Hilda Lavizzari tiene 77 años y lleva casi 30 buscando a su hijo desaparecido en democracia: Paulo Cristian Guardati.
Habla la madre de Guardati: "No me voy a morir hasta encontrar a mi hijo"
"No me voy a morir hasta encontrarlo", dice la mujer y acaricia el rostro delgado y el pelo negro del muchacho a través de la pantalla del celular. Una vieja foto papel facilita el milagro.
Ella vive en Chile pero su corazón está en Mendoza, porque su hijo desapareció en Godoy Cruz a manos de la Policía durante la madrugada del 23 de mayo de 1992.
"Vieja: voy al baile; no me esperés levantada", fueron las últimas palabras que le dijo el joven de 21 años y que ella nunca olvidará.
Hilda se las repitió una por una, hace muy poco, al abogado Carlos Varela Álvarez, a quien conoció en aquellas horas desgarradoras, propias del arrebato y la salvajada, a quien todavía frecuenta.
El paso del tiempo es implacable pero Hilda Lavizzari no se rinde: sigue buscando a su hijo a pesar de un cáncer y de que camina con la ayuda de un bastón.
"Por la radio" se enteró de que "había novedades" en la causa judicial que está a cargo de la fiscal de Homicidios Claudia Ríos. Entonces, una mañana de agosto, Lavizzari se miró al espejo, se arregló, se ajustó el barbijo y caminó rumbo a los tribunales.
"Fui a ver a la fiscal: estoy lista para lo que sea", contó con su acostumbrada hidalguía y fortaleza a flor de piel. No caben dudas de que Lavizzari siempre estuvo lista para lo que fuera.
¿Pruebas? Acá va una: hace casi 30 años que duerme con la incertidumbre de no saber adónde fue a parar su hijo Paulo Cristian Guardati después de haber caído en manos de la Policía, en las inmediaciones de la escuela Profesor Anastasi, adonde había un baile. Aquel baile.
Otra prueba de que esa madre ha soportado hasta lo insoportable: pisó cementerios con la expectativa de que las excavaciones y las exhumaciones a cargo de Antropología Forense, en tumbas sin nombre, le devolvieran parte de la humanidad de su hijo desaparecido.
Sin embargo, todas y cada una de esas veces fueron mayores decepciones sobre sus espaldas.
"No me voy a morir hasta encontrarlo", repite la madre de Guardati mirando aquella vieja foto papel del muchacho que la acompaña a todos lados desde el celular. Ese ánimo, gratamente contagioso, hace que el abogado le cuente que algunos colegas quieren colaborar con la búsqueda en esta nueva etapa. Después, le propone: "¿Seguimos?". Entonces, la madre de Guardati le contesta con apenas dos palabras, las únicas posibles: "Sí, claro".
Ella
Hilda Lavizzari vive del otro lado de la cordillera de los Andes junto con Marcos, su otro hijo, que es médico.
Él la antecedió en el hecho de radicarse en un pueblo chileno. "Para que viviera alejado de las amenazas y de ciertos entornos", se la escuchó decir años atrás.
Paulo Cristian Guardati desapareció durante la gobernación del peronista Rodolfo Gabrielli, dos años después de las también desapariciones forzadas de Raúl Garrido y Adolfo Baigorria todavía impunes.
En 1997 la Comisión Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado por la desaparición de Guardati a manos de fuerzas de seguridad pública y ordenó que Hilda Lavizzari fuera indemnizada. Y así ocurrió.
Sin embargo, aquel resarcimiento en dinero fue un capítulo más de esta historia. Una instancia que de ninguna manera detuvo ni detendrá a Hilda Lavizzari en su arduo camino de encontrar la verdad.







