Lionel Messi, el futbolista más grande de todos los tiempos, se despide este martes de la Selección Argentina después de haberle dado durante 21 años lo mejor de su fútbol. Un Mundial, dos Copas América y una Finalíssima en su haber son solo algunos de los logros que podrá disfrutar por siempre. Y en ese contexto, aparecieron los tributos, homenajes y muestras de cariño desde cualquier parte del mundo.
"Pedí un deseo", el cuento de fútbol para Messi que escribió un periodista mendocino en Mariandina III
Lionel Messi, el mejor futbolista de todos los tiempos, se despide de la Selección Argentina y compartimos el cuento de Pablo Philippens de la antología mendocina
A continuación, compartimos el cuento "Pedí un deseo" del periodista Pablo Philippens, quien es parte del equipo de redacción de UNO. En el relato, un padre le hace a su pequeño hijo una promesa tan imposible como divertida con Leo Messi como epicentro.
El cuento es parte de Mariandina III, el libro de autores mendocinos que fue presentado recientemente en la Feria del Libro, en el espacio cultural Julio Le Parc, a sala llena.
Mariandina (2015), Mariandina II (2016) y Mariandina III (2026) reúnen cuentos de la vida en una cancha de fútbol. Historias de gente común, siempre ligadas a una pelota de fútbol.
Pedí un deseo
Solo el pequeño Benjamín puede describir la cara de su papá en medio del alboroto. La popular se viene abajo. El lluvioso domingo encuentra al Atlético Milagros a un minuto del ascenso a Segunda división. Un penal define la suerte del Atlético, el club del diminuto pueblo Villa Matilde que está por ser noticia y para siempre. Va a patear el Lungo Sotomayor y si la mete habrá fiesta. El 4-3 en los penales es claro: si este va adentro, ascenderán Benjamín, su papá Pedro y todos esos que están al borde del colapso.
Francisco Sotomayor, metro noventa y nueve. Defensor central duro, de pocas cualidades técnicas e histórico capitán del equipo. Es quien tiene la enorme responsabilidad en su pie derecho y todo está dado para que esto termine como tiene que terminar. El arquero parece estaqueado en la línea de gol, el árbitro ya pitó y Soto empieza a correr hacia la gloria.
Y qué mal la está pasando Pedro, envuelto en esa angustia teñida de pasión con palpitaciones, sudor y profundas respiraciones. Los nervios a tope y la ansiedad que le come el bocho. Pedro es de esos papás tranquilos, de pocas palabras, que, cuando está en la cancha, muta a cuarentón barrabrava. Por eso solo Benja puede decir qué cara tiene su papá a segunditos del estallido.
Pero ¿y si falla Sotomayor y después estos cabrones lo dan vuelta y ascienden ellos?, piensa Pedro. ¿Y si pasa lo de cada año de estar ahí y que se nos escape y que lo parió?, carbura y carbura. La cabeza le está comiendo la vida, entonces toma una decisión arriesgadísima, pero absolutamente necesaria para calmar a los muñecos bravos de la torre de control.
Pedro abraza a Benja con todas sus fuerzas y relojea a Sotomayor, quien va al encuentro de la pelota a paso firme. Vuelve a mirar a su hijo y, como quien necesita aferrarse a un acto mágico, le dice:
—Benja, amor mío, pedí un deseo. Ya. El más grande. Lo que más quieras en la vida. Si este tipo la mete, te lo cumplo. Te prometo por mi vida que te lo cumplo. Rápido. Decime. ¡Pedí! —suelta Pedro al borde de todo.
El Lungo está a tres pasos de la pelota. No vuela una mosca en todo Villa Matilde, el pueblito que está a 77 kilómetros de Rosario. Y Benja pide en grande, como le dijeron:
—Voy a hacer toda la fuerza del mundo para que se nos dé. La pelota va a entrar junto al palo derecho y vamos a ascender. Quiero conocer a Messi, papá. Mi deseo es que Lionel Messi vaya a mi cumpleaños —dispara el pibe así como si nada.
Solo Benja es capaz de describirnos la cara de Pedro, quien al escuchar semejante cosa está estupefacto. Con la boca abierta y la mirada perdida. Pero vuelve a la realidad y piensa que lo más fácil es decirle que no, que es sencillamente imposible, que aunque quisiera no se podría y mil palabras más. Pero no hay tiempo; Soto va a patear y el corazón de Pedro no da más.
—Sí, hijo, te lo prometo. Hacé que esa pelota toque la red por dentro y te lo cumplo. ¡Por favor que sea gol! —grita Pedro a todo pulmón y a una milésima de segundo del tiro más importante en la historia del Club Atlético Milagros de Villa Matilde.
El relator de la única FM del pueblito se hace cargo de la tensa situación ante el silencio ensordecedor de los 780 hinchas presentes:
—Jamás nuestro amado Atlético estuvo tan cerca, ¿tocaremos el cielo con las manos? Dale, Soto, dale, mandala a guardar Lungo, hacenos felices, hermano, que estalle contra la pared de piolas, Soto. ¡Te lo pido por favor! Ahí va, patea Francisco Daniel Sotomayooooor…, ¡y gol!, ¡gol! ¡ascendimos!, ¡ascendimos! ¡somos de Segunda! ¡Dios santo, quiero llorar! ¡Somos de Segunda, el Atlético Milagros de Villa Matilde ascendió y me va a dar algo! ¡Tiembla el estadio, abrácense, bésense, griten, lloren, lloren mucho que ya está, hicimos historia, la próxima temporada jugaremos en Segunda!
Allí, en un rinconcito de la hinchada popular, Benja y Pedro se funden en un abrazo mudo de esos que lo dicen todo. De esos que te hacen doler los huesos, pero qué importa. No se sueltan. Lloran mucho y no se sueltan. Uno es feliz porque el otro es feliz. Porque la felicidad se comparte.
Desbordando alegría, se meten a la cancha, dan la vuelta olímpica con los jugadores, cortan un pedacito de red de los arcos y celebran cantando hasta la medianoche, como debe ser, para volver a casa con el pecho grandote y contarle a mamá cada detalle.
El cumpleaños de Benja es en tres días y ahora empieza el baile para papá Pedro, empleado de limpieza de la municipalidad. Pedro sabe que no le puede fallar a Benja, que está en deuda, que el pibito hizo algo loco. Que alguna estrella habrá tocado para que esa pelota se meta junto al palo derecho nomás. Y que ahora hay que estar a la altura. Sabiendo que es una absoluta locura va a encarar el hombre la jugada más compleja: llegar hasta el mismísimo Lionel Messi y convencerlo de que esté en el cumpleaños de Benja, que será en el saloncito que la Ester tiene adelante de la casa, ahí en la otra cuadra.
Pero, mientras su hijo lo mira con carita de ilusión a toda hora, en cada lugarcito de la casa, hay que volver al quilombo en el que se metió Pedro. ¿Cómo hacer, a quién llamar? ¿Cómo se pone uno a buscar a Lionel Andrés Messi Cuccittini? Es, a lo mejor, el famoso más famoso entre los más famosos del mundo. Inaccesible para el 99% de los mortales. La incertidumbre es gigante, pero Pedro sabe que la ilusión del pibe que está a pocas horas de cumplir doce años lo es aún más. Y un padre nunca deja de intentar, cueste lo que cueste. Una promesa es una promesa. Aunque se trate de una del tamaño de un elefante.
Facebook, Instagram. Catorce mensajes privados a Lionel, Antonela, Jorge y Celia. Ni el visto. Nada. Y claro. De conseguir algún WhatsApp ni hablemos.
Lo bueno de conservar la vieja guía telefónica es que da opciones. Números de teléfonos fijos en época de smartphones. Es algo. Allí Pedro encuentra varios 011 de la Asociación del Fútbol Argentino y algunos 341 de Newell’s. Aunque llama absolutamente a todos los números que aparecen, nada. Solo una vez atienden y lo más liviano que le dicen es que está completamente loco.
Después, poniéndose más firme, encuentra a varios Messi en la guía. La mayoría de Rosario y sus alrededores. Habla con un tal Antonio Messi, setentón que no sabe si al fútbol se juega con 11, 13 o 18 personas. Mirá vos lo que es la vida. Ni un solo aporte. Dice no conocer a ningún Lionel con ese apellido y corta. Tacha a uno.
Más tarde logra el hola de una tal María del Carmen Messi después de muchos, pero muchos llamados. La señora de 90 años, tarotista retirada según cuenta, dice saber quién es Lionel, pero niega todo tipo de contacto.
—Mire, ¿cómo dijo que se llama usted? Pedro, bien. Escuche, Pedro, es una casualidad nomás, él se llama como yo. Porque yo estaba de antes. Si los Arcanos Mayores me dan información, le llamaré —tira en seco la doña. Tacha a dos.
Ni hablar de la charla entre el padre de la criatura y Arístides Salvador Messi, un tipo de voz ronca que afirma ser el padre verdadero de Lionel y pide plata a cambio de “datos concretos”. Uf. Tacha al tercero.
Llamadas a los Roccuzzo. A Miami, a París. A Uruguay en busca de algún Suárez que sea algo de Luis. A Barcelona para preguntarle a los Alba que son de Jordi, si conocen a los Busquets o a los Iniesta. Si lo pueden contactar con Xavi Hernández o Guardiola. Cientos y cientos de intentos para llegar a Messi que, como era de esperar, fracasan con todo éxito.
Pero no se da por derrotado. De arrebatado nomás, se sube al Fiat Duna y maneja los 77 kilómetros hasta Rosario porque le han dado la dirección de Rodrigo, el mayor de los hermanos de Lionel, que vive en un exclusivo barrio privado. Pedro espera horas en la puerta con la ilusión a tope, pero es increpado por un guardia de seguridad que lo venía mirando fiero y termina echándolo a los gritos.
Pero no se va a dar por vencido, así como así. Vuelve a pie, vestido con un mameluco de plomería y apuesta bien fuerte:
—Buenas tardes, tengo un servicio de reparación de cañería programado en la casa del señor Messi, ¿puedo pasar? —le dice al guardia. El tipo lo reconoce de toque y no solo que lo vuelve a echar, sino que Pedro pasa unas largas horas en la comisaría. Sin antecedentes, lo largan con la advertencia de que ni se le ocurra volver.
El cumple de Benja es hoy. Su mamá, en conocimiento pleno de la promesa y convencida de que su marido lo logrará, mete por mensajito un recordatorio de las invitaciones a las mamás de los amiguitos del pueblo. Todos confirmados. Ya está el morfi, las gaseosas, la torta temática con un Messi de treinta centímetros. Los vasos, manteles y platos de Messi. Y lo más importante: el boca en boca instalado porque Lionel Andrés Messi tiene que caer a lo de la Ester.
El salón luce decorado, todo celeste y blanco. Una Copa del Mundo hecha con papel glasé está pegada en la pared de atrás para que el niño sople allí las doce velas con la incomparable ilusión de que en esa foto va a salir el más grande de todos los tiempos.
Aunque hay que volver a Pedro, ahora sí derrotado, porque sabe que fue demasiado lejos con aquel “pedí un deseo”.
¿Y qué voy a hacer?, piensa. ¿Cómo hago ahora para explicarle al pibe que su ídolo no va a venir porque, simplemente, ni cerca le pasé? Una promesa es una promesa, se dice a sí mismo una y otra vez.
De pronto, casi yéndose de la muni al cumpleaños de su hijo con la peor de las noticias y la amargura a flor de piel, escucha de refilón lo que puede ser su salvación, su única opción, la chance posible para intentar salir del embrollo en el que se ha metido: en el noticiero del canal le están haciendo una nota al Tito Zapata, uno que más o menos se le parece a Messi. Y que cada tanto se hace unos mangos haciendo payanitas en las calles de la ciudad de Santa Fe.
Hay que aclarar algo: parecido, así como parecido, no. Un aire. Con gorra, pilcha y sin tanta luz se le parece a Messi. Es algo. Y a esta altura es un montón. A situación extrema, medida extrema.
Sobre la hora, y como quien manda al arquero a cabecear la última pelota, Pedro llama al canal, consigue el teléfono del Tito Zapata, le cuenta y lo convence de que se tome el próximo micro hasta el pueblo para hacerse pasar por el mismísimo Messi en el cumple de Benja. A cambio de unos billetes, logra el sí para que esté unos minutos con la idea de un saludito general, un par de fotos a la sombra y nos vemos. Un trato entre Pedro y Tito, sin que nadie más lo sepa. Un pelotazo al área. A todo o nada.
Un periodista del diario del pueblo, que se edita sus propias notas y que también maneja las redes sociales, y que pone su auto para ir a los lugares, llega a lo de la Ester. El relator de la FM —que además es el cronista, productor, operador, asistente de operador, técnico y vendedor de publicidad— está en la puerta. Todos saben de la noticia de Messi, desde el aguatero del Atlético Milagros hasta el último habitante de Villa Matilde.
Cumple en marcha. Los pibes patean una botella vacía, bailan Live Is Life de Opus (porque al Diego hay que tenerlo siempre presente) a la espera de que aparezca él, el rosarino que cambió la historia del fútbol. El de los Balones de Oro. El de los récords. El de la final inolvidable ante Francia.
—¡Messi, Messi, Messi! —cantan y saltan los chicos a la espera del gran momento. Y Pedro que los mira y se come las uñas mientras camina de aquí para allá.
A media hora del final del cumple, llega el tan ansiado momento: el Messi que consiguió Pedro entra por el portoncito. Mirando para abajo, botines negros con tapones, medias celestes y blancas hasta las rodillas, canilleras, pantalón corto negro y una camiseta trucha de Argentina que le queda decididamente chica. Una Etrusco desinflada bajo el brazo y una caminadita que intenta asemejarse a la del 10.
El tío que maneja el parlante baja el volumen de la música desde su celular. El silencio se torna incómodo. Al principio las caras, tanto de los niños como de los grandes, son de expectativa y sorpresa, pero cuando el Tito Zapata —que la venía llevando bastante bien— intenta hablar como Messi, lo arruina todo. No tenía que abrir la boca. No estaba en el contrato. ¿Por qué hizo eso? Una voz al estilo Coco Basile retumba en el salón. Nada que ver. La euforia y la ilusión de todos se deshacen en un instante. Uno de los pibes se da cuenta de que el tipo no es Messi. Y es un baldazo de agua helada.
—¡Este no es Messi, es un cualquiera, miren, todo esto fue una gran mentira! —tira el pendejo con cara fruncida mientras corre hacia la calle.
Comprobado el fraude y la desilusión, se arma una lloradera de la san puta. Los chicos sufren el engaño a moco tendido y el cumple que tanto esperó Benja termina de la peor manera. La mamá, enfurecida. Hasta la Ester, quien con un ataque de nervios se toma una pastilla antes de cerrarse en su habitación.
Con el cumpleaños todo roto, la Copa del Mundo de papel glasé en el piso, las botellas de gaseosa derramadas y las empanadas a medio comer, un abatido Pedro manotea una lata de cerveza y decide sentarse por allá, solo, en el cordón de la vereda, mientras un par de lágrimas bajan por sus mejillas.
De repente, Benja se le aparece, lo abraza fuerte y le dice:
—Ya está, no llorés más. El mejor del mundo vino y está al lado mío. Tranquilo, papi, que mi Messi sos vos.
Y se abrazan, se abrazan muy fuerte. Lloran y no se sueltan.
Solo el pibe puede describir la cara de su papá luego de ese bendito momento.
