Ante una mala noticia, algunas personas se paralizan. Otras, en cambio, respiran hondo y piensan: “algo bueno puede salir de esto”. ¿Qué hace que ciertas personas mantengan la esperanza incluso en contextos adversos? Para la neurociencia, la respuesta está en el cerebro.
Neurociencia: si eres una persona optimista ante los problemas, tu cerebro funciona diferente al de los demás
Cuando una persona vive su vida hay dos caminos viables, el pesimismo o el optimismo. En el segundo caso, la neurociencia explica que su cerebro vive diferente
Esta disciplina que estudia el sistema nervioso compúesto entre otros por el cerebro, para coprender como funciona ante lo que haga el humano, ha demostrado que el optimismo no es solo una actitud aprendida o una frase motivacional repetida frente al espejo. Es, en gran parte, una forma particular en que el cerebro procesa la información, anticipa el futuro y regula las emociones.
Neurociencia: si eres una persona optimista, tu cerebro funciona diferente al de los demás
Uno de los conceptos más analizados es el “sesgo optimista”, una tendencia natural a sobreestimar la probabilidad de que ocurran cosas positivas y subestimar los riesgos negativos. Por eso, se ha observado que el cerebro procesa de manera diferente la información favorable y la desfavorable.
Cuando recibimos datos positivos sobre nuestro futuro, áreas vinculadas a la recompensa se activan con mayor intensidad. En cambio, la información negativa suele generar menor actualización en nuestras creencias si somos optimistas. Es decir, el cerebro optimista “escucha” más lo bueno que lo malo.
Desde la neurobiología, hay dos regiones cerebrales que cumplen un rol central: la amígdala, relacionada con el procesamiento del miedo y las emociones intensas; y la corteza prefrontal, encargada de la planificación, el pensamiento racional y la regulación emocional.
En personas optimistas, la corteza prefrontal tiene mayor capacidad para modular la respuesta de la amígdala ante situaciones estresantes. Esto significa que, frente a una amenaza o dificultad, el cerebro logra evaluar con mayor equilibrio la situación y evitar respuestas exageradas.
El optimismo también está vinculado al sistema de recompensa cerebral y a neurotransmisores como la dopamina, asociada con la motivación y la anticipación de resultados positivos.
Cuando una persona optimista imagina un objetivo alcanzado, su cerebro activa circuitos similares a los que se encienden cuando la recompensa ya es real. Este mecanismo no solo genera bienestar, sino que impulsa la acción.
¿Se nace optimista o se puede entrenar el cerebro?
Por lo general existe una base genética, pero también una enorme influencia del entorno y los hábitos mentales. Gracias a la capacidad del cerebro de reorganizarse, es posible fortalecer patrones de pensamiento más positivos. También pudo haber sido una ventaja adaptativa. Creer que el esfuerzo dará frutos aumenta la probabilidad de persistir, innovar y sobrevivir.
Es por ello que para la neurociencia el cerebro de las personas optimistas no ignora la realidad, sino que la interpreta con un filtro que favorece la esperanza y la acción. Es decir, es un rasgo de la personalidad que se da al priorizar los resultados positivos y restar importancia a los negativos influida por diversos aspectos, sean aprendidos o heredados.






