Mendoza es una ciudad cuya parte histórica y fundacional quedó bajo los escombros por un terrible terremoto que borró casi todo en 1861, por lo cual la nueva ciudad no es tan antigua, pero igual ya tiene su peso en la historia de los mendocinos, como algunos comercios céntricos que ya son largamente centenarios y cuya presencia nos hace remontar a épocas pasadas con sus productos. Uno de ellos es la Casa Martínez, que nació en 1906 como Casa Luppoli, y que se dedicó siempre a las placas fotograbadas, usadas mucho en el arte funerario, placas conmemorativas o de profesionales, además de ser la principal acuñadora de fichas para la cosecha, con se pagaba -y se paga aún- a los vendimiadores. Hoy los actuales dueños tuvieron que sumar las nuevas tecnologías de impresión y estampado para sobrevivir a la evolución de materiales y usos, y a las crisis económicas.

La casa siempre estuvo sobre la calle Entre Ríos, aunque al principio estaba en las últimas cuadras, cerca del Parque O' Higgins, y luego con el crecimiento, en el año 1910, se vino más cerca de la calle San Martín, a la altura del número 63. En su momento de esplendor, entre las décadas del '40 y '70, llegó a tener decenas de empleados, todos ellos especializados en las distintas tareas que los tantos rubros que explotaba la empresa exigían.

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La casa de las fichas para la cosecha

"Calculamos que entre la década del '40 y el año 2.000 se acuñaron en nuestro talleres más de un millón de fichas de cosechas", enumeró el actual conductor de la empresa, Fernando Ferrer, heredero "consorte" de un negocio histórico, al que basta con ingresar a sus talleres -en la parte posterior- para realizar un viaje al pasado, no solo por la antigüedad del edificio, centenario, y parte de un extenso lote que supo tener salida a las calles San Juan y Buenos Aires, si no por la antigua maquinaria utilizada, tanto para acuñar, como para realizar fotograbados o las viejas chapas patentes que tenían los automotores hasta el año 1995.

Con el tiempo las condiciones fueron cambiando para aquella Casa Luppoli, la segunda generación ya tenía otras actividades, donde el dueño, hijo del fundador era juez, y su esposa directoras de escuela, y al fallecer el hombre, en el 2001, la docente le cedió el fondo de comercio a un empleado que llevaba toda una vida trabajando en la empresa, Américo Martínez, fallecido en abril pasado, quien le cedió el control a su hija Andrea, quien ahora le pone nuevos rumbos al negocio junto a su esposo, Fernando Nano Ferrer. Ambos trajeron las nuevas tecnologías, y sumaron el taller de serigrafía, impresiones digitales, grabados laser y sublimados, dándole otro aspecto al salón de entrada, desplazando un poco a las agoreras placas fúnebres, que sin embargo también son expuestas, pero en un segundo plano.

"La maquinaria y el material que teníamos era impresionante, con decir que hace poco tuvimos que tirar unos 900 kilogramos de cuños de hierro que ya no se usaban, la mayoría de empresas desaparecidas", recordó Ferrer.

"La idea fue diversificar y saber buscar, dentro de nuestro rubro, lo que la gente necesita, por lo que seguimos haciendo las fichas y las placas de bronce fotograbadas y de fundición, pero sumamos los sellos, con la tecnología de fotopolímero y gracias a nuevas modas, de algunos románticos, unos novedosos sellos para usar con lacre. La actividad más fuerte del negocio, el acuñado de fichas, cada vez es menor y tiende a desaparecer. Este año solo acuñamos 15.000 fichas para la cosecha, cuando veníamos haciendo en años anteriores unas 50.000", explicó Nano.

La Casa Martínez sigue aportando a esa primera cuadra de calle Entre Ríos el toque nostálgico e histórico, junto a su vecino, la armería Rizzo, que nos retrotrae a otras épocas de nuestra Mendoza, impensada por las nuevas generaciones, más adeptas a los mall y modernas galerías.

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