Su sonrisa mide más de ancho que ella de alto. Ya era grande antes, pero no tanto. Ahora es insuperable. “Hay que cumplir los sueños”, dice, con la certeza que tienen los que han imaginado un horizonte desde la nada y que han confirmado que ese horizonte existe después de caminar hacia él gastando mil suelas, después de mil ampollas.
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La historia de Lorena Jiménez no es única. Por suerte la vida, este mundo demasiadas veces ingrato, tiene miles de rostros ignotos de gentes sufridas que logran florecer en cualquier desierto. Pero, esta vez y como un acto de justicia, la historia tiene una sonrisa inmensa y con nombre. Y Hugo Laricchia la compartió en las redes, transformando el ignoto rosto de Lorena en un tweet viral.
Hugo contó que Lorena es miembro de la familia humilde. Que trabaja desde los 14 años, que es madre sola y que desde hace 13 que él es su “patrón” (una palabra que solo sirve eventualmente establecer roles). Que Lorena, mientras educaba a su hija y trabajaba como empleada doméstica, estudió y el 29 de noviembre pasado, justo el día que cumplía 40 años, se recibió de profesora de Educación Inicial.
La cuna
Lorena es hija de una pareja boliviana que se radicó en Mendoza hace ya muchos años. Su padre ahora tiene 84 años y su madre 79. “Ya están grandes y me quedaré con ellos hasta el final. Ellos siempre estuvieron al lado mío y yo estaré junto a ellos hasta que Dios quiera llevárselos”, dice.
Nació en el Hospital Italiano “y me crié en el barrio Aeroparque”. Con esfuerzo propio, el padre de Lorena levantó el mismo su casa, en donde todavía hoy vive la familia.
Lorena es la menor de cinco hermanos. Hizo la primaria en la escuela Patricia Mendocinas y después en la del barrio Infanta, pero su paso por la secundaria fue más accidentado. “Me entró la rebeldía de la adolescencia. Mi papá me dijo: ´si no estudías, te vas a trabajar´ y me fui a trabajar, por más que él quería que siguiera mis estudios. Más adelante hice mi secundaria”, recuerda.
Pero, más allá de que una parte de Lorena lo negaba, había una semilla de insatisfacción en ella que se regaba cada vez que alguien le decía que era buena adquiriendo nuevos conocimientos y que tenía capacidad. Hizo un curso de computación, una tecnicatura en cuidado infantil y, cada tanto, alguien le lanzaba el desafío: “Y, ¿por qué no estudiás?”.
Entre tanto, 14 años atrás, nació Azul y para Lorena esa fue su prioridad. Madre sola, todos los esfuerzos fueron para la pequeña. Fue un año después cuando la muchacha golpeó la puerta de los Laricchia, en el barrio Ferroviario, de la 6ta.
El encuentro
Es un departamento, construido en la parte superior de los padres de Hugo. En las paredes se mezclan cuadros y libros, la mayoría jurídicos y, allá arriba, una camiseta enmarcada de Independiente de Avellaneda con la firma de los integrantes del equipo campeón de la Supercopa del ´94: Brindisi de entrenador, Islas, Craviotto, Pérez, Cagna, Gustavito López, Garnero, Rambert, el Palomo… Una pasión de herencia familiar de Hugo, que cuenta: “Yo no estudié, por vago. Fui medio aventurero, he vivido en muchos países y finalmente encontré las dos cosas que más me gustan en la vida. Una es el turismo del vino, con eso gano plata, y el periodismo político en radio…”.
Hugo y Mariana Silvestri se casaron en el 97. “Ella es lo contrario a mí, ordenada y estudiosa”, confiesa el hombre. Mariana es abogada penalista y el 9 de marzo de 2017 su nombre fue noticia. Juró como la primera Defensora General de del Ministerio Público de la Defensa y Pupilar, propuesta para el cargo por el gobernador Cornejo.
Tuvieron dos hijas, Lorena y Malena, que ahora tienen 19 y 17 y fueron el motivo de la llegada de Lorena. “Los dos trabajamos mucho y en ese tiempo con Mariana habíamos decidido que alguien nos ayudara en la casa, especialmente con las niñas”. Habían probado con algunas chicas, con las que no hubo coincidencias prácticas, especialmente de horarios. Incluso una de ellas aún estaba trabajando con ellos cuando apareció Lorena.
“Teníamos problemas de horarios para llevar y traer a las nenas a la escuela. Un día Lorena, golpeó la puerta, pidiendo trabajo. Le ofrecimos que llevara y trajera a las chicas y, por más que le dijimos que era poca plata, ella dijo
El crecimiento
Lorena y Malena fueron creciendo. Azul fue creciendo. La relación entre el matrimonio y Lorena fue creciendo. El 29 de noviembre, el día del cumpleaños de Lorena y cuando se convirtió en profesora, culminó con una celebración conjunta: Toda la familia de Lorena y la de los Laricchia brindaron, bailaron y, por sobre todo, lloraron de emoción.
Es que Lorena y los Laricchia son un conjunto de afectos, de voluntades, se potencian entre ellos. La relación laboral que los une es apenas una excusa. “Cuando comience a ejercer como docente y deje de trabajar acá, seguirá teniendo la llave de nuestra casa, seguirá viniendo cuando quiera, seguiremos festejaremos justos”, dice Hugo.
Esa unión también dio en el camino de las hijas. Azul, después de hacer una brillante educación primaria en el Colegio Padre Llorens, ahora cursa su secundaria en el magisterio, donde también está Malena, la Laricchia menor.
La brillante timidez
Lorena es tímida. “Me costó muchísimo que me llamara por mi nombre y me dejara de decir señor”, cuenta su “patrón”. Solo vence esa timidez al frente del aula, con los niños, y cuando tiene que hablar con sus padres. Es una docente innata.
Su inquietud por estudiar se potenció con los Laricchia, especialmente con Mariana, a quien Lorena tomó como referencia y ejemplo, por cómo desempeñaba sus múltiples roles de mujer, mamá y profesional.
Lorena es tímida y no quiere fotos. Quizás haya un mandato ancestral en ella, aquel que dice que las fotos roban el alma.
Es tímida pero, cuando habla, habla claro, firme, segura. Entonces, es mejor que solo hable y cuente:
“Esto fue mi sueño, siempre. No estoy arrepentida de trabajar en servicio doméstico pero, cuando veía a las maestras, pensaba: `Esto es lo que a mí me gusta´”.
“Lo más difícil de todos estos años fue luchar con mi hija, sola. Fueron muchos años… A veces íbamos al parque y ella veía a las otras niñas jugar con sus papás y ella nunca lo tuvo. Eso fue lo más duro”.
“Para ella (su hija) fue difícil. Yo trabajaba y estudiaba y no pude estar presente en algunos momentos y me lo reprochó un poco, pero es una excelente hija”.
“Estudiar cuesta, y mucho. Una pierde horas de sueño, momentos, cumpleaños, incluso los propios… Pero hay que estudiar, porque una se siente diferente. Una se puede desenvolver de otra manera y lo te ven de otra manera. Es gratificante”.
“Estudiar cuando uno tiene hijos, cuesta. Pero los niños entienden y ellos salen beneficiados porque ven a su mamá feliz y van a ser felices”.
“Los sueños se tienen que cumplir, tarde o temprano. Quizás uno puede tardar más en cumplirlos, pero hay que hacerlo, hay que cumplir los sueños”.
“Me es muy natural, muy simple crear el vínculo con los niños. Es lo más lindo”.
“Quiero seguir estudiando. Me gusta mucho la educación especial. Me tocó tener en las prácticas un chico con autismo y yo pude llegar a él. Fue un desafío que me gustó mucho”.
“Hasta que estén mis papás viviré con ello. Porque, si no fuera por ellos, yo no hubiera llegado hasta acá. Después, quizás trataré de tener mi casa, mi motito…”
“Si, voy a trabajar de docente, pero me va a costar irme de acá (de casa de los Laricchia). Yo ya estoy acostumbrada, siempre me sentí cómoda. Cuando estaba preparando la tesis, me agarraba la melancolía y lloraba. Me preguntaba qué irá a pasar a partir de ahora. Se me va a hacer muy difícil soltar… pero sí, soy maestra”.
La historia de Lorena es una de muchas parecidas, pero es la de ella. Su nombre figura como docente en las planillas. Y es justo.



