Son postales de un callejón, de uno cualquiera, o de una calle de tantas. Rubén Rodríguez es hijo de alguien, nieto de alguien, bisnieto, tataranieto. Acaba de sacar a la calle, para que se lo lleven los municipales, un baúl oxidado, de 90 por 40. Ha dejado en el cordón de la vereda el baúl que fue de su tatarabuelo, don Clarión Victoriano Rodríguez.
Dentro del baúl y a su lado, hay basura. Residuos variados, de esos que suelen acumularse en el galponcito del fondo.
Rubén, que no llega aún a los 40 y que tiene el aspecto de aquel que se gana el peso de a día, ha cumplido con la recomendación de la Municipalidad de San Martín, que dispuso un operativo general de “limpieza profunda” el fin de semana en el barrio San Pedro.
En un grupo de whatsapp, un organizador barrial recomendó con énfasis “saquen todo lo que tengan para tirar. Pongan todas las porquerías en la calle, que sábado y domingo vienen los camiones a llevárselas”.
Rubén hizo lo que decían que se debía hacer. Sacó toda la mugre. Las “porquerías”. Desde yuyos a algunos escombros. Hasta las cenizas de un asado de mediados de fines de noviembre de 2015, que colocó prolijamente dentro del baúl.
Y el baúl está oxidado. Tiene un alma de madera, ahora apolilladas, recubiertas con una chapa que alguna vez fue gruesa y firme. Sobreviven algunos detalles en los bordes, en las esquinas, que indican que supo ser un baúl bien trabajado, costoso. “Ahora se desfonda. Quise restaurarlo peor ya no hay forma, está muy dañado”, dice el tataranieto.
Hay pocos recuerdos difusos y la mayoría ya han escapado de la memoria, como el nombre de su tatarabuela.
Apenas se sabe que don Clarión Victoriano Rodríguez, el tatarabuelo de Rubén, había nacido y vivía en Córdoba. Que era hombre de campo, dedicado a la ganadería. Por su equipaje y fragmentos del relato, se puede presumir que era hombre de andar de campo en campo, por temporadas.
Rubén dice que recuerda algunos equipajes similares, adaptados para guardar vajilla o transformarlos en roperos.
Rubén dice que tatarabuelo y bisabuelo vivieron en Córdoba. Que fue su abuelo quien llegó a Mendoza. “Mi padre fue el primero nacido acá”, dice.
Cuenta que le da pena desprenderse del baúl, pero “ya no se puede hace nada”.
En un rato, o quizás mañana, vendrán los municipales a llevárselo.
Son postales de un callejón, de uno cualquiera, o de una calle de tantas.



