Los Nuevos, de Pedro Mairal: "Si esta novela sirve para que los adultos escuchemos a los chicos jóvenes, ya estoy justificado"

“Resulta más fácil abrir historias que cerrarlas”, dice Pedro Mairal, guionista, escritor, cinéfilo y músico bonaerense. Con su nueva obra se reencontró con la novela

La historia de sus tres adolescentes en conflicto con el mundo circundante y sus propias familias requería un montaje preciso. Y un final convincente.

“Resulta más fácil abrir historias que cerrarlas”, admite, con oficio de guionista.

En esos jóvenes, Thiago, Pilar y Bruno, se encuentra expresado el propio Mairal: como escritor, como músico, como cinéfilo. Como poeta subsidiario, si hace falta. También, sobre todo, como padre.

Con todo esto entre manos, concluye, en resumidas cuentas, que este libro apunta a mostrar “la distancia gigante que hay entre las generaciones”.

Es emocionante, por eso, entender qué representan “los nuevos”. Son, como Adán y Eva en vísperas de abandonar el paraíso, los que van ingresando al tramo más espeso de la vida. Al lugar de los desencuentros y las trifulcas. A la cuesta abrupta del dolor, que es, en definitiva, lo que hace crecer a la gente.

He aquí una charla benéfica, para atesorar, en el programa La Conversación de Radio Nihuil.

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En su nuevo libro, Pedro Mairal muestra la distancia entre generaciones.

-Hola, Pedro. ¿Estás en Buenos Aires, en Uruguay o en algún otro lado? Preguntamos porque a vos hay que rastrearte.

-Sí, siempre estoy en movimiento. Ahora, en Montevideo.

-Bien. Mairal, el uruguayo.

-(Ríe) Tal cual. Como dice un amigo: te mudaste a tu novela.

-Coincidentemente, viene de visitarnos Agustín Batellini, un capo mundial en materia de quesos, que es argentino, pero vive y produce en Uruguay. Cómo les tienta a ustedes los porteños, los bonaerenses, irse para allá, ¿no?

-Hay una continuidad muy grande, identitaria, por más de que Uruguay tiene un montón de cosas distintas. Pero entre Buenos Aires y Montevideo hay una continuidad bastante extraña.

-Damos fe, a la distancia.

-De hecho, un montevideano y un porteño, hablando, no son tan distintos, salvo que uno diga championes y el otro, zapatillas. Pero al montevideano no le sacan la ficha enseguida en Buenos Aires y viceversa.

-A nosotros, los mendocinos, nos sucede algo parecido. En Buenos Aires nos confunden, por el habla, con los chilenos.

-No, yo me doy cuenta. El chileno se va más finito cuando habla. Pero a mí me encanta la tonada mendocina. Lo que pasa es que un poco lo que esto demuestra es que hay regiones lingüísticas que van más allá de las fronteras políticas.

-Un fenómeno que no todo el mundo tiene en cuenta.

-Vos trazás una raya política de fronteras, pero después las regiones no obedecen a esa línea. Es bastante curioso y eso se nota no solo en lo lingüístico, en las tonadas, sino también en las costumbres, las comidas. Hay un montón de cosas que tienen que ver con la cercanía de la gente que no podés dividir tan fácilmente.

-Pasemos a tu novela. ¿Cuánto te llevó a escribirla?

-¡Uf! Las primeras dos partes las escribí rápido. Las empecé en el verano del '23, en febrero. Y la tercera parte, la de Pilar, me llevó mucho tiempo dilucidar cómo resolverla. Estuve hasta principio del '25. O sea que estuve como dos años, más o menos, resolviéndolo.

-Te costó, se ve.

-Bueno, sí, me llevó tiempo. Me pegaba la cabeza contra el teclado pensando cómo hacer. Escribí varios borradores de la última parte. Y ahí está. Por lo que dijeron al comienzo, que me alegra muchísimo, valió la pena.

-La pregunta por el tiempo de redacción es porque se nota el laburo, que llegó a muy buen puerto. El libro tiene más de 400 páginas y todos sus párrafos son muy compactos. Vas acumulando contenido en todo momento y apuntando a distintas direcciones. Y da la sensación de que no sobra nada. Hay, además, un minucioso trabajo de montaje. Se ve, ahí, tu oficio de guionista.

-¡Qué bueno que te parezca eso! La verdad de lo que pasó es que resulta más fácil abrir historias que cerrarlas.

-¿Por qué lo decís?

-¿Se acuerdan de la serie Lost? Al principio, uno se preguntaba cosas como ¿qué será ese oso polar en una isla tropical?, etcétera. Después nunca lo cerraron. No se entendía nada. Es decir que lo difícil muchas veces es cerrar las historias.

-De acuerdo, como lector o espectador.

-Eso implica que tenés que ir logrando, de alguna manera, que todo eso que fuiste abriendo vaya encontrando un cierre.

-¿Y a vos que te pasaba?

-Que le estaba pidiendo al personaje de Pilar, en la tercera parte, que cerrara las historias de los otros dos, de Thiago y Bruno. Y era un poco injusto, con el personaje de ella, que funcionara para cerrar tramas.

-Claro, la ponías en otro plano.

-Ella parecía reclamarme a mí, en un momento: yo quiero mi historia; no quiero estar cerrándoles a los varones sus historias.

-¿Cómo saliste de ahí?

-Me pasó hasta que descubrí quién era Pilar.

-¿Quién?

-Ella vive con la abuela. La abuela le enseña a manejar medio a la fuerza. La abuela es ludópata, la van desplazando de un lugar a otro. Digamos, hasta que no vi bien su personaje, no pude resolver esa parte. Eso fue lo que más trabajo me dio.

Pedro Mairal describió a los personajes de su última novela.

-Aparte, es mujer. Se supone que, para un hombre, meterse a fondo en la psicología femenina debe ser más complejo.

-Es verdad. Es verdad, sí. Es más complejo, por más que yo ya había escrito antes así. Tenía, por ejemplo, el personaje de María en El año del desierto. Pero acá había más dificultades.

-¿De qué manera resolvés este tipo de dificultades?

-Una cosa que me salva siempre al hacer eso, el expresarme desde otro género, no es tanto pensar cómo escribiría una mujer, sino cómo escribe "esa" mujer. No es "la" mujer, sino "esa".

-Algo mucho más específico, más enfocado.

-Viene más desde el lado de una individualidad, una personalidad. Por supuesto, tiene que obedecer a cuestiones más o menos coherentes en materia de género. Por ejemplo, hay un momento en donde Pilar baja a un sótano con el portero y de golpe se siente súper vulnerable ahí. A un tipo, a un varón, no le pasa eso.

-Exacto.

-Entonces, es bastante complejo hacerlo. Y creo que está bueno hacerlo. Esos ejercicios en la literatura son importantes.

-Precisemos que los protagonistas son tres jóvenes de entre dieciocho y diecinueve años, que andan medio de los tumbos, chocándose contra el mundo de sus padres, de sus familias, de los mayores. Vos has dicho que tenés un poco de todos ellos. Pero ¿cuál de los tres podría ser Pedro Mairal? ¿Cuál te representa más?

-Vos decías en un posteo anterior que estaba todo yo, ahí, en el libro. Y creo que es acertado eso, porque la parte del personaje de Thiago se refiere al escritor.

-Justamente.

-Es curioso, porque se trata de un narrador que no quiere narrar. Lo quieren forzar a contar algo y él dice: no lo voy a escribir; si lo escribiera, tendría que decir todo esto que no voy a decir. O sea, toda esa primera parte es lo no dicho.

-Sí, muy singular.

-Entonces, en Thiago está la parte de escritor, en Bruno está mi parte musical y en Pilar está, quizás, mi parte porteña y una cierta mirada cinematográfica. Por lo tanto, sí, creo que los tres tienen algo mío, pero quizás el más cercano es Thiago, el primero.

-Otra particularidad interesante de tu libro es que puede atrapar a los adolescentes que comparten la edad y las inquietudes de tus personajes centrales, pero también nos involucra a los más veteranos. Nos hace ver cómo a veces las desatenciones, el mirar para otro lado, el hacer la tuya sin echarles ni siquiera una mirada a los pibes, puede resultar muy destructivo. Dicho en criollo básico, sirve para que lo lean los pendejos y también nosotros, haciendo de viejos chotos.

-(Ríe) No, no, no. Los viejos gloriosos somos. Pero, estoy de acuerdo. Yo no escribo con un fin y tampoco para una determinada edad. Para mí el lector tiene todas las edades en potencia.

-Igual, siempre toma alguna dirección la trama.

-Pero si esta novela sirve para que se abra como una especie de diálogo, que sirva para que los adultos escuchemos a los chicos jóvenes, ya estoy justificado.

-Ahí está la clave.

-Porque creo que lo que estoy mostrando en la novela es la distancia gigante que hay entre las generaciones, que por más de que estés cara a cara con tu hijo o con tu padre, te separan treinta años de distancia. Y esa distancia tiene que ver con que tu infancia fue distinta, todo tu imaginario fue distinto, toda la cultura popular; muchísimas cosas, las costumbres, fueron distintas. Entonces, aunque estés cara a cara, esa distancia está. Y la única manera de salvarla es escuchando. Escuchando, estando ahí y sin juzgar.

-No hay otra.

-Porque lo primero que nos sale es: ¿por qué hiciste eso! Primero viene el juez. Y, en realidad, el primero que tiene que venir es el que escucha. Si metés primero al juez, es un desastre. Primero tiene que ir el que escucha, el ir codo a codo con el otro.

"Si esta novela sirve para que se abra como una especie de diálogo, que sirva para que los adultos escuchemos a los chicos jóvenes, ya estoy justificado", define Pedro Mairal.

-Preguntar, no apretar.

-Diciendo ¿qué pasó?, en vez de ¿por qué hiciste eso? Entonces, esta novela es un poco eso: ¿qué pasó? ¿Qué es ese momento en que se te enloquece la brújula a los diecinueve años? No sabés quién sos, no sabés quién querés ser, no sabés para dónde rumbear, no sabés cómo vas a ganar plata, no te sale una, todos los adultos te parecen careta. Es un momento de mucha soledad.

-Lo ilustra a la perfección un tramo del relato cuando, después de que Thiago se manda una cagada terrible, el padre termina rescatándolo de un internado y, en vez de preguntar por él, por lo que le pasa, lo único que hace es bajarle línea sin parar.

-Sí, es dura la novela en ese sentido. Lo que pasa es que yo quería mostrar un momento bastante peligroso en la adolescencia: que, si los chicos no se normalizan, los puedan agarrar dos instituciones grandes. Una es la Justicia y la otra es la psiquiatría. Te empiezan a empastillar y qué sé yo.

-Un camino escabroso.

-El padre, ahí, para protegerlo de la Justicia, porque se mandó un cagadón, como vos decís, lo empuja para el lado psiquiátrico. Y son barreras muy difusas, a veces, saber si alguien tiene un tema psiquiátrico o no. Lo empujan para el lado psiquiátrico para declararlo incompetente.

-Es hoy, precisamente, la pelea de Pity Álvarez, mirá qué metáfora.

-Claro, totalmente. Sí, Pity, con ese gran talento y, a la vez, esa cosa autodestructiva gigante.

-Hablando de la diferencia que puede haber entre padre e hijo, ¿hay más distancia entre alguien de cuarenta/ cincuenta con su padre de setenta/ochenta o con su hijo de diez/veinte?

-¡Qué buena pregunta! El otro día lo escuchaba a uno de estos standaperos que decía: estoy más cerca de los primeros colonos que de mi hijo.

-(Risas) ¿Por qué?

-Porque nosotros conocimos un mundo analógico y los chicos ya de veinte años son nativos digitales. Y eso hace que hayan nacido en otro mundo completamente distinto, lo cual es muy difícil de entender.

-¿Te ha pasado? ¿Te pasa?

-Yo recuerdo las discusiones con mi hijo diciéndole que sus amigos digitales, online, que nunca había visto en persona, no eran reales. Le decía: mirá, un amigo es el que te va a visitar si estás enfermo, etcétera.

-¿Y cómo siguió la cosa?

-Después me demostró que yo estaba equivocadísimo, porque no solo se comprometieron mucho los amigos, sino que vinieron a verle y estuvieron cara a cara.

-Touché.

-Creo, entonces, que es un mundo muy difícil de entender el que está surgiendo y en el que nacieron. Y creo también que nosotros, con un pie en lo analógico, tenemos bastante que enseñar en cuanto a apagar dispositivos, cortar un poco y vivir algo del mundo antiguo.

-Pero no es fácil. ¿Cómo se hace?

-Sí, es complicado porque, además, esta dopamina de los likes y de estar online producen una euforia que, cuando la apagás, todo parece que bajó de tonalidad, que es medio aburrido, todo parece como desenchufado. Entonces te puede arruinar la vida palpable.

-Ahí está el quid.

-Eso es lo que tenemos que lograr. Recuperar un poco qué es ese disfrute del mundo analógico y lo palpable porque, si no, lo digital nos va a devorar por completo. Y está sucediendo eso un poco.

-Un disfrute analógico que no muere es leer libros, libros de papel como el tuyo. Y en una novela larga cada uno encuentra sus momentos preferidos. Por ejemplo, cómo te insertás a fondo en el campo abierto o la relación que lográs con el mar en la parte inicial de Lobería. También es notable el entendimiento con los caballos. ¿Conocés mucho de caballos?

-Sí, sí.

-Alguien familiarizado con esos animales se va a sentir muy adentro del relato. Uno se dice: este tipo sabe, ha andado a caballo, los ha acariciado, los ha montado en pelo.

-Está bien observado eso. A mí me pasó algo. Yo era un niño de departamento, muy tristón, llorón, melancólico. Jugaba con los autitos abajo de la cama. Estaba como asustado del mundo. Y a los ocho o nueve años me subieron arriba de un caballo en Entre Ríos.

-¡Guau! ¿Qué sentiste?

-Para mí fue como nacer, porque fue como montar en un dragón. O sea, de golpe, me empoderé... la altura del caballo y la velocidad, la fuerza... de golpe, sumar esa fuerza a mí, ¿viste?... Realmente fue como un nacimiento casi. Un segundo nacimiento. Y una conexión con lo natural.

Cuenta Pedro Mairal que subirse a un caballo fue como nacer de nuevo,

-¿Adónde te llevó eso?

-A entender que no solo lo humano es la vida, sino que sos un animal más entre los animales, que sos parte de la naturaleza. Fue, para mí, realmente, un despertar. Y traté de mostrar eso en el personaje de Thiago, que conoce a este tipo.

-A don Aguirre conoce. Y describís la escena textualmente: "En La Lobería me subí a un caballo por primera vez. Me acuerdo perfecto. Era un caballo alazán, bien rojo. Fue como desbloquear algo y pasar de nivel en el gran juego del mundo". Ahí está.

-(Sonríe) Sí, totalmente. Porque así fue mi experiencia. Y bueno, yo, para crear los personajes, les invento cosas que no me pasaron, pero también les meto chispitas de vida propia para que tengan un poco ese soplo de vida. Entonces uso muchas cosas mías.

-Inevitable, ¿no?

-Eso es lo que a veces los hace estar vivos a los personajes, meterles alguna cosita medio íntima, medio vital, propia.

-Claro, como cuando contás que no hay nada más impactante que recibir la patada de un caballo. Hay que haber estado en esa circunstancia para entenderlo de esa manera.

-Sí. O cuando te muerde un perro o algo parecido. De golpe entendés esa violencia sin maldad, porque no es maldad, ¿viste? Es un instinto de la naturaleza y de repente sos parte de eso. Mirá vos, sos devorador y podés ser devorado. Sos parte de la cadena alimenticia.

-Es la ley.

-Sí, sí. Un caballo es un animal herbívoro que puede ser muy noble, pero también tiene una capacidad de violencia muy grande. Y vos entendés, cuando te acercás a uno de ellos, que hay un pacto de encuentro. Te estás encontrando con alguien muy grande que te acepta y vos lo aceptás y te vas a comunicar un rato, porque el animal, si quiere, te tira al suelo y te mata de una patada.

-Muy bien entendida la relación.

-Hay un pacto ahí, que es muy hermoso, una comunicación con el animal en la que vos tenés que estar dispuesto a dar y a ceder. No podés venir, porteñito apurado, a controlarlo todo. El caballo enseguida te pone en tu lugar.

-Thiago se hace muy amigo de una yegua, pero en un momento se descuida y ella le da un patadón. Decí que se lo acomoda en el traste, porque, si no, lo parte. ¿A vos te ha pasado?

-(Sonríe) Sí, recibí patadas de caballos. Una vez cometí el error de meterme entre el potrillo y la yegua. Era una yegua muy mansa, pero yo me interpuse sin darme cuenta. Y ella, por defender a la cría, ¡me mandó una patada que casi me manda al otro lado! Eso pasa con muchos animales. Hasta las gallinas, si te acercás mucho a los pollitos, están dispuestas a matarte.

-Los teros son así también. Bravísimos.

-Son bravos, sí. Y además son engañadores, porque el tero canta muchas veces lejos del nido, para que vos creas que está ahí. Creo que el Martín Fierro lo dice en algún lado.

-Hablabas antes respecto de si vamos a desaparecer dentro del mundo digital. Y vos te referís expresamente al tema en el comienzo del capítulo final. Decís, justamente: "Dentro de algunos años seguro va a estar prohibido escribir a mano en libretas y cuadernos. Va a estar prohibido el papel". Y reforzás la idea: "Ya no va a haber más libro de papel". ¿Largás todo esto para exorcizarlo o qué?

-(Sonríe) ¡Uy, sí! Es que a veces pienso eso, que la escritura está muy controlada. Toda la escritura online parece estar controlada. Y ahora viene la inteligencia artificial a tener una especie de control general.

-¿De qué manera lo estás viendo?

-Ayer tuve una charla por Zoom con un amigo y él puso el "grabar" para que después quede desgrabada. Y fue curioso porque, en un momento, antes de referirnos al trabajo, hablamos de nuestros problemas de salud. Y eso también quedó desgrabado.

-¡Joder!

-Entonces, pensás, ahora ya no es solo la escritura; es lo que hablás, lo que escribís; todo queda como en una especie de registro.

-¿Y hacia dónde nos lleva eso?

-Teniendo en cuenta que hoy día están censurando y cambiando textos online, como hicieron, ponele, con Roald Dahl, que modificaron sus textos para chicos porque tienen cosas que no van ya para esta época, creo que el reaseguro y la revolución va a ser el papel.

-¿Reaseguro cómo?

-En el sentido de que, lo que vos escribís en papel, no se va a poder cambiar.

Pedro Mairal, rodeado de libros.

-Lo publicado, publicado está.

-Porque ya se puede hacer. Alguien va y baja tu libro online y le dice al chat GPT sacame los temas incómodos. Si hay, supongamos, un tema de suicidio o de lo que sea, sacámelo. La gente lo va a poder acomodar. Y no solo los individuos, sino también las instituciones van a poder hacer eso. Sí, cualquiera te puede operar. Entonces el papel va a ser una manera de que las cosas estén ahí, inalterables.

-Hay otra frase tuya, una sola, que lo dice todo. Pili, en un momento, está preocupada por su amigo Bruno, que no duerme, está todo el tiempo escroleando. Y ella lo reprende y le dice: "Bruno, el algoritmo no quiere que duermas". Ahí pintaste el mundo de hoy.

-Sí, es terrible, porque el producto ahora de consumo es tu tiempo. Entonces, si vos dormís, estás ocho horas inactivo. Es terrible el insomnio que provoca esto de escrolear hasta la madrugada.

-Así nos va.

-Es bastante singular, sí. Y creo que Pilar dice ahí algo así como: el robot tiene envidia de tus sueños. Y nos va a terminar juzgando un robot que no entiende los chistes. Cosa que ya está sucediendo (risas).

-Totalmente. En las 450 páginas de tu libro hay mucha tela para cortar. Pero dado el tiempo radial, pasemos al momento preferido de Los nuevos. Está en la última página, donde uno termina de entender el título de la novela.

-A ver.

-Es cuando Pili, paseando por el Museo del Prado, en Madrid, expresa toda una metáfora. Frente al Adán y Eva de Durero, les pide, les ruega a ellos dos que se queden ahí donde están, en el paraíso, que no entren al mundo, a este lugar lleno de miedo. Un enorme final. ¿Te llevó mucho tiempo escribirlo?

-¡Qué bueno! Yo no tenía el final del libro. Fui a Madrid, invitado a un festival literario. Y un día me escapé al Museo del Prado.

-Y ahí flasheaste, se supone.

-Me pasó un poco eso que le pasa a Pilar. Por supuesto, es una maravilla. Pero también hay mucha violencia en lo que ves: las ejecuciones, los crucificados, decapitados, batallas, mucha sangre, mucha espada, mucho horror humano. Está el periodo negro de Goya, donde Cronos se devora al hijo. Hay una cosa muy oscura.

-¿Y en qué derivaron esas sensaciones?

-De pronto, saliendo un poco así, medio asfixiado, medio saturado, porque es mucho lo que hay, vi eso. Vi el Adán y Eva de Durero.

-Un contraste fuerte, ¿no?

-Es un Adán y Eva curioso, porque son muy jovencitos. No es un Adán y Eva como de veinticinco o treinta, sino que son de la edad de "los nuevos", como dos chicos de diecinueve años.

-Conexión total.

-Entonces sentí eso, como diciéndoles: ¡no entren acá al mundo! ¡No vengan, que esto se pone muy oscuro!

-Se pone mal, claro.

-Pero, a la vez, van a entrar. Porque son los nuevos, tienen toda la energía. ¡Tienen que entrar!

-Sí. No queda otra.

-Es como que a los hijos no los podés proteger del dolor. O sea, los podés ayudar, pero el dolor es lo que hace crecer a la gente. Hay ahí algo que tiene que ver, quizás, con mi mirada de padre; de querer a los personajes. Porque yo me encariñé mucho con estos tres.

-En ese mirar a los hijos, Pili dice, respecto de Adán y Eva, en la penúltima frase de todo el libro: “Todavía no conocen ni las espinas del jardín, no tienen ni cicatrices ni sombra definida”. Aquí también está el poeta, Mairal.

-¡Qué bueno! ¡Qué bueno! Entonces era para vos, que lo pudiste ver.

En pocas palabras

  • Pedro Mairal: presenta su nueva novela "Los Nuevos", abordando la brecha generacional y los conflictos de los jóvenes.
  • Temática: la obra explora la complejidad de las relaciones familiares, la identidad juvenil y la dificultad de comunicación entre generaciones.
  • Mensaje principal: Mairal busca fomentar el diálogo y la escucha activa de los adultos hacia los jóvenes para comprender sus realidades y desafíos.
Resumen generado por Thinkindot AI

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