Las historias de José

Porkis, el único cine de películas XXX que sobrevivió a las videocasetteras y a internet

Funciona en pleno centro desde la época del destape y hoy, más que un cine, es punto de encuentro de la comunidad gay. Renueva cartelera cada jueves

Abrió sus puertas a mediados de los '80 con el retorno de la democracia y el destape, sobrevivió al cierre de los grandes cines del centro, a las videocasetteras y al porno en internet, y cada tarde -como desde hace casi 40 años-, enciende el proyector en la planta alta de Lavalle 32 de Ciudad.

Es Porkis, el único cine de películas XXX de la provincia, que debe su nombre a Porky's, película estadounidense de 1981 que muestra las aventuras nocturnas de un grupo de adolescentes.

El también llamado cine condicionado tuvo su época dorada en Mendoza hasta mediados de los '90, cuando aparecieron las primeras videocasetteras y los videoclubes -hoy desaparecidos- se multiplicaron en los barrios y alquilaban, en un sector discreto del salón y previa demostración de la mayoría de edad, cintas europeas -italianas y alemanas- que encendían pasiones no más leer los títulos.

Durante esos primeros años de novedad y necesidad de recuperar espacios que la dictadura había prohibido, los cines condicionados funcionaban a pleno, al tal punto de que muchos miraban las películas desde el pasillo.

El Porkis tuvo competencia con salas que funcionaron en las galerías Tonsa y Ruffo, cerquita de la Alameda, y que cerraron hace ya varios años.

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¿Tiene sentido que siga funcionando en tiempos de películas XXX en señales codificadas de tevé y hasta en el celular a cualquier hora y en cualquier lugar?

¿Hay espectadores que paguen la entrada? ¿Con qué finalidad?

Gabriel Montesinos es dueño del cine Porkis desde 1994 cuando compró el fondo de comercio al fundador. Él despeja algunas incógnitas y de paso cuenta que el local ofrece ambiente climatizado y servicio de bar.

Las redes sociales, Facebook especialmente, se han convertido en el vehículo de promoción, más aún después de la casi desaparición total de los diarios de papel, donde antes, cada jueves, los cines todos daban cuenta de los estrenos.

Renueva cartelera cada jueves, como desde los '80

Porkis mantiene esa costumbre de renovar cartelera cada jueves. La entrada cuesta $2.500 para ver un continuado de tres películas de sexo explícito en pantalla gigante y a todo volumen. Guiño a los clientes: hay promociones y descuentos cada tanto. Y un detalle: no hay feriado que valga, como el 1 de mayo, cuando abrió sus puertas, puntualmente, a las dos de la tarde.

El 90% del público es gay que encuentra en ese cine XXX el espacio para socializar, conocerse... Asisten varones, mujeres, jóvenes y adultos. Mujeres solas nunca, para evitar que el negocio de la prostitución se inmiscuya con el pretexto de canalizar las urgencias en tiempo real.

¿Hay descontrol? Montesinos dice que no y que para mantener esa especie de paz social es indispensable controlar la venta de alcohol. Muchos no saben tomar, explica, y eso puede ser la antesala de un mal momento para algunos espectadores. O para toda la concurrencia.

La pandemia le puso un freno al Porkis, como a casi todas las actividades comerciales del mundo. Fueron ocho meses de inactividad y Montesinos pensó en cerrarlo para siempre, pero contó con el apoyo del dueño del edificio, es decir del locador, y -pasada la etapa más grave- reabrió a fines de 2020.

Hay algo que no ha cambiado a pesar del paso del tiempo, las nuevas costumbres y la irrupción de las modas: el público de películas XXX busca pasar desapercibido de las miradas públicas. Entonces, hoy -como antaño y siempre- muchos pasan de largo y hasta dan una vuelta a la manzana y miran de reojo por si algún conocido anda justo por el centro paseando o haciendo alguna compra.

Atento a esa particularidad, el Porkis no tiene marquesinas luminosas que den a la calle Lavalle ni cartelería llamativa. Los parroquianos saben dónde queda y cómo llegar.

Las producciones son, en su mayoría, de origen americano. Allá quedaron, muy lejos en el tiempo, figuras como la recordada Illona Staner, nacida en Hungría, pero mundialmente conocida como Cicciolina en 1983 cuando debutó en Teléfono Rojo, una de las películas porno que instalaron la moda del cine XXX en el mundo y que en Mendoza fueron desvelo de quienes buscaron recuperar el tiempo y la libertad mutilados por la dictadura militar.

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