La pandemia que se abatió sobre el mundo entero como una erupción volcánica nos convirtió, de buenas a primeras, con asombrosa velocidad, en ganadores o perdedores, en víctimas o aprovechados.
Los ganadores netos han sido, por supuesto, los menos. Pero el tamaño de su ganancia es y está siendo fenomenal, con las llamadas ‘big tech’ en el pelotón de vanguardia. Los cuatro gigantes tecnológicos, justamente, Google, Amazon, Facebook y Apple, vienen de anunciar ingresos trimestrales cuantiosos (no caben los millones de sus balances en esta columna).
Más abajo en la escala económica, social y hasta zoológica estamos los terrícolas comunes y corrientes. Tratando de encontrarle la vuelta a la situación como se pueda, sin que nos arrastre la ola hacia el abismo insondable.
La psicóloga y conferencista chilena Pilar Sordo ha construido una sólida carrera en ese campo asistencial donde, según enseña en su nuevo libro Un Segundo de Coraje, deben primar la paciencia, la flexibilidad, la persistencia, la gratitud, la aceptación y la prudencia.
Se hizo conocida y necesaria en tiempos “normales”, si cabe el término. En las actuales circunstancias, sus consejos son valorados doblemente por mucha gente.
Ella, sin embargo, pese al bagaje de herramientas que posee y desarrolla para afrontar los conflictos humanos, no ha resultado ajena a las amenazas siniestras del coronavirus.
Encerrada desde hace cuatro meses y medio en el 12° piso de su domicilio en Santiago de Chile, confiesa que ni siquiera ha visitado la planta baja del edificio.
La pasó -y la sigue pasando- sola. “Absolutamente sola”. Y, por momentos, en estado de crispación: “Ha habido días muy oscuros, de mucho llanto, días de mucho miedo”.
Pero de esas sombras, Sordo extrae sus iluminaciones porque, pese a todo, concluye, “ha sido una experiencia de crecimiento personal hermosa. Me he tenido que reinventar”.
Confiesa no tener respaldo económico como para quedarse sin trabajar. Hay gente que depende de ella. Está durmiendo muy poco y estudiando mucho. “Elijo pensar que esto es una oportunidad”.
Pese a las escasas cuatro horas diarias de sueño, apunta al corazón de uno de los problemas que provoca la cuarentena general en el planeta: el exceso de información negativa. Es un riesgo de contagio paralelo al del Covid-19, del cual nosotros, los periodistas, somos portadores (sintomáticos o asintomáticos, según) y muchas veces también damnificados.
“Prácticamente no veo noticias”, dice Pilar Sordo. “Nos estamos intoxicando de información. Eso nos hace conectarnos más con el miedo que con la esperanza o con la reinvención”.
Así pues, casi no ve televisión. No se prende a la moda de las series que atrapa a las audiencias planetarias. Y, lo que es más raro aun, por falta de tiempo casi no lee libros. Apenas repasa algunas páginas de Hojas de Ruta, de su amigo Jorge Bucay.
Tampoco se muestra entusiasmada con otro actor central de nuestro tiempo, las redes sociales. La clave, opina con recelo, “es desde qué lugar uno se conecta. Cuando uno lo hace para compararse, para mirar, para chusmear, no sirve de nada. Cuando uno se conecta desde lo interno hacia lo externo, es un aporte”.
Como gran parte de los famosos o influencers actuales, Sordo ha sufrido lo que ella denomina ‘funas’, o sea, escraches. Lo señala puntualmente en su libro Un Segundo de Coraje: “Yo he sido víctima de juicios y prejuicios increíbles y muy, pero muy dolorosos” (página 157). Sus detractores la acusan de conservadora, de vivir en una burbuja, de pertenecer a la derecha chilena.
Lo afronta y lo administra, dice, “con mucha humildad, tratando de mantenerme en el eje, donde no me impacten tanto ni el cariño ni la crítica”. Y añade, para aportar claridad al fenómeno: “Por eso es que odio la palabra seguidor, igual que fan, porque suponen que uno va más delante de la gente. Y en mi caso, al menos, eso no es así. Vamos todos, al mismo nivel, caminando. Nos estamos acompañando”.
Los ramalazos de ciberacoso la conmueven, pero no la arredran. Sus redes de laboreo permanente son Instagram y Youtube, que maneja ella misma, y Facebook, administrada por un equipo de trabajo. “Twitter no tengo, así que todo lo que vean ahí con nombre es falso”, indica, por si acaso.
Sin pareja, todavía, porque no ha dado con el compañero justo para esta etapa de su vida; con paz interior, que de a ratos se le pierde; con un sentido de la vida muy preciso, que es “aumentar espacios de conciencia en el mundo hispano”; aprendiendo a cocinar, gracias a la cuarentena (antes “se me quemaban hasta las ensaladas”, admite riendo), pasa sus horas en espera de que su país encuentre el rumbo.
“No hemos tenido mucho descanso, la verdad. Desde el 18 de octubre no paramos más”, se conduele.
Apuesta a la oportunidad de replantearnos valores que está ofreciendo la crisis. Al cambio de piel que está experimentando el mundo. Entonces le apunta a la clase política, para que “se siente a conversar, por primera vez, pensando en los chilenos y no en sus propias cosas, y se llegue a ciertos acuerdos que nos permitan construir un país más justo, más equitativo”.
Una de sus obsesiones, en ese sentido, es desmontar el ocultismo, como ella llama a “la tendencia histórica que tenemos los países latinos a ocultarlo todo”. Dicho ocultismo, entiende, es la base de la corrupción y de muchos otros males que nos afectan.
Bajo esta óptica juzga la “dolorosa” visita que efectuó el papa Francisco a Chile. “Fue dolorosa, al final, porque todo lo que devela, duele”.
Desde Argentina, ciertamente, vimos lo que también vio Pilar Sordo en su patria: “Se develaron las injusticias, las no sanciones a los sacerdotes acusados de abusos, etc. Eso rozó, lamentablemente, la visita de un hombre de paz como es el Papa”.
Con luces y sombras, con miedos y esperanza, Pilar Sordo sigue siendo una hormiguita trabajadora y una voz curadora de almas. En pos de la calidad humana de las personas.
Limpiando la casa interna. Encontrando el punto medio de las cosas. Sin pasarse de rosca: “Como yo digo, cuando uno tiene exceso de futuro, la paz se pierde”.



