Un estudio plantea que la Tierra funciona como un circuito eléctrico gigante donde la ionosfera y la corteza terrestre representan los extremos de una batería con fugas. Cuando el Sol lanza una llamarada, las partículas cargadas comprimen los electrones de la atmósfera superior hacia altitudes menores, creando una capa de carga negativa.
Según este análisis de la ciencia moderna, dicha acumulación de carga potencia la fuerza electrostática sobre las fallas geológicas. Los investigadores sostienen que esta presión adicional resulta comparable a las fuerzas de la gravedad o las mareas, actuando como el último impulso necesario para que una placa tectónica se desplace.
El papel del agua y los fluidos supercríticos
Dentro de las grietas de la corteza, el estudio identifica la presencia de agua en estado supercrítico, un fluido que no es líquido ni gas debido a las temperaturas y presiones extremas. Estos depósitos están cargados de iones, lo que permite que las fallas actúen como un capacitor capaz de almacenar energía eléctrica. La interacción entre la ionosfera alterada por el Sol y estos fluidos iónicos en el subsuelo generaría cambios de presión interna. Este mecanismo explicaría por qué zonas con alta tensión mecánica podrían experimentar terremotos justo después de una tormenta solar intensa, vinculando el clima espacial con la sismicidad.
A pesar de la lógica del modelo, la ciencia oficial encuentra obstáculos importantes para validar esta teoría. El Servicio Geológico de Estados Unidos indica que no existe una correlación clara entre el ciclo solar de once años y la frecuencia de los terremotos a nivel global. Además, geofísicos independientes argumentan que las capas de roca poseen una resistencia eléctrica tan alta que actuarían como aislantes, bloqueando el campo eléctrico antes de que logre influir en la estabilidad de una falla. La coincidencia del sismo de Noto en 2024 con actividad solar fuerte aporta un dato estadístico, pero carece de una prueba física irrefutable.
Un estudio polémico
Los científicos involucrados en el estudio diseñaron su modelo conectando el "capacitor" de la corteza con la ionosfera mediante un campo eléctrico constante. Este enfoque teórico sugiere que el aumento de la fuerza electrostática ejerce una presión sobre la roca circundante, facilitando el deslizamiento en fallas que ya están cerca de su punto de ruptura. La ciencia actual debe determinar si estos micro-cambios de presión poseen realmente la magnitud suficiente para vencer la fricción masiva de las placas tectónicas.
El trabajo publicado destaca que la composición química de los fluidos en las profundidades de la Tierra es fundamental para la conducción eléctrica. La presencia de iones en el agua atrapada en las fallas permitiría que la electricidad del Sol se traduzca en movimiento mecánico. No obstante, la variabilidad de los materiales terrestres hace que este efecto sea difícil de predecir de forma uniforme en todo el globo. Cada región responde de manera distinta a los estímulos eléctricos externos dependiendo de su geología local.
La búsqueda de un vínculo entre el Sol y los terremotos continúa siendo uno de los campos más debatidos en la geofísica actual. Los autores proponen que este camino de investigación requiere sensores más profundos capaces de medir corrientes eléctricas directamente en las zonas de falla durante tormentas solares. La demostración de esta conexión cambiaría por completo los modelos de riesgo sísmico, integrando por primera vez variables astronómicas en la predicción de desastres naturales terrestres.




