Son los lugares más emblemáticos de Mendoza, postales que, junto a las de los viñedos y bodegas, nos representan en el mundo.
Se trata de los pueblos de alta montaña, que hoy, por el aislamiento social y la pérdida del turismo, se han vuelto casi parajes fantasmas.
Cámara en mano, Fernando Pollo Martínez, fotógrafo de Diario UNO realizó un recorrido y dialogó con algunos habitantes que le contaron de la soledad y el olvido que están viviendo por estas épocas las pequeñas poblaciones.
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Cacheuta
Es compleja la situación en Cacheuta, donde es tradicional ver repleto de gente el sector del puente colgante y las ferias de artesanos que rodean a ese paraje.
De puertas cerradas, y apenas con la presencia de poquísimas personas que habitan en el lugar y unos cuantos perros merodeadores de la ruta, Cacheuta entró en un letargo profundo. Sostenido por el eco de la montaña y el murmullo del río.
Potrerillos
Potrerillos tiene el esplendor de siempre, el azul que explota después de la oscuridad del túnel que une este paraje con Cacheuta, sigue alli. Es el mismo azul de siempre, pero quizás hoy, de tan profundo, hasta se pueda escuchar.
Potrerillos es el dique, la montaña acariciando el cielo, pero también son las casas bajas de la villa, los habitantes del lugar, sus provedurías, es el olor del pan casero sacado del horno de barro.
Allí viven Estela Cerezo y Juan Carlos Sánchez, un matrimonio que tiene un pequeño negocio de provisiones, algo más grande que un almacén.
Estela contó a Diario UNO que antes de que la cuarentena dejara el pueblo sumido en el más absoluto silencio, ella y su marido habían bajado a la ciudad a hacer compras, para abastecerse en vistas de los fines de semana largos que se venían.




