Entrevista

Guillermo Saccomanno vuelve a hacer de su Villa Gesell una caldera del diablo: "A mí la oscuridad no me aterra"

Guillermo Saccomanno (Buenos Aires, 1948) hoy disfruta de una reconocidísima veteranía literaria. Viene de ganar nada menos que el Premio Alfaguara de novela 2025 con Arderá el viento

El prestigioso jurado, presidido por Juan Gabriel Vásquez e integrado, entre otros, por Leila Guerriero, destacó que “es la historia de una degradación, de un descascaramiento agónico que poco a poco deja a la vista las miserias del cuerpo social”. Sin nombrarla expresamente -porque no hace falta- la trama se desarrolla en los ámbitos de Villa Gesell, la localidad atlántica en donde Guillermo Saccomanno se aquerenció hace más de treinta años. Para sanarse. Como su gran amigo Juan Forn. Y tantos otros.

Allí escribió casi toda su obra. Y la terminó convirtiendo en su lugar mítico. Como el Macondo de García Márquez o el Comala de Rulfo. Pero sin lirismo ni realismo mágico. En la Villa Gesell de Saccomanno lo que predomina es el realismo sucio.

El argumento encuentra como núcleo a los Esterházy, una familia excéntrica que arriba a la costa y recupera un viejo hotel en torno al cual el pueblo desplegará todo su repertorio de pequeñas y deterioradas pasiones humanas.

Guillermo Saccomanno - Arderá el viento

Desde su lugar en el mundo, mientras nos pide algo de tiempo porque está en tratos con un cerrajero, Saccomanno vuelve a dialogar, como otras veces, con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-¿Está teniendo un problema con el cerrajero Guillermo? ¿Dónde está?

-Se me había trabado la cerradura del lugar en donde estoy viviendo, entonces no podía entrar (ríe). Me había quedado afuera. Pero bueno, ya está. A veces, para abrir las puertas del infierno, se necesita un buen cerrajero.

-(Risas) Teníamos un poco de miedo de que, puesto que sos autor de policiales, estuvieras entrando furtivamente en alguna vivienda.

-No, no. Corrijo. No soy autor de policiales, ¿eh? Yo escribo literatura y si me sale negra, sale negra, pero no es deliberado que sea de policial, digamos.

-Pero atendeme, después de haber ganado el Premio Hammett en Gijón con Cámara Gesell y de haber cerrado este nuevo libro tirándole flores a Raymond Chandler, ¡ya sos parte de la cofradía!

-Pero yo no integro la cofradía. Ahora me invitaron de Barcelona Negra. Voy a ir con Claudia Piñeiro en febrero. Pero no me considero un autor de novela negra.

-¿Cómo te considerás, entonces?

-Me considero, si me quieren decir, un autor oscuro, realista, negro. Yo no invento nada. Si ustedes revisan mis cuentos completos, muchos de ellos no tienen que ver necesariamente con una trama policial. A mí las tramas me importan cada vez menos (risas). La prueba es Cámara Gesell y la prueba es esta última novela y todos mis últimos libros.

-Si no te preocupa tanto la trama, ¿qué te preocupa?

-Me preocupa más cómo está contada una historia, que la historia en sí, porque el cómo es lo que construye el hueso de la historia. Me parece lo más esencial. Chandler es Chandler porque tiene una manera de contar. Entonces pertenece a la literatura. Yo me niego a la división en géneros.

Creencia. Para Saccomanno ciertos abusos de la literatura infantil contribuyen a limitar la percepción de los chicos.

-¿Cómo es eso?

-Me niego a la división en géneros, si bien yo luché por la reivindicación de la novela policial y de la historieta. Pero la clasificación en géneros me parece una comodidad crítica para etiquetar y decir esto va en el estante de policiales. No, porque, por ejemplo, ¿dónde ponés Crimen y Castigo de Dostoyevski? ¿En el estante junto a Hammett?

-Una duda siempre latente, sí.

-Por lo tanto me resisto un poco a esa cosa que termina esclerotizando la lectura. Es una opinión personal, pero ya nosotros, en la facultad de los setenta, en la carrera de Letras, luchábamos para reincorporar los llamados géneros al gran arte.

-Lo que pasa es que se trata de una cuestión práctica. Si tenés una biblioteca grande, ¿cómo la ordenás? ¿Por la nacionalidad de los autores? ¿Por género? ¿Por orden alfabético? Etcétera, etcétera.

-Yo me deshice, en los últimos tiempos, de gran parte de mi biblioteca, con amigos de acá, en Gesell, que son lectores, con otra piba que es profesora de Literatura, etcétera.

-¿Por qué?

-Porque me di cuenta de algo que me enseñó Borges. Él decía hay una calle que no volverá a caminar y un paisaje que no volveré a ver y hay un libro que no volveré a leer.

-Es cierto. ¿Cómo elegir, pues?

-Uno empieza a concentrarse en determinados libros que lo marcaron, llámese Dante, llámese Conrad, llámese Sábato; y uno empieza a recorrer siempre esos autores buscando algo porque hay una zona que no pudo penetrar o porque le descubre algo nuevo. Además, leo cada vez menos narrativa.

-¿Qué leés, en contrapartida?

-Cada vez más poesía y filosofía.

-¿Por qué?

-Porque encuentro que, en la poesía, a veces en una frase, en un verso, se condensa una visión del mundo, mientras que un novelista necesita quinientas páginas, como Thomas Mann. Pero esta es una visión personal.

-¿Y con la filosofía qué?

-Estoy leyendo a Spinoza. Y a Wittgenstein. Trato de seguir leyéndolo como poesía. Y funciona. ¿Sabés que funciona? El texto empieza a abrirse.

-Por esas casualidades, me toca acompañar a un amigo, Jaime Correas, en la presentación de un ensayo que escribió sobre Roberto Juarroz.

-¡Fantástico! Un grande.

-Ahí, en Juarroz, está todo dicho, todo concentrado, ¿no?

-Sí. Juarroz, para mí, es una figura iluminadora, una de esas raras excepciones de la poesía argentina, junto con Pizarnik. Son los dos que se abisman en la comprensión del misterio; en la comprensión del misterio de la vida, de las relaciones, de la soledad.

Guillermo Saccomanno

-Nada que objetar.

-Ahí es donde me parece que ambos, en modos diferentes, Juarroz y Pizarnik, están indagando un abismo.

-Sí. Lo que pasa es que, ante el abismo, la indagación de Pizarnik es un poco más amarga que la de Juarroz.

-Es más atormentada, si querés, es más oscura, pero igual tiene una sensibilidad... A mí la oscuridad no me aterra. Yo pienso, como decía San Juan de la Cruz, que hay que ir hasta el fondo de las tinieblas para ver si hay un resto de luz. Buscar la luz en las tinieblas. Y me parece que es cierto eso.

-No cualquiera es apto para esa tarea.

-No es otra cosa la función del poeta y la función del escritor de novelas en serio, porque hay mucha chatarra hoy en día. Mucha. Mucha. Hay una prosa que está amoldada, la prosa de los bestsellers. Y no tiene nada de malo esto, porque hay bestsellers buenos. Pero en general trabajan la prosa con un facilismo a prueba de tontos.

-La oscuridad no me aterra, decís. Eso explica mejor que nada tu novela, que no es negra; es negrísima. Vas contando una historia tras otra en cada capítulo y no le das respiro a ninguno de los personajes hasta el final. Hay que tener temple para aguantar la tensión. Y escribís como no escribe nadie hoy estas cosas.

-Bueno, te agradezco el "eulogio" (risas). Te agradezco el elogio, pero yo no cuento nada nuevo. Como decía otro genio, (Raymond) Carver, el escritor no tiene porqué ser el tipo más inteligente de la cuadra, el tipo más piola.

-¿Qué tiene que ser?

-Se trata de que uno se pare a mirar una determinada cosa, unos zapatos viejos, por ejemplo, tirados en la calle. Y que a partir de ahí piense y evoque y asocie. Eso le puede bastar para construir un relato. Oesterheld explicaba algo parecido.

-¿Cómo era la mecánica de Oesterheld?

-Decía: yo veo una foto de guerra, donde, en una trinchera, hay un burro muerto, un burro de carga. Entonces me pregunto ¿cómo llegó este burro acá? ¿Qué cargaba? ¿Quién lo arrastraba? Y empezás a tejer la historia. Se trata de tirar un poco de la cuerda, de indagar, de no quedarse quieto. ¿Para qué tenemos la imaginación?

-Decís, también, que no contás nada nuevo. Pero lo hacés de manera muy potente. Vas al hueso, no tenés remilgos, no te dejás tentar por los consignismos. En resumen, tirás piñas en seco, al mentón. Te parecés a Carlitos Monzón escribiendo.

-(Ríe) ¡El famoso uppercut a la mandíbula de Roberto Arlt! Pero, como decíamos, se trata más que nada de cómo se cuenta, porque yo vivo en un pueblo, que ya no es un pueblo.

-Contá dónde, para el que no lo sepa.

-Yo estoy entre Gesell y Buenos Aires, permanentemente. Veinte días acá, en Gesell, diez en Buenos Aires. Y me dejo llevar. Me siento en una mesa de un bar y viene uno, se sienta y dice: che, tengo una historia para vos.

-¿Así de fácil es la cosecha?

-No digo que siempre estas historias sean buenas, pero alguna pesco. Me doy cuenta de que está en modo de contar el tipo que te la cuenta. Va modulando y tejiendo un suspenso en el relato, haciéndose el interesante. Y se trata de entender esos registros de dónde provienen. Para mí es eso. Historias hay en todas partes. Puede ser que yo haya exagerado un poco en el hilarlas, articularlas. Pero no mucho más que eso.

-Tu novela transcurre en un lugar que se llama la Villa. A nadie le escapa que sos de Villa Gesell. ¿Cuántos de los tipos que te rodean en el bar, en la panadería, en la verdulería, has utilizado para esta historia que, insisto, es picante y en donde todos, más o menos, andan por la banquina?

-Infinidad. Pero han sido el pivote. Después la historia toma cuerpo propio, se empieza a derivar, se empieza a enlazar con otras historias. Pero, yo insisto, lo mío no es la originalidad. Pensá en la cantidad de escritores que se han inventado un pueblo imaginario partiendo de su propio pueblo.

-Infinidad, también.

-Pensá en Faulkner con Yoknapatawpha, en Rulfo con Comala, en Onetti con Santa María...

-García Márquez...

-García Márquez con Macondo... Porque cuando vos creás un pueblo, tenés una libertad de movimiento absoluta donde decís: bueno, ¿y acá qué pasa? Acá esta historia la puede seguir el zapatero y esta otra historia la sigue contando la dueña del pirulo.

-Pero tus vecinos ¿leen? Por ejemplo, ¿han leído tus vecinos Arderá el viento?

-Este libro provocó menos bardo que el anterior, Cámara Gesell, con el cual me putearon, me reputearon, me amenazaron, me la quisieron dar.

-¿Sí?

-Sí. Pero también, después de pasar un tiempo, cuatro, cinco años, más o menos, me llamaron de Cultura de la Municipalidad para decirme que me nombraban figura ilustre de la cultura de acá del pueblo (risas).

-Pero en este nuevo libro uno de los personajes más complicado es el intendente, justamente, uno de los turros principales. ¿Qué dice el actual jefe comunal?

-Pero no es él y es él. Esto es lo que pasa con mis personajes, son y no son (ríe). Y las puteadas, antes, venían porque mucha gente se enroscaba y decía: ah, este soy yo. Pero ¡qué atributo! ¡No te lo atribuyas, loco! Por ejemplo, había una mujer embarazada que garchaba con el cura. Bueno, yo lo conté. Ahora, ¿me podés decir en qué pueblo no hay un cura que se culee a las feligresas? A ver, señora...

-¿Qué te dijo la señora en cuestión?

-La señora vino y me increpó porque yo me había metido con su vida sexual. ¡Señora, en absoluto! (risas).

-Maravillosa anécdota.

-Esto era como cuando en el colegio un pibe se rajaba una flatulencia y decía ¡qué olor a pedo que hay! Y había sido el que se lo echó.

-Lo que pasa es que en esta novela vos tenés a Moni, la Colorada, casi el personaje central, que se baja todo el pueblo. ¿No te apareció ninguna a protestar?

-No. Tengo una, acá en frente, casi en la esquina; una señora que ha hecho eso.

-No jodás.

-Yo creo que es una forma de comunicación y que este tránsito de colchones que la mina ha practicado me permitió ir hilando las situaciones. Por eso digo que la trama no es la trama. A partir de un personaje, vos empezás a urdir. Ahí te das cuenta de que se bajó a todo el pueblo y que tiene información concreta. Y que no tuvo empacho en darle al comisario, como darle al intendente, como darle a... Es el poliamor, digamos.

-Ahora, uno de los personajes, que podrías ser vos, es el periodista de un pasquín, Dante...

-No. No soy yo. Un amigo que saca el pasquín se lo atribuyó. Dijo ¿así que soy yo? Y los lectores le atribuyeron a él el rol de Dante.

-Claro, en la novela es "el pelotudo que se hace el Walsh", como le dicen.

-Sí, sí, sí. Este es un oficio, este es un trabajo. Un trabajo que te da mucho gusto hacerlo y en el cual sudás la gota gorda. Transpirás, porque es un trabajo, para decirlo en criollo. Yo no sé si estoy excediendo los límites de la censura.

-Para nada. Los oyentes de este programa están fogueados. Dale.

-Es un trabajo de culo en silla. Es decir, depende de cuántas horas pasás sentado.

-Pero no todos los trabajos son iguales, ¿no?

-Es un trabajo como me enseñó Antonio Dal Masetto, que fue más que un maestro. Era un hermano, un amigo.

-¿Qué te dijo Antonio?

-Te tenés que poner todos los días un rato, todos los días un rato, todos los días un rato, que es la única manera. Si vos querés que se produzca el milagro, ¡andá a misa! Tenés más chance (risas).

-El centro de gravitación es la singular familia que maneja el Hotel Habsburgo, que ilustra la tapa. Ellos te permiten algunos felices excesos como, por ejemplo, Moni, la dueña, que te da piedra libre para escribir como un pornógrafo.

-Exacto, porque ella fracasa como poeta, no se anima como narradora y se da cuenta de que la atrae el género libertino, llamémoslo así.

-¿De dónde te nutriste para esta variante?

-De España nos vino una colección de libros maravillosos, La Sonrisa Vertical, que yo revisaba para construir los relatos de esta mujer. También ahí había una situación de intertextualidad.

-Hablando de la intertextualidad y los préstamos que se desparraman por tu libro, tenés una página estupenda, la 209, donde empezás nombrando, por ejemplo, "feos, sucios y malos", a continuación deslizás "la caldera del diablo" y terminás con Dante, el periodistucho, diciendo "preferiría no hacerlo", un claro homenaje a Melville, ¿no?

-Sí. Citas encubiertas.

-Todo eso está en un solo párrafo. Suponemos que te has divertido haciendo estas menciones.

-Y sí. Jugando, tomando la literatura como juego, porque, por supuesto, la literatura es denuncia de muchos males que vivimos y soportamos, etcéterca. Pero también, si lo mirás desde un costado más de humor negro, te da la novela que yo escribí.

-¿Con qué consecuencias?

-Mucha gente no se banca determinadas escenas, porque es una novela donde hay corrupción y hay incesto. Situaciones, muchas disparadas por la realidad. Esto no quiere decir que este pueblo sea todo maldito.

-Menos mal.

-Hay un gran sector del pueblo que no entra en la novela, que está constituido por los trabajadores, los marginales, los olvidados, el conurbano de esta ciudad, que ahora tiene cincuenta mil habitantes. Cuando yo llegué tenía treinta mil. Claro. Eso te da una pauta, porque hay gente, una multitud, te diría, que la trajeron los sucesivos intendentes para ganar compromisos, para ganar elecciones.

-En materia de comparaciones, cuando habamos del policial negro clásico, con Chandler, Hammett, Ross MacDonald, etcétera, a uno se le figuran detectives nostálgicos, reflexivos, tipo Humphrey Bogart. Pero en tu caso no hay nada de eso. Tus policías son unos verdaderos cabrones.

-Es que me resulta muy difícil a mí pensar una policía argentina transparente con un héroe incorrupto. Sasturain lo hace. Lo envidio. Yo no puedo. No puedo. Es una discusión que tenemos con Juan. Yo no puedo. Yo estoy más cerca del Jim Thompson de 1280 almas, de la que hay una película fantástica del director francés Bertrand Blier (Coup de Torchon).

-¿Qué te atrae de Thompson?

-Jim Thompson nunca usó un detective. Sus novelas siempre fueron de varios personajes. Y ninguno se salva. Podés tener un detective que vaya uniendo todas estas subtramas. Pero acá en Argentina es imposible creerlo.

-¿Por qué?

-Porque acá hubo una dictadura. Este es un país fascista. El fascismo se encarna en algunos sectores más que en otros. Yo creo que se encarna en la policía y en el ejército, que no son más que la mano de obra de la burguesía. Entonces, a partir de acá, a mí me resulta muy difícil pensar un héroe policía.

-De todos modos, tu libro se cierra con un tributo expreso a Raymond Chandler cuyo detective, Philip Marlowe, encarna un código moral solitario y nostálgico en un Los Ángeles corrupto.

-Pero, insisto. Todo lo que hace a la corrupción lo tenemos, lo que no tenemos es una figura de líder solitario. No podemos creer que haya un policía así. A mí cuando me hablan de Meneses, ¡no me jodan! Meneses era un cana duro, torturaba, fajaba. Era un pesado.

-Aprovechemos que lo citaste a Juan. Este libro tuyo, Arderá el viento, también lo podríamos llamar Manuel de perdedores. Acá tampoco se salva nadie.

-No, no, pero no hay un detective. No hay un detective central.

-Ya que Villa Gesell es tu escenario preferido, nosotros hemos entrevistado algunas veces a Rodrigo Manigot, voz de Ella Es Tan Cargosa, que suele mencionar mucho tu pueblo. ¿Vos por qué vivís en Gesell, que tiene una existencia medio fantasma buena parte del año y que en temporada se vuelve caótica?

-A ver. Este pueblo es, de la costa atlántica, el único que tiene una mitología de origen fuerte, desde los orígenes fundacionales, la forestación y los intereses espurios que fueron por ella. Tiene, por eso, una mitología de origen distinta a la de Pinamar, que está ligada a la muerte de Felicitas Guerrero, al asesinato; o a la de Mar del Plata, que tiene otras cuestiones como la merca, el puerto, prostitución, afanos, crímenes. Mar del Plata es una ciudad. Pinamar es un pueblo. Esto es un pueblo, digamos, nos conocemos todos.

-Pero un pueblo bastante popular.

-¿Y por qué vienen muchos? Yo vine por primera vez en los setenta, cuando estaba todo despoblado.

-¿En qué onda?

-Veníamos los estudiantes universitarios, en carpa. Era como una épica. Después fui viniendo en distintos momentos de mi vida. Y como a los cuarenta, cuando decidí dejar la publicidad y escribir menos cosas por encargo, ya saturado, decidí venir acá a limpiarme, en los ochenta y algo.

-¿Qué te llamó?

-Me fascinó la presencia del mar. Estoy acá hace más de treinta años porque pensaba que en la soledad iba a tener más tiempo en lo profundo, en lo hondo, para dedicarme a la escritura.

-¿Ocurrió?

-Y fue así. A tal punto que (Juan) Forn me cargaba. Me decía ¿esta biblioteca que tenés es la misma de Buenos Aires?

-¿Por qué te decía eso?

-Porque fui constituyendo una biblioteca paralela y alternativa. Y te diría que todos mis libros, excepto el primero o el segundo, los escribí acá.

-Eso explica tu íntima relación con el lugar.

-Era una época en que estaba Forn, mi gran amigo del alma, que se vino acá también a sanarse porque padecía unas enfermedades de páncreas, etcétera. Yo había padecido también enfermedades neurológicas.

-O sea, ustedes fueron a curarse, entre otras cosas.

-Era otro de los mitos, el del territorio curador. Te venís a vivir al mar y te sanás, te mete aire y esas cosas. En parte es cierto porque, a diferencia de Buenos Aires, acá, si tenés un ataque de neurosis, bajás a la playa y caminás dos horas contra el viento. Cuando volvés a tu casa, no tenés necesidad de tomarte un psicofármaco. Tenés ganas de una sopita o un vaso de agua. Entonces, es una manera de domar la neura.

-Y para varios más, ¿no?

-También lo tenés a Fernando Spiner, que ahora estrena otra película, centrada en Villa Gesell. La primera fue La boya y ahora viene Weser. Son sus imágenes. Fernando capta muy bien la idea del pueblo.

-La lista es larga, por lo que se ve. ¿Quiénes otros?

-Acá estuvo también viviendo durante un tiempo largo Eduardo Anguita, que cada tanto viene. Acá reside el pintor Ricardo Roux. Acá cerca, en Mar de las Pampas, están Pedro Aznar y Adriana Lestido. Es decir, hay gente. Está (Jorge) Serrano, el de Los Auténticos Decadentes. Pasan figuras por acá.

-¿Y por qué pasan todas esas figuras?

-Muchas vienen y se cautivan. Quedan cautivados por el paisaje, por el ambiente de soledad. Y de soledad acompañada por otro tipo de gente, porque acá, a diferencia de la gran urbe, existe una solidaridad táctica.

-Es cierto. Típico de tierra adentro.

-Vos tenés a tu nene con fiebre, vas al farmacéutico y te das cuenta de que estabas sin guita. Y el farmacéutico te dice: llevalo, me lo pagás mañana. Es decir, ese tipo de cosas todavía funcionan. Te pasa algo, llamás al vecino.

-Cómo no extrañar eso en la ciudad.

-Lo que no implica que no haya choreo. Y bastante. Lo que no implica que en verano haya una situación de falta de contención para los jóvenes. Ahora ya no hay tantos, después del asesinato de Fernando Báez Sosa, que era una situación absolutamente previsible, con complicidad de los comerciantes, de las fuerzas vivas.

-¿Qué sacaban con eso?

-Les importaba la caja chica. Cuantos más pibes vienen, más guita ganan. Los pibes se compran cuatro litros de vodka, un paquete de chizitos y con eso están. Y después salen a matar.

-Algo de eso hay en tu novela, como cuando liquidan a tres de los pibes, a los gorras, como les llaman.

-Está más en Cámara Gesell, creo. Pero no importa. Yo no inventé nada. Tenés que mirar, observar, escuchar. Es una lección que me dio David Viñas: hay que parar la oreja, nene.

-Vale también para nosotros los periodistas. Más que hablar, hay que escuchar. Bien, de todos los personajes que pueblan Arderá el viento, ¿cuál es tu preferido?

-No. No tengo preferencia.

-¿No?

-No, no, no. No puedo decir que los quiero. No puedo decir, ah, son mis hijos, mis criaturas. No, ¡minga! No tengo ese tipo de sentimiento de propietario.

-De este lado lector, hay un personaje preferido: el conde Esterházy. Es fascinante.

-(Ríe).

-El tipo es un loco total. Con un capítulo, el 14, en donde vos les das rienda suelta a tus libelos cuando el conde declara su maldición sobre la humanidad y subraya la excresencia que significa estar todos juntos bajo un mismo techo. Es un poeta maldito Esterházy.

-Sí. Él quiere constituirse en artista maldito. Lo que pasa es que es un pobre cheborra con delirios.

-Pero en su monólogo, por sus ideas, sí califica como poeta maldito.

-Sí, sí.

-Ahí te sale, en el buen sentido, toda la roña que hace falta para escribir un género negro.

-Esa fue la intención. Esa fue la intención, ni más ni menos.

-Y extremás la apuesta con el hijo del conde, Lazlo, que ya es el desquicio total.

-Que es una especie de terrorista precoz.

-Y se inspira en personajes como Hitler o Lenin, para desatar la revolución total.

-Pero eso estaba también en Roberto Arlt cuando hablaba en Los siete locos de que hay que ser un Lenin o un Hitler. Esa combustión del fuego, de la destrucción. Destruyamos este planeta y mudémonos a otro.

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