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Marina Closs y sus fantasmas bajo el agua: "Me molestaba escribir sobre Misiones como un lugar paradisíaco"

La escritora argentina dialoga con Radio Nihuil en el programa La Conversación. Es autora de más de diez libros

Casa de agua cuenta una historia que transcurre, literalmente, en el agua.

La humedad lo invade todo. Está en el musgo que tapiza el ambiente, en los ríos subterráneos, en las tormentas que se repiten sin respiro.

Marina Closs (Aristóbulo del Valle, Misiones, 1990) la escribió hace diez años. Fue su primera novela. Ahora, la reedición de editorial Alfaguara nos permite redescubrir los orígenes de su particular estilo narrativo.

La casa del título alberga a una familia que lucha diariamente por su subsistencia, vigilada por los Ancestros desde sus retratos, en un intercambio alimenticio y contrapuesto con sus animales de granja, mientras se adivina la presencia fantasmal de seres que reclaman su lugar en los pliegues del trajín acuático.

Las hijas más jóvenes del clan son el motor de la acción, porque a ellas se les caen los dientes y eso es un drama; porque no consiguen huir de ahí y es un drama no hallar un hombre que les tire una soga; porque todo cuanto las rodea es, en fin, el drama más pesado, más sofocante.

Con su libro, Mariana quiso mostrar la parte oculta de su tierra misionera, esa que, a la luz del cliché turístico, se vende como un paradisíaco destino tropical.

Desde Santiago de Chile, adonde la ha llevado la vida en este momento, dialoga con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

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-¿Estás circunstancialmente en Chile o te han instalado?

-Yo pienso que voy a volver, pero nada. Son así, momentos de paso.

-¿Y en Argentina solés estar en tu tierra, Misiones, o en Buenos Aires?

-En general, me pasó un poco de todo últimamente (sonríe). Pero estuve en Buenos Aires. Creo que es el lugar al que más vuelvo. No sé, no sé... es como muy confusa la pregunta para mí también.

-O sea que sos medio trotamundos.

-Sí. No sé si es porque lo decidí yo o porque, más bien, me pasó.

-"Casa de agua" es una novela con un entramado extraño y narrada en un estilo muy poético. ¿Cómo fue tu manera de abordarla?

-Fue la primera novela que escribí, un poco tanteando cómo podía hacerlo. Y la verdad es que siempre me ha gustado la prosa concisa y muy lírica.

-¿Con qué antecedentes llegaste a esta, tu primera novela?

-Había escrito unos cuentos muy raros y entonces quería probar, a partir de eso, qué podía hacer. Y de ahí salió Casa de agua.

-¿Cómo fue el proceso, ese pasaje del cuento a la novela?

-No tenía más plan que el levantarme todos los días y escribir, primero, a la mañana, así, sin pensar. Entonces tiene mucho de inconsciente y tiene también ese contacto con la noche.

-¿Cómo era ese contacto?

-Yo, en ese momento, por loca nomás, me despertaba muy temprano. Era de noche, como a las cinco y media, seis. Ese es el ambiente, siento yo. Un poco la inconsciencia y ese estado medio entre el sueño y la vigilia. En resumen, ese fue el método de escritura: levantarme y que saliera lo que tuviese que salir.

-Ahora bien, ¿cómo has ido sintiendo esta historia en la piel? Los personajes están todo el tiempo flotando, rodeados por ríos subterráneos, por la lluvia, la humedad, el musgo, el liquen. Una atmósfera, en la imaginación de quien lee, asfixiante. ¿Estás transmitiendo las sensaciones de tu tierra misionera?

-Sí, seguro. Hay muchas cosas muy misioneras. También hay cosas que disloqué en la novela, como, por ejemplo, eso de que todo el rato se come cebolla.

-¿Y qué efecto buscaste con ese disloque?

-Sacar a Misiones de que es la tierra de la abundancia y las frutas tropicales. Bueno, todo eso no. Y sí, en cambio, está Misiones como ese lugar rodeado de agua por todas partes, acechado por el agua. Digamos, sí es Misiones y, en el fondo, también hay un montón de esfuerzos míos en que no sea Misiones.

-Vos creciste en Aristóbulo del Valle. ¿Dónde está ubicado tu pueblo?

-Está en el centro de Misiones. Por todas partes hay ríos ahí, lluvia; está el acuífero guaraní por abajo. Entonces, de verdad, es muy real decir que Misiones está totalmente rodeada de agua.

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Marina Closs ha escrito más de diez obras desde 2013, cuando se publicó su primer libro.

Marina Closs ha escrito más de diez obras desde 2013, cuando se publicó su primer libro.

-¿Cómo es su geografía?

-Está cerca de la sierra, por eso uno puede mirar hacia un valle o mirar a lo lejos un paisaje con montañas.

-Siendo de ahí, ¿cómo te llevás con el agua? De chica, ¿eras de meterte al río o huías de él?

-A mí me molestaba mucho, como te decía, escribir sobre Misiones como una especie de lugar paradisíaco, que es como vende el turismo la imagen de estos lugares tropicales.

-¿Qué ángulo alternativo elegiste?

-Me concentro, en general, en aspectos un poco horribles o tediosos del paisaje. Y ahí, claramente, está la cuestión del agua cuando se vuelve un obstáculo constante para todo.

-El agua y todo lo que la rodea, ¿no?

-Como el barro. Todo ese aspecto de la vida del lugar que, capaz, conoce más que nada un misionero y no tanto alguien de afuera que solo va un par de días y dice: ¡qué lindas las cataratas!

-Clarito. Es el revés de la postal turística.

-Digamos, a pesar de que yo encuentro que Misiones es muy hermoso, me concentré en los mosquitos y en el agua y en el barro, que siempre fue mi área de interés.

-Una de las reseñas literarias sobre vos, dice que tu obra se caracteriza por escribir cosas crueles y tristes desde el humor. En efecto, tus personajes, al menos en este libro, están todo el tiempo atravesando un estado crítico.

-Claro, eso pasa en Casa de agua, pero, después siempre, también. Era un tiempo en el que me gustaba mucho jugar con el absurdo, donde todo esté deformado. Entonces, nos encontramos con estos personajes un poco grotescos, a veces un poco caricaturizados, incluso. Es así que se vuelven por momentos medio mitológicos.

-Después tu obra tuvo un giro.

-En libros posteriores fue más realista mi aproximación a Misiones o a los personajes.

-En la contratapa de tu libro se afirma, incluso, que has reversionado el estilo gótico. Pero el gótico es un género de terror, ¿no?

-Sí, eso es gracioso porque, en el fondo, el gótico ahora es como la etiqueta que está de moda. No sé si estará pasando, pero, en todo caso, tiene que ver con cuestiones comerciales. Sin embargo, Casa de agua, sí, tiene algo gótico, por más que no sea muy comercial. Tiene este ambiente sombrío, igualmente. Y la verdad es que yo nunca lo pensé.

-¿Cómo fue, en su momento?

-Es un libro de hace diez años. Entonces no lo pensé con respecto a la etiqueta del gótico de ahora, sino que tenía más que ver con la literatura que yo leía, muy de los siglos XVIII y XIX. Sería, por lo tanto, un gótico desactualizado.

-Sí, porque tu relato está lleno de seres espectrales. Es más, hay momentos en que uno no sabe si el personaje que está en acción es un fantasma o alguien de carne y hueso, si es una serpiente o una mujer, etcétera.

-Claro. Una de las cosas que me gustaba pensar es que el personaje principal, en el fondo, no existe y es solamente el paso de una hermana a la otra. Son como claves de lectura un poco rebuscadas (sonríe).

-El personaje central, aunque es el narrador, permanece siempre en una zona velada.

-La idea es que ese personaje nunca tiene nombre. En el fondo podría ser una especie de fantasma, sí. Aparte, cuando le preguntan su nombre, siempre dice el de una de las hermanas.

-Por eso mismo. Ahora bien, la novela empieza mostrando un árbol genealógico. Eso es muy importante porque ahí figuran los Ancestros. Está mencionada toda la estirpe familiar que, según se dice, proviene de Rus. ¿Rus es un pueblo de Ucrania?

-No. Es que yo traté de evitar datos muy realistas porque también pinchaban el globo que yo estaba armando, que era el de un paisaje que no existe. Por lo tanto, para evitar hablar de Rusia, usé esta palabra, Rus, que es como su nombre antiguo.

-Lo que pasa, además, es que los nombres tienen un aire ucraniano.

-Todo tiene una base que se relaciona con Misiones. Es decir, estaba pensando bastante en los eslavos misioneros, que son ucranianos, que son rusos, que son ucranianos que hablan ruso. Uno, por ahí, mentalmente los tiene muy divididos. Pero, en cuanto a mi experiencia, me acuerdo de una señora, que hablaba en ucraniano, y me dijo: " ". ¡Y eso es ruso! Pero, para ella, estaba hablando ucraniano. Por lo tanto, no queda claro quién es quién. Es un poco una mezcla de cosas, ¿no?

-¿De dónde es el origen de tu apellido, Closs?

-Es un apellido alemán, pero de la zona entre Francia y Alemania. Entonces también es un apellido que no se entiende bien si es de un lado del límite o del otro (ríe).

-Te movés con comodidad en esas dualidades.

-A mí me encantan las categorías. Pero también me encanta todo lo que borra todas esas categorías, todos esos personajes un poco intermedios.

-Esa es tu marca, sí.

-Como el personaje de la novela que, cada vez que le preguntan su nombre, dice el de una de sus dos hermanas. Esos son los personajes con los que yo me identifico.

-Además de los personajes de carne y hueso de la novela y de la presencia del agua, del moho, de las tormentas con sus relámpagos, es muy importante la participación de los animales, sobre todo los de granja. Cada vez que las chicas se mueven, están acompañados por unos gansos bastante intensos. Hay gallos, hay gallinas, hay una serpiente que habla y hasta una yegua enterrada en una tumba medio mitológica. ¿Cómo ha sido tu experiencia con los animales?

-Yo no sé cómo será Mendoza, pero en las ciudades hay una especie de cosa idílica con la naturaleza y con los animales, un poco por la distancia, creo yo.

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El libro

El libro "Casa de Agua" de Marina Closs.

-Se entiende. Tu origen es distinto.

-Mi experiencia de pueblo, de una oma que tenía un gallinero gigante atrás de su casa, no era para nada idílica. Era odiando animales, teniéndoles mucho miedo. Un poco de todo eso está claramente en la novela.

-Y cada uno de ellos tiene una presencia particular, muy distinta.

-Los animales que aparecen, por ejemplo, las gallinas, tienen mucho que ver con mi infancia. También los patos, los gansos y después la yegua.

-Esta última se relaciona con los antepasados.

-Me acuerdo de que en mi pueblo había una tumba de una yegua. Y cuando yo era chica, la íbamos a ver con mi papá. Era parte de la excursión ir a ver esta tumba. No me acuerdo bien si era una yegua o un caballo en este momento. Pero eran hitos que estaban ahí. Por más fantásticos que suenen en la novela, fueron parte de mi infancia (sonríe).

-Otra presencia muy inquietante son los Ancestros, porque hablan estando muertos, desde sus retratos. Y esto tiene que ver con la casa de tu bisabuela, que también tenía la foto de los antepasados en las paredes, ¿no?

-Sí, sí. Es otro de los datos muy reales. Ese espacio de la sala, que yo no sé si era algo común o si era la casa de mi bisabuela no más, ahí estaba, con las paredes altísimas y completamente llenas de fotos de gente que uno jamás había visto.

-¿De qué manera te impactaba, cuando eras chica?

-Que alguien te hablara de un tío que se murió hace mil años, que estaba en el retrato, hacía que uno de pronto tuviera su mapa mental de quienes habían existido y ya se habían borrado. Ese espacio de la sala es uno de los más claustrofóbicos.

-Pero, al mismo tiempo, cumple un papel bastante destacado en el relato.

-Es que, al mismo tiempo, el personaje también sufre mucho de tener que dejar ese mundo claustrofóbico. Uno de los leitmotivs de la novela es esta idea de lo difícil que es dejar todo eso.

-Buscando al azar, apareció un relato tuyo de 2022, llamado Los días radiantes. Ahí hablás de una vivienda muy parecida a la de tu novela y termina, exactamente, de esa manera. La última frase dice: "Porque entonces ya sabíamos que toda nuestra vida consistiría en huir pacientemente de esa casa". Es un tema recurrente para vos.

-Gracias, porque quiero que se lea ese cuento en relación a esta novela, a pesar de que yo los escribí en momentos totalmente distintos y también en situaciones que no tenían nada que ver.

-¿Y por qué las coincidencias?

-Después, sí, me di cuenta de que yo estaba volviendo, porque, como les digo, la novela es de hace diez años.

-¿A qué volvías?

-Estaba volviendo a ese mundo que me encanta, que me atrapa mucho. Volvería a escribir otra novela con el mismo ambiente.

-¿Qué valor, en definitiva, le asignás a Los días radiantes?

-Me encanta, como decía, que se lea en continuidad ese pequeño resumen, casi como una especie de prólogo de "Casa de agua", aunque lo haya escrito después.

-Puede funcionar como prólogo o como secuela. Incluso la primera línea de ese cuento es muy pictórica: "En nuestra casa se mordía el viento, se dormía el tiempo: se mecía el corazón de un cerdo, se comían frutas magníficas y heladas. Las frutas se mordían y se derretían como si estuvieran hechas de extraños pigmentos".

-Sí. Es, sobre todo, muy musical. De hecho, a veces le iba cambiando las palabras, pero que siempre siguiesen la misma música, los mismos acentos. Fue muy de oído la escritura de ese cuento.

-¿Por qué las chicas jóvenes de la casa tienen tantos problemas con los dientes? Resulta un drama que se les vayan cayendo los de leche. Es algo que no les pasa a las mujeres grandes ni a los hombres de la familia.

-Es parte de las cosas que, en ese momento, me parecían muy fascinantes. Y todavía lo parecen. Son historias que uno va armando de la nada.

-¿Pero por qué este caso en particular?

-Eso de los dientes fue más bien una deriva de la novela, que después gana protagonismo y se transforma en la historia.

-¿Cómo era el plan inicial?

-La historia empezaba con la descripción de este ambiente, de esta pura atmósfera. Y después me he quedado enredada con la historia de los dientes. Eso hizo que yo terminara el libro; fue, de hecho, lo que hizo que se transformara en una novela y no solo en una pequeña descripción de la atmósfera de un espacio.

-Pero entonces el episodio no tiene un origen específico.

-Yo no quisiera darle una explicación, sobre todo porque lo primero que uno hace cuando lee Casa de agua es tratar de encontrarle alguna clase de interpretación o de sentido. Y es tan divertido que no quiero arruinárselo a nadie contándole mi interpretación (ríe).

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La escritora Marina Closs hace un repaso de sus obras en conversación con Radio Nihuil.

La escritora Marina Closs hace un repaso de sus obras en conversación con Radio Nihuil.

-Es un buen punto para seguirle la onda a tu relato.

-Está todo ligado con la cuestión de la serpiente, que es justamente todo lo contrario. Es un ser con unos dientes monstruosos. Ahí está el peligro. El peligro que corren todas las chicas de estas familias que, en el momento de cambiar los dientes, pueden quedarse totalmente sin ellos o que les crezcan otros monstruosos. O puede, también, que les crezcan dientes normales.

-Exacto. Todo puede suceder. Todo está en suspenso.

-Es el peligro de la adolescencia, supongo. O sea, es el momento de paso de una cosa a la otra, que puede convertirse en cualquier cosa muy opuesta.

-Hay otro elemento típico de los pueblos, de la sabiduría popular, que al principio tiene un importante protagonismo. Son los brujos, los preparadores de ungüentos que dan sus consejos. ¿Hay muchos brujos en tu provincia?

-Cuando yo empecé a escribir la novela estaba pensando mucho en la familia de mi abuela y mi bisabuela. Y una de las historias de mi abuela, que están todo el tiempo dando vueltas en la novela, es que su mamá, por un tiempo que nunca puede decir bien cuánto fue, se acostó y se quedó enferma.

-¿A quién se acudía, en ese caso?

-En el Misiones de esa época era fundamental recurrir a alguna clase de brujos o de brujería. No había muchas otras explicaciones. En Misiones, en realidad, siempre hay brujos, pero quiero decir que eso está muy inspirado en los relatos de mi abuela, donde ahí era todo mucho más desesperado.

-Los brujos cobran protagonismo al comienzo, pero después desaparecen de la novela.

-Es verdad que están ahí al principio. Lo que a mí me gusta de eso es que son unos de los que le preguntan al personaje principal el nombre y ella dice el de una de las hermanas. Dramáticamente, esa es su función. Los brujos después desaparecen, sí.

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