María Lobo (San Miguel de Tucumán, 1977) es tucumana y escribe desde Tucumán.
Lo que parece, a primera vista, una perogrullada es, en realidad, una firme toma de postura. Una bandera, también. La de asumir con orgullo, sin complejos, los valores de la cultura provinciana y su diferencial narrativo.
No se trata de pelear a la contra ni de reclamar en forma plañidera.
Vale para dejar el evidencia el arraigado cliché nacional que opone, desde los albores coloniales, la Buenos Aires moderna y cosmopolita al interior estancado, fronterizo, cuya postal la conforman “el desierto, el polvo, la siesta, los personajes peligrosos”.
Se trata, por lo tanto, de alzar la voz y de mostrarse de cuerpo entero. Una voz roquera, en este caso, en lugar del aire de zamba norteña que impone el costumbrismo.
Son varios los títulos, entre ficción y ensayo, en los que María ha cimentado esta postura. Su nueva novela, Efecto peculiar, es otro eslabón en la cruzada.
El libro cierra la trilogía de San Miguel, ese pueblo inventado por ella, a la manera de Macondo o Comala, que deja la palabra "Tucumán" a la vera del camino, para no comprometerla con sus invenciones.
La historia se concentra en explorar los límites de la comunicación humana. En hallar el punto exacto en el que la música conecta verdaderamente con las personas.
Ahí radica el empeño obsesivo de Celenia Ree, bajista de un grupo de rock, inspirada, principalmente, en la obra de Antonio Meucci, el inventor del teléfono, y en la música de Jeff Tweedy, el líder de Wilco.
Desde su ciudad natal, y haciéndose cargo del peso que implica llamarse Lobo, María abre las puertas de su novela polifónica para el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-María, ¿cómo te va?
-Hola, ¿cómo andan por ahí? Los escucho atentamente desde hace un ratito y estoy acá, en Tucumán, claro.
-Aunque en tus escritos hablás solo de San Miguel, sin el agregado de Tucumán. ¿San Miguel es casi tu Comala, tu Macondo?
-Así dicen. Ciertamente, desde que escribo libros, nunca hablé de la palabra Tucumán. Y, sin embargo, cada vez que aparece alguna lectura o alguna conversación, siempre la gente remite con Tucumán.
-Es difícil escapar de su influjo.
-Pero la gente de Tucumán me dice: no es Tucumán. Es "tu" Tucumán (risas).
-Por supuesto. Vos lo vas reinventando. ¿Y por qué esto de no nombrarlo?
-Porque hay una cuestión de cuidarnos en esto de no llamarle Tucumán a la ciudad.
-¿Cuidarse en qué sentido?
-Porque si hay algo que me expulsa, es aquella persona que quiere escribir sobre un lugar para representarlo. Yo siempre intento pensar que lo que escribo es una ciudad posible, no la ciudad en la que vivo. Entonces, en ese sentido, siempre he hablado de San Miguel.
-Un nombre que se va cargando de sentidos.
-Incluso hay una novela llamada así, San Miguel, en la que los personajes hablan de la diferencia entre Tucumán y San Miguel, por ejemplo (ríe).
-A propósito de esto, El efecto peculiar cierra una trilogía tucumana, ¿no?
-Sí, exactamente, una trilogía sanmigueliana, porque los personajes se mueven entre San Miguel y Tucumán. Por momentos se nombra Tucumán, pero para diferenciarlo. La serie arrancó con una novela que tiene ya casi diez años, El interior afuera. Y le siguió Ciudad, 1951.
-Marquemos, de paso, que tu interés por la temática urbana guarda relación con la nueva novela del mexicano Daniel Saldaña París.
-Te escuchaba atentamente cuando lo mencionabas en la presentación. No la leí. Es una lectura pendiente.
-¿Por dónde te parece que se ligan mejor?
-Siento que hay muchas conexiones con el tema de la arquitectura porque Ciudad, 1951, precisamente, que es la segunda novela de la trilogía, habla sobre la construcción de la Ciudad Universitaria acá en Tucumán. Fue un proyecto que se llevó adelante en el gobierno de Perón, a fines de los años cuarenta y que estuvo en marcha hasta un poquito antes de mediados de la década del cincuenta.
-¿Qué pasó con él?
-Se llegaron a hacer varios de los edificios de esa ciudad universitaria que iba a ser la más grande de América Latina. Pretendía albergar a treinta mil estudiantes de todo el continente. Y los personajes del relato son arquitectos que participaron de esa iniciativa.
-Alguno de ellos vuelven a aparecer, ¿no?
-El protagonista es Charles Wagner, abuelo del protagonista de El efecto peculiar, Charlie, que también es arquitecto.
-Y en historia de Saldaña París, coincidentemente, se menciona la Ciudad Universitaria de México como uno de los complejos urbanos emblemáticos de la novela.
-Sí, sí, sí, por eso te digo que este libro lo tengo que leer. Lo tengo muy anotadito. Estábamos escribiendo lo mismo. Creo que tenemos más o menos la misma edad con el escritor.
-Se llevan pocos años de diferencia, sí.
-Me va a interesar un montón porque me encantan los arquitectos, la arquitectura y demás.
-¿Vos estás en Tucumán por empeño? Digamos, ¿te empeñás en quedarte ahí o sos feliz en Tucumán y no te gustaría vivir en otro lugar?
-(Suspira) ¡Qué pregunta! Cuando tenía dieciocho, veinte años, como había hecho un viaje a Europa pensaba tengo que vivir acá. Esa cuestión la juventud. Después, fueron pasando los años, tengo casi cincuenta y cada vez me fui alejando más de la idea esa de que afuera de Tucumán había cosas a encontrar o cosas que quizás Tucumán no tenía.
-¿En qué decantó todo eso?
-Hablando en estos días con una periodista salteña sobre las desigualdades entre la Capital y las provincias, le comentaba que, a esta edad, me interesaría mucho más empezar a poner brillo en la palabra diferencia.
-¿Desde qué perspectiva?
-Diferencia me parece una palabra mucho más interesante que desigualdad. La desigualdad está, por supuesto, porque hay millones de cuestiones relacionados con los lugares de pobreza estructural que hay en las provincias. Pero que también los hay en Buenos Aires. Y entonces, si le pusiéramos más brillo a la palabra diferencia, podríamos empezar a pensar que, ahí donde alguien ve algo que falta, alguien ve algo que sobra, ¿no? O algo diferente, sencillamente.
-La cuestión provincia es clave en tu obra.
-Es que empecé a pensar el lugar de la provincia como un lugar de diferencia y no como un lugar de desventaja o desigualdad. Me pasé muchos años escribiendo sobre eso. El otro día hablaba con un amigo escritor que me decía: empezaste escribiendo por la negativa y ahora vas por la positiva (ríe).
-¿Qué pasó?
-Se me fue pasando un poco el enojo con esa cuestión al empezar a mirarla desde otro lugar, desde otra perspectiva. Y a pensar la provincia, como me gusta llamarla a mí, como ciudades a media altura.
-Algo que desarrollás también en El efecto peculiar.
-Es un concepto que escribí en un libro de ensayo que salió el año pasado por Fondo de Cultura, en el cual pienso mucho la cuestión de la provincia como ciudad a media altura, con sus complejidades atravesadas por la cultura de la capital, pero a una escala diferente.
-Cambia el foco, el lugar común.
-Escribir desde acá a mí me parece que genera como un corrimiento, como una perspectiva. Y no encuentro que le falte algo a Tucumán, sino al contrario, siento cada vez más que nos sobran cosas maravillosas para pensarnos como país, para pensarnos como personas.
-Precisamente, es muy bueno encontrar a los escritores que fueron representativos de su lugar. Por ejemplo, el máximo escritor de Mendoza, Antonio de Benedetto, hizo toda su obra aquí, salvo en su periodo final por un exilio obligado.
-Así es, claro.
-O Héctor Tizón, un emblema de Jujuy. Ustedes pueden pintar el paisaje con crudo realismo, pero también recrear la imaginería de cada zona.
-Absolutamente. Uno escucha a veces a escritores y escritoras que dicen me voy a Buenos Aires porque ahí tengo más oportunidades para hacer lo mío. Y siempre me quedo pensando: ¿oportunidades de qué tipo? Porque en función de cómo respondemos esa pregunta, está realmente si te tenés que ir de tu provincia o no.
-¿A qué oportunidades aluden?
-Oportunidades de tipo comercial, de contacto, de lobby; no sé, ir a los vernissages y codearte con la gente del mundo de la literatura, entre comillas.
-Vida social.
-Sí, claro, esas oportunidades están en Buenos Aires. Ahora, en la provincia hay oportunidades de otro tipo, que son las que voy a elegir siempre. Y que no son esas que mencionábamos. O sea, está buenísimo ir de vez en cuando, pasar por ahí, pero no considero que sea vital para hacer literatura.
-Cultivar otros vínculos.
-Me parece que se pueden construir comunidades de conversación y de escritura en cada una de las provincias. Nosotros estamos trabajando acá con dos amigos que son artistas visuales (Rodro Cañás y Bruno Juliano). Desde el año pasado tenemos un espacio de encuentro que se llama Superespacio.
-¿Cómo funciona?
-Es un lugar donde nos encontramos artistas de distintas disciplinas, un sábado al mes, a pensar nuestras prácticas, a conversar sobre arte, sobre literatura.
-Siguiendo con las relaciones, tu libro dialoga con la novela de Valeria Tentoni,La vida privada. Ella hace mover a sus personajes en un mundo pre-internet, cuando eran importantes las cartas, las bibliotecas, el revelado de fotos, etcétera. Tu libro también tiene esa atmósfera, porque hasta te ponés a contar la historia del teléfono desde sus orígenes con Antonio Meucci y Graham Bell.
-Sí, absolutamente. Recordemos que la novela cuenta la historia de una estudiante de historia, que vive en la ciudad de San Miguel, que toca el bajo en una banda de rock y que está obsesionada con encontrar un sonido que permita conectar de una manera muy profunda a las personas con una canción.
-Eso es el efecto peculiar, lo que le da el título al libro.
-Claro. En esa búsqueda, ella se encuentra con un ingeniero italiano, Antonio Meucci, que es el verdadero inventor del teléfono.
-Con todas las dificultades que un descubrimiento de este tipo implicaba.
-Él llevó su invento para poder patentarlo. Pero, como era muy pobre, le faltaban diez dólares para sacar esa patente. Entonces lo deja ahí.
-Como en stand by.
-Era muy común en ese momento. Como se estaba inventando todo, las personas lo dejaban ahí para ver si alguien compraba esa patente del invento.
-Con todos los riesgos del caso.
-Ahí aparece Graham Bell y le roba su invento. Luego entran en un juicio muy largo que se dirime ciento cincuenta años después, cuando Meucci ya está muerto.
-Una historia muy rica en anécdotas.
-La novela cuenta cómo una estudiante de Historia, Cibelia Ree, se empieza a obsesionar con la historia de Antonio Meucci.
-Es como el eje central del relato.
-Va cruzando la forma en que se gestó la invención del teléfono, cómo fue usurpado ese invento y, entonces, en ese mundo, como decís vos, hay una reminiscencia hacia lo analógico, hacia pensar en ese origen de la comunicación.
-Es muy interesa la motivación inicial para que esto ocurriera.
-Casi podríamos decir que Meucci inventa el teléfono para hablar con su esposa, que, como estaba enferma, permanecía en una habitación en la planta alta de la casa. Él tenía el taller abajo, entonces, para poder comunicarse con ella, empieza a volver sobre algo que había detectado casualmente mientras trabajaba en un teatro, que era la transmisión de la voz humana a través de la electricidad.
-Bingo.
-Ese pequeño destello de pensar que el teléfono se inventó por amor entre dos esposos, por un esposo queriendo estar conectado con su esposa, nos da la medida de hasta dónde se salió de los carriles la invención de Antonio Meucci.
-¿Vos sos roquera?
-Total. Soy melómana, roquera, enferma de la música.
-Preguntaba porque, según el lugar común, hablar de Tucumán o Salta es sinónimo de zamba. En cambio, Cibelia, tu protagonista, no solo es roquera sino que además toca el bajo. Parece más bien un personaje salido del conurbano bonaerense.
-(Ríe) Ahí está un poco lo que hablábamos al comienzo de la charla, cuando me preguntabas si el escenario es o no es Tucumán. Creo que también estamos muy alimentados de ideas de orden respecto de lo que debe ser la Capital y lo que debe ser la provincia.
-¿Cómo se traduce eso en este caso?
-Muchas veces siento que la literatura, tanto la que se escribe en el Río de la Plata, como la que se escribe en las provincias, lejos de pensar ciudades otras y posibilidades otras, quizás hasta casi alimentan esa idea de que en la provincia está el folclore y solamente el folclore y que el rock le corresponde a la Capital.
-Una idea fija, en líneas generales, sí.
-No es algo que yo haga a propósito, diciendo ¿qué puedo hacer para romper esa idea? Simplemente me limito a imaginar mundos posibles. Y cada vez que me siento a imaginar nunca se me cruzan por la cabeza ni la siesta, ni el polvo, ni los sulquis, ni los personajes que se llaman Ayala y tienen sombrero y fuman pucho y hablan despacio, así que son peligrosos (risas).
-La típica postal.
-No se me cruzan esos personajes. Miro los cables que conectan la ciudad, miro los edificios a media altura y elijo siempre quedarme en las posibilidades que aparecen en eso que veo, que no es el desierto, el polvo, la siesta, los personajes peligrosos.
-Otro poster del folk nacional.
-¿Cuánta literatura hay en la que, cuando cruzamos la frontera, los personajes van a morir? Bueno, no pienso eso. Cuando cruzamos la frontera, a mí me gusta pensar que los personajes viven más, no que van a morir. Y ese es el sentido de la música aquí y el contar esa ciudad a media altura que me parece que está viva.
-El tema de la desemejanza entre Buenos Aires y el interior te permite algunas de las reflexiones más ricas de la novela. Remitís este proyecto, esta idea, ya a la colonia, a los conquistadores predicando "que Buenos Aires era una ciudad moderna y que el resto del país, al que definieron como 'el interior', siempre iba a permanecer como un lugar estancado". O sea, la consigna fue "crear la imagen de la provincia como el lugar del monstruo".
-Bueno, así como me gusta mucho la música, leo mucha historia. Es algo que me interesa, que me apasiona. Así fue para el ensayo que salió el año pasado (Tierra acostumbrada).
-¿Qué encontraste en tus lecturas?
-Cuando uno empieza a rastrear, percibe que esas ideas que nos ordenan cómo pensar al país, dónde está cada cosa y el poner a cada cosa en su lugar, llevan siglos. Pensemos que El matadero, de Esteban Echevarría, está considerada la obra fundacional de la literatura argentina.
-Sin discusión.
-Es un texto que incluso se sigue enseñando en las escuelas, hoy. Y cuando uno le saca toda cuestión de a qué género pertenece y lo pensás literariamente, etcétera, es un cuento en el cual la persona civilizada que cruza la frontera hacia el matadero es asesinada. Entonces, en ese instalar la frontera y dónde está la peligrosidad, es algo que viene de la historia y de siglos de literatura; de siglos de repetir esa idea de orden.
-Desde la época fundacional.
-Esto de instalar cuál va a ser el lugar en donde se va a asimilar la idea de progreso y dónde va a estar el atraso, claramente es un concepto que viene arraigado de cómo se fue ordenando el país histórica y políticamente por intereses económicos, políticos y culturales. Digamos, para poder sostener esa idea de país, con un polo económico favorecido ya sabemos dónde, se necesitaba un brazo cultural.
-Que funcionó sin interrupciones.
-Todos los proyectos políticos, de finales del siglo XIX para adelante, han ido sosteniendo un modelo cultural para afirmar eso.
-Ya hablaremos de los cajunes, pero en esta tarea sistemática de dibujar el imaginario provinciano, en un momento apelás a algunas opiniones del padre de Celenia y a la figura del loup garou, diciendo "que, aquí en Argentina, las provincias son como el hombre lobo. Son el lugar a donde algo te persigue, te atrapa y te mata". Qué buena imagen.
-Sí. Yo me voy mucho por las ramas, por las lecturas de los lugares que identifico con esas ideas de dominio ordenando dónde está lo civilizado, dónde está lo salvaje. Y me encontré con esta historia de los cajunes en EE.UU. que se resistían a adoptar el idioma y que seguían hablando su propio su propio dialecto. Me interesan mucho esas historias de resistencia.
-Está a la vista.
-El otro día, charlamos en una entrevista sobre Antonio Meucci, que es italiano. Bueno, a lo italiano yo lo identifico mucho con la provincia.
-¿En qué sentido?
-Empatizo mucho con la literatura italiana, con su intelectualismo en el pensarse como provincia respecto de Europa.
-¿Por qué les ocurre eso?
-Porque los italianos son considerados como menos europeos o menos civilizados, de alguna manera. Y siempre conecto con esas historias para pensar nuestro propio lugar.
-Pero vos no tenés apellido italiano.
-En mi apellido principal, no; pero después tengo un montón de ascendencia italiana por parte de mi papá, de mi mamá, etcétera. Hay un montón de italianos en mi familia.
-Eso sí, tenés un apellido pesado, Lobo, ya que venimos hablando del hombre lobo.
-(Sonríe) Es pesado el apellido. Me pesó de niña. Me hicieron muchos chistes.
-¿Sí! ¿Qué te decían?
-Me decían "¿Lobo está?, cuando pasaban lista. Siempre ha habido mucho peso ahí. Y yo, de chiquita, no quería ser de apellido Lobo porque se había comido a la abuela de Caperucita. Llegaba a mi casa llorando.
-Pero la loba participa del acto fundacional de Italia. Ahí lo enganchamos de otra manera.
-Eso ya lo aprendés de grande, pero cuando sos chiquito es otra cosa. Tenemos unos amigos con mi esposo que son de apellido Fontanarrosa y el hijito llegaba llorando y decía: papá, ¿por qué no somos Fontana Azul? (risas)
-La obsesión de Ree por encontrar un clic, el momento en el que la música logra conectar las almas, se apoya en Antonio Meucci, pero también en el trabajo alternativo de Jeff Tweedy, del grupo Wilco. ¿Por qué habiendo millones de músicos en el horizonte empatiza con él?
-La conexión con Jeff viene, en primer lugar, porque es un músico que admiro. Ojalá algún día le llegue este libro porque es un homenaje a él de punta a punta. Esa idea de la conexión y de cómo poder conversar con la persona que te está escuchando a partir de la música, es suya. La leí en alguna entrevista o en algún libro, porque Jeff también escribe. Lo sigo mucho. Me parece una persona brillante.
-Justamente, hay un libro suyo que se llama Cómo componer una canción, ¿no?
-Claro. Después está Acordes y discordias con Wilco, que es un libro hermoso. También lo asocio mucho a esto que decís de lo alternativo.
-¿Qué te atrae, específicamente?
-Me gusta ese periodo de los años noventa y toda esa movida de música independiente. Lo identifico con lo analógico también. Es decir, que hay una construcción interna que hice, quizá sin darme cuenta, de todo un momento histórico en donde estábamos pasando de lo analógico hacia lo digital. Es justo ese periodo. Y son estas personas que somos nosotros. Siempre lo hablo con un amigo que es arquitecto.
-¿De qué hablan?
-Decimos que vamos a ser estudiados, creo yo, en el futuro, como generación, así como estudiamos históricamente a los sujetos de la revolución industrial, de esa pobre gente, de todo lo que pasaron. Nosotros somos esas personas en el futuro. Atendimos los teléfonos fijos y nos tuvimos que adaptar a todo lo que está pasando hoy. Incluso estamos viviendo el momento de la inteligencia artificial.
-Dinosaurios sobrevivientes...
-Cuando nos demos cuenta de todo esto, cuando tengamos noventa y cuatro, vamos a pensar que hicimos mucho con todo lo que nos tocó vivir. Y es ese clic, ese momento. Entonces, Jeff entra en el universo de ese momento en donde no nos damos cuenta de que todo empieza a cambiar.
-Una duda muy personal. Vos, con tus amigos, con tu gente cercana, ¿sos una chica picante en los diálogos, en la relación?
-(Ríe a carcajadas) Capaz que sí. No sé. Que lo diga mi gente cercana. Pero capaz que sí.
-Esto viene a cuento de que la novela está salpicada de diálogos que, en algunos tramos, parecen salidos del teatro del absurdo. Y ahí, Ree gasta a todos los tipos. El momento más atrayente es cuando se sube a una camioneta con un tal Esteban, músico también, y lo vacila impiadosamente, sin que él se dé mucha cuenta. ¿Vos tenés algo de Ree en ese sentido?
-(Ríe) Yo nunca me identifico con los personajes femeninos, que siempre son fuertes en mis libros. Pero sí que me divierto muchísimo componiéndolos. Incluso, en este personaje, sentía que justamente estaba todo el tiempo gastando y llevándose todo puesto.
-Ni que lo digas.
-¿Viste que, por momentos, sus dos enamorados se lo dicen? Que baje un poco, le dicen.
-Hay una frase para subrayar. Pep, su compañero en la banda y uno de los enamorados, junto al arquitecto Charlie, le dice, textualmente: "Las personas, Ree. No somos seres inferiores a vos".
-(Ríe) Sí, me divertí componiendo porque Ree es una mujer que piensa que todos son inferiores a ella. Charlie le dice, también, vas a ser presidenta de los argentinos. Algo de eso me dijo mi editor cuando estábamos corrigiendo el libro.
-¿Viste? Sos brava.
-Me reí mucho con ese comentario, por la complicidad.
En pocas palabras
- María Lobo: Escritora tucumana desafía clichés provincianos, promoviendo una identidad literaria auténtica.
- Desde su ciudad natal, y haciéndose cargo del peso que implica llamarse Lobo, María abre las puertas de su novela polifónica para el programa La Conversación de Radio Nihuil.





