía tomando malas decisiones. El sendero desapareció y me metí en un bosque de tabaquillos, que son unos árboles de los que cuelgan unas ramas llamadas 'baba del diablo'. Parecía que había entrado a una película de terror y me empecé a asustar mal. Recién ahí me detuve y pensé '¿qué hago?'".

Lo más prudente hubiera sido esperar a que amaneciera pero faltaban al menos ocho horas. "De pronto apareció un arroyito y pensé 'todos los arroyos desembocan en un pueblo'. Entonces dije 'voy a seguirlo, seguro me va a llevar a algún lado'. Bueno, me llevó a un precipicio".

Por lo que se conoce como "estrés pre traumático", Cristian no recuerda el instante en que el último pie pisó tierra ni el siguiente, cuando pisó aire. "La cuestión es que me caí al vacío, volé unos 25 metros hasta que golpeé contra algo sólido. La linterna frontal que llevaba también voló y me quedé en la oscuridad total, con el corazón bombeando a mil, sentado en un espacio del tamaño de una silla, con los pies colgando".

"Me quedé quieto, porque no sabía si esa repisa en la que estaba sentado se iba a derrumbar, y saqué con mucho cuidado la ropa de abrigo de la mochila. Venía con el cuerpo caliente y, apenas me quedé quieto, el frío empezó a ser terrible".

Eran las 10 de la noche cuando decidió esperar hasta poder ver con claridad. "Pasé la noche más larga de mi vida. Cuando empezó a clarear me di cuenta de que había 100 metros de precipicio a mis pies. De haber caído unos centímetros más hacia un lado o hacia el otro habría terminado en el fondo. Sentí pánico y alegría a la vez".

Tampoco había salida hacia arriba: la montaña por la que había caído era una especie de pared con panza. Tres veces intentó pararse en ese reborde, no mirar hacia abajo, pegar el cuerpo a la montaña y tratar de escalar por la parte menos escarpada. Pero los lugares donde podía intentar agarrarse estaban resbalosos por el musgo que había generado el arroyito.

"Las tres veces volví, las tres veces dije: 'Si sigo, me mato'". Fue una suerte haber podido parar. Los bomberos después me dijeron que mucha gente se salva de una situación, sigue tomando malas decisiones y termina matándose".

El rescate

Lo buscaron durante toda la tarde pero no lo vieron. "Los pensamientos negros iban y venían porque lo que pensaba también era: 'Estoy en la mitad de una pared vertical, me van a buscar tirado con una pierna rota o un infarto, pero no acá. Es como buscar a alguien en la pared de un edificio de 50 pisos, nadie se pierde en una pared".

Cristán pasó la segunda noche acurrucado en ese reborde, con pánico de quedarse dormido y caer al vacío. "Empecé a alucinar. Escuchaba la voz de una mujer que hablaba en susurros".

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El segundo día no trajo esperanza: "Amanecí dentro de una nube. A semejante altura las nubes se plantan y no se mueven. Estiraba el brazo y no me veía los dedos. Pasaban aviones, helicópteros, escuchaba el ruido de los motores, pero nadie me veía".

Pasó otra mañana completa y otra tarde hasta que la nube empezó a replegarse y Cristián comprendió que si no lo encontraban en ese momento iba a volver a hacerse de noche. Lo que oyó después no fueron voces sino el ladrido de Felipe, el perro de unos baqueanos que había parado las orejas frente al silbato que Cristián hacía sonar y a sus gritos de auxilio.

"Cuando vieron donde estaba no lo podían creer. Dieron toda la vuelta y se pararon arriba, en el lugar del que yo había caído. Uno de ellos vio que estaba desesperado y me gritó: 'Tranquilo que yo me quedo acá toda la noche, no te voy a dejar solo'.

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Habían pasado 42 horas de la caída cuando los rescatistas le tiraron una soga y le gritaron que se hiciera un nudo alrededor del cuerpo. Ya a salvo, se abrazaron: lloraban los cinco bomberos, lloraba José Luis, el rescatista.

Cuando llegó a la base de operaciones lo esperaban más bomberos, rescatistas, periodistas, hasta de su trabajo habían mandado a alguien a Córdoba a ayudar en la búsqueda.

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