El fenómeno de olvidar los sucesos de los primeros años de vida tiene una explicación lógica en la ciencia. Aunque muchas personas intentan evocar imágenes de sus primeros pasos o de su segundo cumpleaños, la realidad es que el cerebro humano borra esas huellas de forma sistemática. Este proceso se conoce habitualmente como amnesia infantil y afecta a la mayoría de los adultos.
La falta de recuerdos en etapas tempranas no significa que los niños carezcan de capacidad para retener información. Diversos experimentos demostraron que los bebés poseen memoria tanto implícita como explícita. Por ejemplo, un pequeño de seis meses logró repetir una acción aprendida durante un día entero, mientras que a los veinte meses esa retención alcanzó incluso un año de duración.
El papel de la ciencia
El órgano principal del pensamiento no nace con su tamaño final, sino que crece de forma acelerada durante los primeros años. Un estudio realizado en animales con procesos similares al humano indicó que la producción masiva de neuronas nuevas podría ser la causa del olvido. Al generarse tantas células en el hipocampo, las conexiones antiguas que albergaban los primeros sucesos se rompen o se reorganizan.
La ciencia asocia este crecimiento con la necesidad de adaptar el sistema nervioso a nuevas funciones. El hipocampo es la zona encargada de gestionar cada memoria episódica. Cuando los bebés producen neuronas a un ritmo muy veloz, la integración de estas en los circuitos existentes genera una especie de interferencia que impide acceder a la información guardada previamente.
Los recuerdos durante la adolescencia
A diferencia de lo que ocurre en la niñez, los años de la juventud suelen quedar grabados con mucha nitidez. La memoria se vuelve más estable a medida que la producción de neuronas se ralentiza y las conexiones se recubren de mielina. Este componente actúa como un aislante que permite que los mensajes viajen con mayor rapidez y eficiencia entre las diferentes áreas del cerebro.
Finalmente, el estudio de la maduración cerebral revela que el desarrollo de la corteza prefrontal ayuda a consolidar la identidad personal. Alrededor de los treinta años, las personas suelen recordar mejor su adolescencia que cualquier otra etapa anterior. El cerebro prioriza aquellos recuerdos que refuerzan la imagen propia, un proceso que culmina mucho tiempo después de haber dejado atrás la etapa de los bebés.


