Hoy se fue Rolando López (54), uno de los nuestros.

El Roly López, a quien yo miraba de lejitos a mediados de los '90. Por respeto y porque él escribía Policiales en Los Andes y yo en el UNO, y siempre era bueno saber en qué andaba la competencia.

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Y más aún: porque aunque me llevaba unos pocos años, él ya era El Roly López, el que tenía el don de humanizar hasta los casos policiales más terribles y sangrientos de nuestra Mendoza.

Me acerqué a él cuando ya publicaba libros (Partes diarios y Textos de periodismo para no morir en el bostezo) y yo quería saber cómo era ese misterioso circuito de publicar y hacerse conocer como periodista/autor/escritor/contador de historias.

Años después, como en un partido de fútbol a punto de empezar, intercambiamos mi Detective Ming y su Hasta que vuelva a tenerte. Y seguimos hablando largamente de periodismo, de los medios, de su libro Canelo, de escritores fantasmas y hasta me mostró con generoso entusiasmo los trazos gruesos de lo que terminaría siendo su última obra publicada: El boxeador que sonreía demasiado.

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El Roly López y Canelo, hijo literario que lo llevó al exterior.

El Roly López y Canelo, hijo literario que lo llevó al exterior.

Eran otros tiempos. El barrio Unimev. La creatividad a flor de piel y la demostración tajante de que para escribir hay que romperse el lomo, la crisma y dejar mucho más que eso en el camino.

Del triste final de este jueves solo diré que me atacó con la guardia baja, bajísima, porque aunque El Roly la venía peleando jamás imaginé (no soy el único, doy fe) que sucedería tan pronto. Tan sorpresivamente. De manera tan cruel.

Entonces, de inmediato recordé nuestros últimos encuentros. Breves. Fugaces. En el parquecito del Acceso Este cuando él salía a fortalecerse un poco por fuera y por dentro.

Fueron visteos en los que hablamos de su salida de Los Andes, de sus expectativas futuras y de aquella sombra oscura y amenazante que había vuelto a posarse sobre él y contra la cual haría de todo para despejarla definitivamente.

Rolando López - El Boxeador que Sonreía Demasiado

Un apasionado Roly (omito el verbo a propósito) a la hora de escribir historias pero también desde antes: a la hora de contarlas, de ir ensayándolas y compartiéndolas con los amigos, colegas y demás.

Se fue uno de los nuestros, dije al comienzo de esta despedida. Porque el abordaje periodístico/literario y la escritura de los casos policiales no son para cualquiera ni para todos.

Sin embargo, y a pesar de esta hermandad policíaco/periodístico/literaria, hoy comprendí que aquel mirarlo de lejitos en los '90 era mucho más que respeto: era pura admiración.

¡¡Hasta la vista, Roly!!