El romero (Salvia rosmarinus) es, sin duda, una de las joyas del jardín mediterráneo. Su aroma embriagador y sus usos culinarios la convierten en una pieza imprescindible en cualquier hogar. Sin embargo, a pesar de su fama de planta resistente y rústica, tiene enemigos silenciosos que pueden acabar con su vigor en cuestión de días.
Afortunadamente, existe un recurso natural, económico y altamente efectivo que los expertos en jardinería ecológica llaman el "polvo mágico": la tierra de diatomeas, un mineral de origen vegetal que ofrece múltiples beneficios para la salud de tu planta.
¿Qué es la tierra de diatomeas y por qué funciona?
Este compuesto no es un químico industrial, sino un conjunto de algas microscópicas fosilizadas que se extraen de la tierra. Su composición, rica en sílice, actúa como un potente insecticida mecánico.
A diferencia de los venenos tradicionales, la tierra de diatomeas no mata por toxicidad, sino por deshidratación: sus partículas microscópicas perforan el exoesqueleto de los insectos sin afectar la fisiología de la planta, como tampoco la salud de humanos y mascotas.
Para aprovechar al máximo sus propiedades, espolvorea una fina capa sobre la superficie de la tierra que rodea al romero. Si ya detectaste insectos en las ramas, puedes aplicar el polvo directamente sobre las hojas.
Es fundamental adquirir tierra de diatomeas de grado alimenticio, ya que es la única versión segura para plantas que luego utilizaremos en la cocina. Con este sencillo gesto, tu romero no solo sobrevivirá, sino que lucirá más verde y vigoroso.
Los beneficios de usar tierra de diatomeas en el romero
- Control total de plagas: es letal contra el pulgón, la cochinilla algodonosa y la araña roja, plagas que suelen atacar los brotes tiernos del romero durante la primavera.
- Barrera contra hongos: el romero sufre mucho con el encharcamiento. Espolvorear este polvo en la base ayuda a absorber el exceso de humedad superficial, previniendo la aparición de hongos como el oídio o la podredumbre radicular.
- Aporte mineral: al degradarse lentamente en el sustrato, aporta silicio, un mineral que fortalece las paredes celulares de la planta, haciéndola más resistente a climas extremos y sequías.






