El próximo viernes 27 de abril el Papa Francisco realizará la beatificación de los Mártires del Evangelio, restañando así una vieja herida generada por la injusticia y el olvido. La historia se escribió en La Rioja y los cuatro mártires “en odio de la Fe” son monseñor Enrique Angelelli, los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, y el laico Wenceslao Pedernera, todos asesinados por la dictadura militar.
Pero esta historia también tiene varios y estrechos contactos con Mendoza.
Uno es que Wenceslao Pedernera fue peón rural en la Bodegas y Viñedos Gargantini, de Rivadavia, que se casó con una rivadaviense y allí también nacieron sus tres hijas.
Otra es la de dos hombres que supieron ser piezas clave en la organización del Movimiento Rural Campesino que promovía Angelelli, y que son santarrosinos.
Incluso en Santa Rosa estos dos hombres fueron “chupados” por grupos de tareas en febrero del '76 y estuvieron a punto de ser arrojados al lago del dique El Carrizal. Una providencial gestión del obispo les salvó la vida y después el padre Benaminio Baggio los refugió en su parroquia, en San Martín, hasta que pudieron salir de la provincia.
Curiosamente estos dos hombres y su historia, son prácticamente desconocidos en Santa Rosa y en Mendoza, porque “la dictadura se encargó de borrar todo, a través del terror”, dice uno de ellos. Son Rafael Sifre y Juan Carlos Di Marco, quienes después de la experiencia de jóvenes con Angelelli, continuaron trabajando (hasta hoy incluso) en la militancia social dentro de la Iglesia.
Esta historia está centrada entre 1968, cuando Enrique Angelelli fue nombrado obispo auxiliar de La Rioja, y el 4 de agosto de 1976, cuando fue asesinado.
La decisión del Papa Francisco, de beatificar a Angelelli y tres de sus colaboradores, hace que esa historia regrese y sea necesario repasarla, ya sin silencios temerosos ni cómplices. Y es mejor hacerlo desde el testimonio de quienes la vivieron.
Los militantes de la fe
Hacia fines de la década de los '60, Rafael Sifre vivía en la villa cabecera de Santa Rosa y Juan Carlos Di Marco en el distrito de La Costa. Eran jóvenes. Rafael había superado recién los 20 años y Carlos todavía no los había cumplido.
“Yo había empezado a llevar la contabilidad en la firma Bianco. Les pagaba a los obreros y a las mujeres que trabajaban empacando fruta para mandar a Buenos Aires. Estaba tratando de ahorrar para irme a estudiar veterinaria a Corrientes y estaba de novio”, recuerda Sifre, que está en La Rioja y acepta recordar su historia a través de una conversación telefónica.
Por insistencia de su madre, Rafael se acercó a la iglesia y por su capacidad le ofrecieron ser coordinador del grupo rural que se había formado.
“Habían aparecido los documentos de Medellín, del Concilio Vaticano II y había una gran transformación en la Iglesia Católica”, dice.
El Movimiento de la Acción Católica y el Movimiento Rural Campesino estaban fortaleciéndose y “me ofrecieron dar servicio por dos años”, cuenta. “Eso significaba dejar mis planes, pero pensé que era joven y podía hacerlo. Finalmente esos dos años han durado hasta hoy”.
Rafael se entusiasmó con la idea de tratar de generar una transformación profunda, que era mucho más que dar asistencia y rezar el rosario. “Era transformar una realidad injusta”.
Sifre participó primero de varios encuentros y cursos nacionales y finalmente le ofrecieron coordinar el Movimiento Rural en Cuyo, incluyendo a Neuquén y La Rioja.
En Mendoza el obispo era Olimpo Santiago Maresma (lo fue hasta su muerte en 1979) y “él y el equipo diocesano se asustaron mucho cuando yo les conté lo que queríamos hacer”, cuenta, y agrega que “le dejé una carpeta al equipo diocesano y después me dijeron que Maresma se la entregó a los servicios, diciéndoles que éramos zurdos”.
Pese a esto comenzaron a trabajar en Mendoza. Ya se había sumado Carlos Di Marco y, en una de las recorridas por los departamentos, conocieron a Wenceslao Pedernera en la finca Gargantini, en Rivadavia. “Él nos recibía en su casa y allí hacíamos algunas reuniones”.
La primera acción que debían realizar Rafael y Carlos era establecer una sede para Cuyo, y Mendoza no era el lugar propicio. Pero estaban Angelelli en La Rioja y Jaime De Nevares en Neuquén.
“Carlos fue a La Rioja y yo a Neuquén. A mí me esperó Don Jaime en la Terminal, en su Estanciera”, recuerda Rafael. Entre tanto Carlos recuerda, en su casa de la villa de Santa Rosa, que “toqué el timbre y me recibió un cura en sotana, que me hizo pasar a la cocina y me cebó mate, mientras charlábamos. Como pasaba el tiempo, le pregunté si monseñor Angelelli me iba a poder recibir, y él me dijo: '¿Y con quién creés que has estado hablando hasta ahora?'”.
Rafael subraya: “Después de habernos acostumbrados a tener que pedir audiencia 15 días antes para ver al obispo, sólo para besarle el anillo y que te diera un puñado de medallitas para dárselas a los campesinos, no podíamos creer que estos también fueran obispos”.
Además Sifre recuerda que “Don Jaime me llevó a recorrer toda la provincia. Vivía en una casa muy vieja, repleta de goteras. Yo le pregunté por qué no vivía en un lugar mejor, y me dijo: 'Mientras haya pobres, no tengo derecho'”.
Claro, entre los dos se generó una puja para decidir si se instalaban en Neuquén o en la Rioja. Ganó Angelelli.
Eligieron instalarse en plena zona rural y la primera orden de Angelelli fue: “Ahora se van a poner del lado del pueblo. Pónganse a tomar mate, pónganse la panza verde de mate. Pónganle un oído a ese pueblo, a ver por qué ríe, por qué llora, por qué trabaja… Recién cuando le hayan descubierto el alma al palo, se pueden poden a trabajar al lado de ellos. Al lado, ni atrás, ni adelante”.
Carlos y Rafael recuerdan que comenzaron a trabajar con Cáritas Diocesana y que tenían colaboración del diario El Independiente, de Tito Paoletti (Alpio “Tito” Paoletti, fundador en 1971 de El Independiente de la Rioja, el primer diario cooperativo de Argentina). “Su mujer era de Cáritas y él era marxista. Pero Angelelli decía que Dios está para todos y vamos a trabajar con todos”.
El principal desafío, el objetivo más importante, era lograr tierras para los obreros rurales. Había un latifundio productivo en el departamento de Castro Barros, que tiene como principales ciudades a Anillaco y Aminga, que concentraba en 60 % de las tierras y el 70% del agua. “Los dueños habían muerto y el agua se perdía”, recuerda Rafael.
Angelelli y sus jóvenes querían formar cooperativas y lograr que el gobierno expropiara las tierras y las entregara para trabajarlas.
“Una propuesta que hacían era dividirla en parcelas, pero eso no era lo que queríamos porque significaba darles tierras a sólo 10 familias. Nosotros buscábamos organizar a la gente en cooperativa y que todos trabajen, además de poder así darle valor agregado a la producción”.
Ya era época del gobierno de Lanusse. Se comenzaba a abrir una salida democrática y Carlos Saúl Menem se perfilaba como el posible siguiente gobernador. La iniciativa de expropiación del latifundio había generado expectativas. “Al principio los que eran terratenientes y los obreros, querían ser parte. Pero cuando hablamos de cooperativa y que había que trabajar, la cosa cambió. Los terratenientes decían: 'Ustedes están locos, no vamos a trabajar con esa negrada' y un día panfletearon todo Aminga, diciendo que la zona había sido tomada por comunistas / marxistas, apoyados por un obispo rojo”, recuerda Rafael. Esa misma noche estalló una bomba en la casa donde se alojaban Rafael, Carlos y el resto de los jóvenes. La puerta y la ventana delantera de la casa quedaron destrozadas, aunque el atentado no causó heridos.
El diario El Independiente sacó la noticia en primera plana y Angelelli les mandó un telegrama a los muchachos: “Firmes en el compromiso cristiano, firmes en el compromiso personal y diocesano”, decía.
Ingenuamente Rafael y Carlos fueron a radicar la denuncia “pero nos dejaron presos, diciendo que habíamos estado armando una bomba y nos había estallado”. Monseñor logró que los liberaran dos días después.
La presión comenzó a ser muy fuerte en contra de Angelelli y el Movimiento. “Comenzaron a presionar al Gobierno para que no se hiciera la expropiación y todos los movimientos que habíamos surgido en ese tiempo, fuimos echados del Episcopado, mientras Angelelli les decía que lo que hacían era un pecado mortal. Nos estamos cargando a toda la juventud”.
Como réplica y apoyo, Angelelli sacó un decreto designando al Movimiento Rural Campesino, coordinador de la Pastoral Rural.
Entre tanto Menem, que de candidato había prometido la expropiación y entregar las tierras a la cooperativa como inicio de la reforma agraria, cuando asumió la gobernación decidió parcelar la propiedad y darla a los terratenientes.
El secuestro
Ya con el ambiente totalmente tenso, Carlos y Rafael viajaron a Mendoza para ver a sus familias y realizar algunas gestiones. Era febrero de 1976.
En la mañana del 17 de febrero, Rafael Sifre fue a Las Catitas para sacar un pasaje. “Estaba haciendo la cola y me tocan de atrás. Me doy vuelta y veo que estoy rodeado de ametralladoras”, recuerda. Eran efectivos de la Policía de Mendoza. “Pensé que se habían equivocado. Me llevan a la comisaría de Santa Rosa y me meten al calabozo. En eso reconozco a un policía, que había sido compañero mío en la escuela, y le pregunto qué pasa. No sé. Está el Ejército en tu casa, me dijo. Reconozco la voz de Carlos y la de Esteban (José Esteban Inestal, vicario de La Rioja) que estaba de paso por Mendoza y se había alojado en la casa de él. Estamos todos adentro, me dijo Carlos”.
De la comisaría de Santa Rosa los llevaron a la Comisaría de Junín. “Nos metieron en una celda y, al otro día, nos hacen subir esposados a un auto (Rafael recuerda un Falcon y Carlos un Fairlane). A Esteban lo habían soltado, y nos vio salir. Por la radio un policía dijo: Van dos paquetes a depósito. Un policía que iba adelante nos apuntaba en la cabeza y nos decía que nos agacháramos”.
El viaje fue al dique El Carrizal. “Nos iban a tirar al lago. Nos salvó que mi hermana se logró comunicar con el obispo de Mendoza y allí se enterraron que estaba detenido el vicario”. De eso se enteraron varios días después. Lo que observaron ellos en El Carrizal solo fue que un policía, el que llevaba el mando, se retiró del auto y al rato regresó insultando. “¡A estos hijos de puta los largan, y nosotros hemos actuado a cara descubierta!, decía. De allí nos llevaron a Mendoza y nos encerraron en un calabozo de la Policía Federal”.
Los tuvieron detenidos hasta el día 23 de febrero. Carlos recuerda que una noche, como a las 4 de la mañana, hubo un estallido de júbilo entre la tropa federal ¡Tomamos el poder por las armas!, gritaban. Fue un mes antes del golpe”, recuerda.
También tiene grabada la amenaza que le hicieron antes de largarlos. “Tenían tan claro lo que nosotros hacíamos. Ustedes hacen pensar a los negros. Los vamos a tener que reventar la próxima vez. Díganle a ese pelado (Angelelli) que lo vamos a hacer desaparecer a él también, nos dijeron”.
Apenas recuperaron la libertad, el padre Baggio los refugió unas horas en su parroquia, en San Martín y les avisó a las familias. Después de despedirse de ellas, Rafael y Carlos subieron a un micro y regresaron a La Rioja.
Estuvieron allí hasta el golpe del 24 de marzo. Ese día Angelelli les dijo: “Changos, tienen que irse. Esta no es hora de mártires, es hora de vivos. Váyanse, que ya van a poder volver y seguir trabajando. Yo no puedo, esta es mi responsabilidad y no puedo abandonar el barco. Yo no voy a traicionar el Evangelio y voy a seguir hablando. Yo sé que va a caer una boina morada y esa soy yo. Espero que algún día el Episcopado se dé cuenta cuán equivocado está”.
Angelelli hizo que viajaran a Buenos Aires. Milagrosamente superaron todos los controles. “A los 4 o 5 días cayó él y nos dijo: Se van a Europa. Hablé a Roma con el cardenal Pironio. Los están esperando. Ya va a llegar el momento en que puedan volver y seguir con esto”.
Estaban sin ropa y sin documentos. “Angelelli fue al baño, se sacó el pantalón y la camisa que tenía debajo de la sotana, y me las dio”, cuenta Rafael. A Carlos le entregó una valijita con algunas prendas. Luego gestionó para que les llegaran los documentos y sus madres pudieran viajar para despedirlos.
Llegaron a Italia. El 4 de agosto del 76 una llamada telefónica les contó la tremenda noticia: Habían asesinado a monseñor Angelelli y también a los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville y al laico Wenceslao Pedernera.
Los años siguientes continuaron con las mismas tareas que venían realizando en Argentina, en distintos puntos de Europa. Regresaron luego a América y trabajaron tres años en Nicaragua. Finalmente estuvieron un tiempo breve en Brasil y el día que asumió Raúl Alfonsín, cruzaron la frontera y regresaron al país.
Los siguientes años y hasta hoy, siguieron siendo los mismos militantes católicos que lucharon por la justicia social, especialmente la de las familias rurales.
Carlos dice: “En Santa Rosa casi nadie nos conoce, porque la dictadura se encargó de borrar todo a través del terror. Al contrario, se puede decir que soy mal conocido. La tarea que hizo la dictadura de hacer creer que éramos subversivos, terroristas, dio resultado. La gente nos sigue mirando con desconfianza, más allá que saben que somos militantes de la Iglesia. El miedo todavía perdura”.
Quiénes fueron los mártires que serán beatificados
Wenceslao Pedernera
Nació el 28 de septiembre de 1936 en La Calera, departamento de Belgrano, San Luis.
De familia humilde campesina, su padre, Benjamín Pedernera, supo ser delegado del peronismo entre sus pares obreros en los primeros años del primer gobierno de Juan Perón.
Wenceslao fue uno de tres hermanos y solo pudo cursar hasta tercer grado de la primaria, ya que después fue a trabajar con su padre.
En 1957 hizo el servicio militar en el Regimiento de Infantería, en San Luis, y en 1961 se radicó en Mendoza, en Rivadavia. Fue peón rural en de Bodegas y Viñedos Gargantini y era parte de la cuadrilla de obreros que estaba a cargo de Emiliano Cornejo, padre de Marta Ramona, más conocida como “Coca”.
Wenceslao y Coca se pusieron de novios. Él tenía 25 años y ella 21. Wenceslao no quería casarse por iglesia, pero Coca le advirtió que su familia no aceptaría el enlace si no era de esa forma. Finalmente el 22 de mayo de 1962 se casaron en la iglesia San Isidro Labrador, de Rivadavia.
Tuvieron tres hijas. María Rosa nació en 1962, Susana Beatriz en 1968 y Estela Marta en 1971.
En 1968, en plena novena de la Virgen de la Carrodilla, Wenceslao comenzó a acercarse a la Iglesia. En su casa familiar, ubicada en la finca de Gargantini, comenzaron a formar, con acompañamiento de Juan Carlos Di Marco y Rafael Sifre, que pertenecían al Movimiento Rural de la Acción Católica Regional Mendoza, a algunos feligreses.
En 1972 reciben dos cursos de formación en La Rioja y conocen el Movimiento Rural, que fomentaba la organización de cooperativas y acciones de promoción.
Wenceslao se sumó a un grupo de catequistas que trabajaba en las afueras de La Puntilla. Lo recuerdan como un hombre pacífico y conciliador y buen organizador. En las reuniones se debatía sobre la realidad social, se organizaba a los grupos, se leía la Biblia y se escuchaba por radio la misa de los domingos, que daba monseñor Angelelli en La Rioja, antes de que fuera prohibida su difusión por los militares.
Considerado un movimiento peligroso por la dictadura, Wenceslao recibió varias amenazas.
La noche del 24 al 25 de mayo de 1976, fue atacado en su casa por un grupo de tareas que lo acribilló delante de su mujer y sus hijas. Veinte balazos le dieron. Murió en el hospital de Chilecito a las pocas horas. Unas horas antes le había dicho a su familia: “Papá va a morir, van a decir que era un ladrón, que le gustaba quedarse con cosas que no eran de él, pero la verdad es que muero por luchar por la libertad y la justicia”.
Carlos de Dios Murias
Nació en Córdoba el 10 de octubre de 1945. Vivió con su familia en el Valle de Punilla hasta 1949. Era el hijo menor y tuvo tres hermanas mujeres.
Ingresó en el Colegio Militar y completó estudios secundarios, egresando en 1962 como bachiller y subteniente de reserva.
Quería estudiar Veterinaria, pero no existía esa carrera en Córdoba, por lo que en 1963 decidió inscribirse en la Facultad de Ingeniería.
Comenzó a frecuentar el Movimiento Católico en la Capilla Cristo Obrero, de la que era párroco Fulgencio Rojas, con quien Carlos tenía una muy buena relación. Allí conoció a monseñor Enrique Angelelli e inmediatamente comenzaron a construir una fuerte amistad.
En 1965 abandonó la carrera de Ingeniería y se fue a San Carlos Minas, donde estaba su padre. Trabajó en el campo y entabló una muy buena relación con los peones. Pero se fue de allí en diciembre de ese año, después de distanciarse de su padre y comenzó a trabajar en el Registro de la Propiedad.
Mientras tanto seguía teniendo contacto frecuente con Angelelli, que era asistente espiritual de la Juventud Obrera Católica y de la Asociación de Profesionales de la Acción Católica.
Carlos tenía un temperamento fuerte, pero era amable y más bien callado. Tocaba el piano y la guitarra y solía hacerlo en las reuniones.
Conoció a los frailes franciscanos conventuales y el 5 de abril de 1966 ingresó a la orden de los Frailes Menores Conventuales. El 31 de diciembre de 1971 hizo su profesión solemne y el 17 de diciembre de 1972 fue ordenado sacerdote por el mismísimo monseñor Angelelli.
Primero fue vicario en la parroquia Cristo del Perdón, en La Reja, y luego en José León Suarez, ambas localidades de Buenos Aires. Allí tuvo una intensa acción pastoral con los jóvenes más necesitados.
En marzo de 1975 visitó Chamical, con planes de crear una comunidad de la Orden de los Frailes Menores Conventuales. El 6 de mayo del '76 Angelelli lo nombró vicario en la parroquia El Salvador, de Chamical.
Denunciaba en sus homilías las injusticias perpetradas por quienes ostentaban el poder y en los últimos tiempos se sabía perseguido.
“Podrán acallar la voz de Carlos Murias o la de nuestro obispo Enrique Angelelli, o de cualquier otra persona, pero nunca la del Evangelio”, dijo en su última misa, el 18 de julio del '76. Esa noche, mientras estaba cenando en la casa de las religiosas del Instituto Hermanas de José, fue secuestrado junto a Gabriel Longueville, por un grupo de policías. Ambos fueron asesinados esa misma noche. El Clero de la diócesis de la Rioja hizo pública una carta en la que decía: “Más vale morir joven, habiendo hecho algo por Jesucristo y su Evangelio, que llegar a viejo sin haber hecho nada”.
Gabriel José Rogelio Longuevielle
Nació el 18 de marzo de 1931 en Étables, pueblo de Ardéche del sur de Francia. Eran ocho hijos de una familia dedicada a la agricultura.
El 26 de septiembre de 1942 entró al seminario. En septiembre de 1952 fue incorporado al servicio militar y recién le dieron la baja en 1956. Fue tiempo de la guerra por la independencia de Argelia y eso lo marcó y le hizo tomar postura sobre las dictaduras militares.
El 29 de junio de 1957 fue ordenado presbítero y durante los 12 años siguientes ejerció el sacerdocio en su diócesis de origen y como profesor de idiomas.
Viajó a Corrientes con la intención de seguir las consignas del Papa Pío XII, que ordenaba comprometerse con la acción misionera. Llegó el 1 de febrero de 1970. Antes había pasado tres meses en Cuernavaca México, haciendo curso pastoral en el Centro de Formación para América Latina, de religión, política, historia y sindicalismo.
En 1971 se trasladó a La Rioja e ingresó al decanato de Los Llanos, con una firme adhesión a Angelelli. En Chamical visitaba en bicicleta decena de poblaciones rurales pequeñas y el 7 de mayo fue nombrado vicario en la parroquia El Salvador.
El 18 de julio de 1976, Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville fueron secuestrados de la casa de unas religiosas donde habían cenado. Unos desconocidos que portaban credenciales y que se presentaron diciendo pertenecer a la Policía Federal solicitaron a los sacerdotes que los acompañaran hasta la ciudad de La Rioja. Sin embargo, en vez de conducirlos a la capital riojana, fueron trasladados y encarcelados en la Base de la Fuerza Aérea de Chamical donde se los interrogó y torturó con alevosía antes de matarlos.
Dos días después, una cuadrilla de obreros ferroviarios encontró los cadáveres de Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville en la Ruta 38, a 5 km de la ciudad de Chamical, acribillados a balazos, maniatados y con signos de haber sido brutalmente torturados. Al fraile le habían arrancado los ojos y mutilado las manos antes de morir.
Enrique Ángel Angelelli Carleti
Nació en Córdoba el 17 de Julio de 1923. Ingresó al seminario de Nuestra Señora de Loreto en 1938, completó sus estudios en la Pontifica Universidad Georgiana de Roma y fue ordenado presbítero el 9 de octubre de 1949.
De regreso al país trabajó en barrios humildes de Córdoba y fue asesor de la Juventud Obrera Católica.
El 12 de marzo de 1961 fue nombrado obispo auxiliar del Arzobispado de Córdoba. El lema de su escudo episcopal fue “Justicia y Paz”.
Participó en tres de los cuatro períodos deliberativos del Concilio Vaticano II (1962, 1964 y 1965).
Angelelli fue uno de los cuarenta obispos firmantes del Pacto de las Catacumbas de Domitila, por el que se comprometieron a “caminar con los pobres asumiendo un estilo de vida sencillo y renunciando a todo símbolo de poder”.
El 24 de agosto de 1968 inició su ministerio pastoral como tercer obispo de La Rioja, animando los mandatos del Concilio Vaticano II.
Pastor de tierra adentro, fue resistido por los sectores reticentes a la renovación eclesial.
En La Rioja, Angelelli colaboró en crear sindicatos de mineros, trabajadores rurales y de domésticas, así como cooperativas de trabajo, de telares, fábricas de ladrillos, panaderos y para trabajar la tierra. Una de estas cooperativas solicitó la expropiación de un latifundio que había crecido a través de la apropiación de pequeñas parcelas porque sus propietarios no podían pagar sus deudas. El candidato a gobernador Carlos Menem prometió que iba a transferir dichas tierras a la cooperativa.
Sin embargo el 13 de junio de 1973, Angelelli fue a Anillaco, la ciudad natal de Menem para presidir las fiestas patronales de esta ciudad. Fue recibido por una turba liderada por comerciantes y terratenientes, entre ellos Amado Menem, hermano del gobernador, y sus hijos César y Manuel, quienes junto a otros propietarios se habían vuelto contra el obispo. La turba entró por la fuerza en la iglesia, y cuando Angelelli suspendió la celebración y salió de allí, ellos le lanzaron piedras.
El gobernador Menem retiró su apoyo a la cooperativa so pretexto de "agitación social". Angelelli denunció a grupos conservadores, canceló las celebraciones religiosas de la diócesis, y declaró un interdicto temporal sobre Menem y sus partidarios.
El 12 de febrero de 1976, el vicario de la diócesis de La Rioja y dos miembros de un movimiento de activistas sociales fueron detenidos por los militares. El 24 de marzo tuvo lugar el golpe de Estado que derrocó a Isabel Perón y a todos los gobernadores del país, incluyendo Carlos Menem de La Rioja. Angelleli peticionó al coronel del ejército Osvaldo Pérez Battaglia, nuevo interventor de La Rioja, para obtener información sobre el vicario y el paradero de los activistas. Al no obtener respuesta, viajó a Córdoba para hablar con Luciano Benjamín Menéndez, por entonces comandante del Tercer Cuerpo de ejército. Menéndez advirtió amenazante a Angelelli: "Es usted quien tiene que tener cuidado."
Existen indicios de que Angelelli sabía que estaba en la mira de los militares. Personas cercanas a él lo habían escuchado decir días antes de su muerte: "Es mi turno".
El 4 de agosto de 1976, conducía una camioneta junto con el padre Arturo Pinto, de regreso de una misa celebrada en la ciudad de Chamical en homenaje a dos sacerdotes asesinados, Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, con tres carpetas con notas sobre los dos casos.
Según el padre Pinto, un automóvil comenzó a seguirlos, y luego otro. Y en el paraje denominado Punta de los Llanos habrían encerrado a la camioneta hasta hacerla volcar. Después de permanecer inconsciente durante un tiempo, Pinto vio a Angelelli muerto en la carretera, con la parte de atrás de su cuello mostrando lesiones graves, "como si lo hubieran golpeado".
La zona fue rápidamente rodeada por la policía y personal militar. Se envió una ambulancia y el cuerpo de Angelelli fue trasladado a la ciudad de La Rioja. La autopsia reveló varias costillas rotas y una fractura en forma de estrella en el hueso occipital, en consonancia con un golpe dado con un objeto contundente. Los frenos de la camioneta y el volante estaban intactos, y no había marcas de proyectiles.
El informe policial indicó que Pinto era quien había conducido el vehículo, que tuvo una pérdida momentánea del control, y al intentar volver a la carretera reventó un neumático. Según esta versión, Angelelli habría perdido la vida como consecuencia de los sucesivos vuelcos del camión. El juez Rodolfo Vigo aceptó el informe. Pocos días después de la muerte de Angelelli, la fiscal Martha Guzmán Loza recomendó cerrar el caso, al que calificó de "accidente de tránsito".
El 19 de junio de 1986, ya bajo el régimen democrático, el juez de La Rioja Aldo Morales sentenció que había sido "un homicidio fríamente premeditado y esperado por la víctima". Cuando algunos militares resultaron involucrados en la acusación, las fuerzas armadas trataron de bloquear la investigación, pero el juez rechazó sus reclamos. El caso pasó a la Corte Suprema de Justicia de la Nación Argentina, que a su vez lo derivó a la Cámara Federal de Córdoba. El tribunal de Córdoba dijo que era posible que las órdenes provinieran del comandante del Tercer Cuerpo de ejército, Luciano Benjamín Menéndez.
En abril de 1990, la Ley de Punto Final puso fin a la investigación en contra los tres militares acusados del asesinato (José Carlos González, Luis Manzanelli y Ricardo Román Oscar Otero). Sin embargo esta ley fue derogada en 2005 junto con la Ley de Obediencia Debida, y en agosto de ese año el caso fue abierto nuevamente. La Corte Suprema dividió el caso en dos partes: la acusación contra los militares fue enviada a los tribunales de Córdoba, y la posible participación de civiles en el asesinato fue remitida a La Rioja. El ex comandante Menéndez fue llamado por el tribunal de La Rioja el 16 de mayo de 2006, pero decidió no declarar nada.
En abril de 2009 se realizó una necropsia. El informe médico legal ratificó que las múltiples fracturas en el cráneo fueron la causa de la muerte. Asimismo, se divulgó cierta información que pretendía negar el homicidio.
Al descartarse la presencia de proyectiles de armas de fuego, aspecto que nunca estuvo mencionado como evidencia en la causa, se quiso abonar la tesis de un simple y casual accidente vial, descartando la existencia de intencionalidad, es decir, de un atentado.
En 2010, el Centro Tiempo Latinoamericano de Córdoba, la sobrina de monseñor Angelelli, María Elena Coseano; el propio Obispado de La Rioja, las secretarías de Derechos Humanos de la Provincia y de la Nación, y Arturo Pinto como víctima sobreviviente, se constituyeron en querellantes en el Juzgado Federal de La Rioja. En la presentación, se resumió una vez más el relato varias veces repetido por Arturo Pinto, único testigo directo en la causa judicial, quien mencionó que la camioneta que manejaba el obispo fue encerrada bruscamente por un Peugeot 404, en una maniobra que le provocó el vuelco. Se reclamó la imputación de catorce militares y policías, encabezados por el dictador Jorge Rafael Videla y el entonces comandante del tercer Cuerpo de ejército, Luciano Benjamín Menéndez, como responsables mediatos del crimen.
El 4 de julio de 2014, Luis Fernando Estrella y Luciano Benjamín Menéndez fueron condenados a prisión perpetua por el crimen de Enrique Angelelli. Otros acusados tales como Jorge Rafael Videla, Juan Carlos Romero y Albano Harguindeguy, fallecieron antes del comienzo del juicio.
Pocas semanas antes de la sentencia, la investigación judicial había recibido un impulso imprevisto de la Santa Sede, cuando el papa Francisco remitió dos documentos hasta entonces secretos que resultaron un aporte significativo a la causa. Se trataba de una carta firmada por el propio Angelelli enviada al entonces nuncio apostólico Pío Laghi en la que advertía estar amenazado, con lo cual la misiva comprometía al nuncio. La otra carta contenía el relato detallado del asesinato de Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias, dos sacerdotes muy próximos al obispo, el 18 de julio de 1976.
Posiciones de la Iglesia católica sobre la muerte del obispo
Tres días después de la muerte de Angelelli, un grupo de clérigos argentinos dirigió una petición a Raúl Primatesta, arzobispo de Córdoba y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, instándolo a hablar en defensa del clero. El cardenal aconsejó la "prudencia de las serpientes" y recordó que "hay un tiempo para hablar y un tiempo para callar". El cardenal Juan Carlos Aramburu señaló: "Para hablar de crimen hay que probarlo y yo no tengo ningún argumento en ese sentido". Sin embargo, algunos prelados como Jaime de Nevares, Jorge Novak y Miguel Hesayne denunciaron el asesinato. L'Osservatore Romano informó la muerte de Angelelli como "un extraño accidente". La Agencia Informativa Católica Argentina publicó un informe muy breve de la trayectoria de Angelelli, en tanto que el incidente no fue discutido posteriormente por publicaciones oficiales de la Iglesia Católica.
El 4 de agosto de 2006, al cumplirse 30 años de su muerte, el entonces presidente de la Conferencia Episcopal Argentina Jorge Bergoglio, luego Papa Francisco, celebró una misa en la catedral de La Rioja en memoria de Angelelli. En la homilía en la catedral señaló que monseñor Enrique Angelelli recibía pedradas por predicar el Evangelio y derramó su sangre por ello. Sin hacer mención explícita de la participación de la dictadura en la muerte de Angelelli, Bergoglio dijo que el obispo "removió piedras que cayeron sobre él por proclamar el Evangelio, y se empapó de su propia sangre".
Bergoglio sentenció luego con una frase de Tertuliano: "[la] sangre de los mártires [es la] semilla de la Iglesia". Así, fue la primera palabra oficial de la Iglesia argentina sobre Angelelli, y la primera vez que se lo invocaba en calidad de mártir. Después de la misa, 2.000 personas (incluyendo al gobernador de La Rioja Ángel Maza) rindieron homenaje a Angelelli en Punta de los Llanos, donde se produjo el crimen. Angelelli formó parte, junto con Carlos Horacio Ponce de León, Jorge Novak, Jaime de Nevares y Miguel Hesayne, del grupo de obispos que denunció más enérgicamente las violaciones a los derechos humanos durante el Proceso de Reorganización Nacional.
En 2014, ya durante el pontificado de Francisco, la investigación judicial recibió impulso de la Santa Sede con aportes significativos para el esclarecimiento del crimen y la sentencia definitiva. En junio de 2018, la Iglesia Católica anunció su reconocimiento de que la muerte de Enrique Angelelli, como también la de los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, y la del laico católico Wenceslao Pedernera, tuvo el carácter de "martirio en odio de la fe", lo que amerita su beatificación.




