Caso Amitrano

La verdadera historia del Gringo González

El 7 de enero de 2013 era lunes y en la lejana ciudad de Paraná todavía retumbaba el eco del paso de los Reyes Magos. A eso de las ocho y cuarto de la mañana, una mujer delgada se paró en la vereda del minimercado del Gringo en la calle O´Higgins 300. Todavía estaba cerrado pero el Gringo empezaría a atender de un momento a otro. Como siempre.

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La sobresaltó la súbita explosión del escape de una moto y cuando volvió a mirar hacia el local enrejado sintió alivio porque vio aparecer al Gringo saliendo a la vereda.

Venía cargado de bolsas, listas para dejar en el canasto de la basura que daba a la calle y listo él para iniciar la jornada. Una leche y cigarrillos, repasó mentalmente la mujer mientras apretaba la billetera sin sacarle los ojos de encima al Gringo González porque...

¿Por qué lo miraba de esa manera si ya lo conocía hace tanto…? Si él era tan atento cada vez que atendía a través de la reja. Desde la mañana hasta la noche. Con calor o frío. Feriado o tarde de Navidad.

Algo raro pasaba esa mañana con el Gringo; ese muchacho robusto, de barba larga y pelo largo y tatuajes que se ven desde lejos. Con cara de pocos amigos siempre el Gringo pero siempre dispuesto a atender a la clientela. Y más ahora, que Roxana, la mujer, la dueña del negocio, estaba a punto de dar a luz a una nena que se llamaría Indiana.

Lo raro no era el Gringo, comprendió la mujer, sino cuatro hombres que se acercaban al comerciante y lo rodeaban, dos por delante y dos por detrás, como si fueran a robarle o a pegarle o vaya a saber Dios qué otra cosa. Pero la cara del Gringo decía que con él estaba pasando otra cosa. Algo que lo había tomado por sorpresa pero que no le causaba miedo. Sino saberse derrotado.

-Ya sabés porqué estamos acá -le avisó al Gringo uno de los recién llegados.

-Sí, sí -dijo el Gringo-. Pero no es lo que ustedes piensan -soltó.

Leche y cigarrillos, repetía la mujer como activando un mecanismo de autoprotección, mientras el Gringo, de bermudas y musculosa oscura, era subido por esos hombres a un Renault Clío que apareció de la nada y desapareció rumbo a la comisaría de la zona en un santiamén.

Horas después, la mujer delgada conocería la verdadera historia, la entretela del momento del cual había sido testigo.

En el barrio le contarían que la verdadera identidad del Gringo González era Alejandro Gabriel Amitrano y que esos cuatro hombres no eran asaltantes ni ajustadores de cuentas sino policías mendocinos que habían ido hasta la calle O´Higgins al 300 para ponerlo preso, porque a fines de 1999 había matado a golpes a Rosarito, su única hija, que estaba por cumplir un año, y porque desde entonces había vivido prófugo de la Justicia.

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La hora de la verdad

Así había caído Amitrano luego de casi catorce años de vivir escondido en su Villa Mercedes natal y en el exterior antes de radicarse definitivamente en la Mesopotamia.

Todo ese operativo fue filmado por un equipo periodístico de Canal 7 de Mendoza. Pase, vea y reviva.

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Allí había conocido a Roxana Godoy, quien le dio trabajo pero también su amor y hasta una hija, que nació semanas después de la detención.

Amitrano fue condenado a prisión perpetua a fines de 2014 por los jueces Rafael Escot, Alejandro Gullé y Liliana De Paolis.

Fue por el delito de homicidio agravado por el vínculo con su víctima. Por haber matado a la beba, a su propia hija, dicho en lenguaje claro.

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Dos años más tarde, la Sala 2 de la Suprema Corte de Justicia confirmó esa sentencia por decisión de los supremos Omar Palermo, Alejandro Pérez Hualde y Mario Adaro.

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Amitrano volvió a ser noticia este año cuando Diario UNO publicó que a fines de marzo de 2018 consiguió lo que buscó desde que fue capturado en Paraná: cumplir la condena en su provincia.

Amitrano siempre vivió a disgusto con Mendoza y los mendocinos, aunque aquí vino a jugar al fútbol (hizo pretemporada en un club del Parque) y a estudiar. Aunque en Mendoza formó familia con Cecilia Cousau y juntos tuvieron a Rosarito.

Ese sentimiento de rechazo se agravó con la sentencia condenatoria. Por eso Amitrano siempre reclamaba, a través de sus abogados, que lo trasladaran a su provincia. Allí se sentiría seguro, decía en privado. Sin embargo, la Justicia de Mendoza le negó varias veces ese pasaporte.

Por más que argumentara que a la madre y los hermanos se les complicaba mucho, en tiempo y dinero, venir desde Villa Mercedes hasta el penal Almafuerte de Mendoza para visitarlo un par de horas, una vez por semana.

Hasta que en 2018 consiguió el objetivo: la jueza de la cárcel, Mariana Gardey, encargada de monitorear el cumplimiento de las condenas, autorizó el traslado de Alejandro Gabriel Amitrano al edificio penitenciario Pampas de las Salinas bajo el argumento de “proximidad familiar”.

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