Ahí está, pegadita al ventanal, mirando cómo el cielo se desploma pasando por agua los planes del fin de semana. Pero eso, a Olivia, no le importa. Con tener agua fresca y comida al alcance es suficiente. Ah, y el sillón, disponible.
Olivia es una gata. Mi gata. Mi primer felino. Llegó a mi vida hace casi tres años por recomendación de la colega Soledad Segade, una mascotera irreductible y fanática. Ella me instruyó sin pausa durante semanas acerca de los miles de beneficios de sumar un gato a mi vida. De ninguna manera, le contestaba una y otra vez. Siempre tuve perros desde chico, justificaba. Hasta que un día de marzo me animé.
Recibí a Olivia de manos de Fedora, un alma buena que le había dado cobijo temporal y que me miró de los pies a la cabeza con gesto serio hasta que solté mi compromiso de darle una buena vida a esa bola de pelos que tenía poco más de seis meses. Aquella misma tarde la llamé Olivia por primera vez y parece que le gustó.
Ahora somos una dupla inseparable. Ella es dueña de la casa y hace conmigo lo que quiere y cuando quiere, típico comportamiento felino y típicamente territorial.
Se pasea entre mis libros y mis papeles y juega a esconderse detrás de la computadora con que escribo estas líneas. A veces reclama y vaya que si reclama. Compañía y juegos. A veces se la manda, no lo voy a negar. Dos hermosos potus fueron sus primeras víctimas, no así el cortinado de casa que a veces parece desafiarla, como llamándola a jugar o a pelear.
Rápidamente se amigó con las personas de mi círculo íntimo y hasta celebra cuando llegan y se desorienta cuando los ve irse hasta la próxima. Ahora la veo clavar sus ojos verdosos sobre un mosquito que se empecina en convertirse en la próxima diversión. Otra versión del juego del gato y el ratón.
Este viernes se festejó el Día Internacional del Gato y yo recordé que grandes escritores, como El Gordo Soriano y Cortazar compartieron sus días con felinos como Olivia. Hasta Borges tuvo un gato y Neruda compuso la Oda al Gato.
Compañía silenciosa y discreta y omnipresente. Así son los gatos. También curiosos por excelencia (de Olivia no se salvan ni las cajas de cartón ni las bolsas de supermercado y mucho menos los estantes del placard), algo que, dicen, les ha permitido una supervivencia milenaria.
Intuye mi llegada a la distancia y en muchas mañanas se hace sentir con corridas por la casa y saltos de la mesa al sillón y de ahí a la mesada de la cocina.
La llamo Olivia pero también Socia, La reina del Nilo o La Reina del Plata. O hijita. ¿Malcriada? A tiempo completo.
El Día Internacional del Gato reavivó un viejo debate de hasta dónde podemos humanizar a los animalitos de la casa. ¿Mi opinión? Hasta donde cada uno quiera y hasta donde cada uno se sienta feliz. Y hablo de humanos y mascotas por igual.
Ahora un trueno sacude el ventanal y Olivia corre y busca refugio debajo de mi silla de escritorio. Y le hablo. Y le acaricio la cabeza y ella se refriega en mis zapatos.
Punto final para esta columna porque Olivia me reclama.
Se ha escondido en el pasillo y entiendo la indirecta: son las siete de la tarde y es la hora de los cariños de las siete de la tarde. Como desde el primer día en que la adopté. ¿O es que Olivia me adoptó a mí?






