A veces uno se pregunta si realmente somos dueños de nuestras decisiones amorosas o si, como sugiere esa industria que ya factura 3.000 millones de dólares anuales, todo está en manos de la astrología. En un fragmento de su reciente libro What Science Says About Astrology (Columbia University Press, 2026), Carlos Orsi rescata un estudio enorme que da una respuesta que parece definitiva.
Se trata del trabajo de David Voas. Un estudio de 20 millones de personas del censo británico de 2001. Una muestra que vuelve ridícula cualquier queja de los astrólogos sobre la "falta de profundidad" de los signos solares. Si hay un efecto, por mínimo que sea, debería verse con una muestra tan grande.
La premisa de la compatibilidad dice que ciertas uniones entre signos son mejores o peores que otras. Voas buscó si había una tendencia real de los signos a atraerse o repelerse con otra persona a través de la ciencia.
Un comienzo prometedor para la astrología
Al principio, los números parecieron darle la razón al zodíaco: aparecieron miles de parejas de más con el mismo signo o signos vecinos. Pero finalmente no tuvo nada que ver con las estrellas: fue el factor humano lo que ensució la estadística.
Voas descubrió que el exceso de coincidencias se daba sobre todo en parejas que compartían el mismo mes de nacimiento o, incluso, el mismo día exacto. Al llenar el censo, el integrante del hogar que completaba el formulario solía anotar su propia fecha de nacimiento en el casillero de su pareja, ya sea por olvido o pereza administrativa.
Para desempatar, Voas usó la lógica de calendario. Los signos zodiacales no empiezan el día uno de cada mes. Si la astrología funcionara, el patrón de compatibilidad debería mantenerse cuando el signo cambia de mes. Pero no pasó. El "efecto" solo existía dentro de los límites del mes calendario, lo que confirma que el fenómeno era un simple error de carga de datos y no una alineación planetaria.
Incluso el excedente de parejas con signos adyacentes resultó ser un bache del software que el censo usaba para completar datos faltantes. Una vez que se limpió esa "basura" estadística, la magia desapareció.
En definitiva, tras analizar 10 millones de uniones en Inglaterra y Gales, el resultado fue negativo para la influencia astral. El amor sigue siendo un misterio, pero uno que parece ocurrir en la Tierra.





